La marca del lobo Capítulo 3 La visita
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Capítulo 3 La visita

Hay días que no llegan de golpe, sino disfrazados de pequeñas alegrías, y por eso una tarda más en reconocerlos cuando vienen a destruirlo todo.

Aquel empezó con el regreso de Andrés por el camino empedrado, con la carreta de don Lorenzo avanzando tras él y con la niebla abriéndose alrededor de los caballos como si la propia mañana quisiera apartarse para dejarlos pasar.

Corrí hacia la casa con la cesta de hierbas golpeándome la cadera, todavía con el frío del Miño en las manos y una inquietud absurda prendida en el pecho.

Andrés era la alegría de nuestra familia, el hijo que siempre traía historias, risas y ese aire de mundo que a Antonio le faltaba y que yo, aunque no lo confesara, envidiaba un poco.

Sus visitas eran habituales, pero aquella no tenía el mismo pulso.

Venía más erguido de lo normal, con una sonrisa tensa y los ojos pendientes de quienes lo acompañaban, como si temiera que la casa no supiera recibir lo que él traía consigo.

A su lado cabalgaba un hombre desconocido, envuelto en una coroza de paja para protegerse de la llovizna.

No hablaba, pero tenía una forma de sostener las riendas que delataba costumbre de mando y de silencio.

Detrás avanzaba la carreta verde de don Lorenzo, el carpintero, con su barba blanca y esa cara de árbol viejo que siempre me había inspirado confianza.

Para Andrés era casi un padre; para nosotros, una de esas presencias que entran en una casa sin pedir permiso porque hace años que se han ganado el derecho a hacerlo.

Con él venía doña Isabel, su mujer, pequeña, redonda y cálida como un pan recién sacado del horno.

Solo verla me devolvió de golpe muchas tardes de infancia escondida bajo su mantón, que olía a miel, a harina y a esas manos generosas que siempre traían melindres cuando el mundo andaba un poco triste.

Junto a ella viajaban una señora mayor, de mirada discreta y dedos nerviosos, y una muchacha de belleza tan cuidada que parecía una noble de alta cuna.

Cuando entraron en la cocina, la casa se llenó de saludos, capas húmedas, olor a lluvia y ese alboroto amable con que se reciben las buenas noticias.

Mi madre se limpió las manos en el mandil, mi padre se incorporó junto al fuego con esfuerzo disimulado y mi abuela observó a los recién llegados desde su rincón, midiendo en silencio cada gesto, cada mirada, cada distancia.

Andrés se quitó el sombrero, tragó saliva y sonrió con esa valentía torpe de los hombres que se creen preparados para una gran noticia hasta que tienen que decirla en voz alta.

—Familia —anunció—, os presento a María, mi prometida, y a sus padres, don Xacobe y doña Maruxa.

Durante un instante nadie habló. La palabra prometida quedó suspendida sobre la lareira como una chispa que no sabe si va a encender una fiesta o un incendio.

Mi madre fue la primera en reaccionar. Abrió los brazos, emocionada y sorprendida, y Andrés se dejó abrazar con una sonrisa que parecía pedir perdón por haberse hecho hombre lejos de nosotros.

Mi padre lo miraba con orgullo. Yo quise fijarme solo en Andrés, en la alegría de tenerlo allí, pero mis ojos fueron hacia María antes de que pudiera evitarlo.

Era hermosa, de eso no cabía duda. Tenía la piel clara, el cuello largo y un modo de colocar las manos que hacía pensar en alguien acostumbrado a que todo cuanto tocaba hubiera sido limpiado antes para ella.

Su vestido, aunque de viaje, estaba mejor cortado que cualquiera de los nuestros, y en su rostro había una expresión educada que no llegaba a los ojos.

No parecía despreciarnos abiertamente; eso habría sido más fácil de soportar.

Era peor. Parecía estar haciendo un esfuerzo por no hacerlo.

Antonio, que aún cargaba sobre los hombros la sentencia de la abuela y el orgullo herido, encontró en aquella noticia el mejor lugar donde esconder su vergüenza.

—Vaya, Andrés, al final te han pescado. Tanto hablar de aventuras e historias para acabar amarrado a puerto. Espero que al menos la sirena no te haga naufragar antes de la boda.

Vi cómo el rostro de mi hermano se tensaba.

María bajó la mirada con una frialdad que no parecía timidez, y sentí que la alegría recién llegada empezaba a encogerse en la habitación.

Antonio siempre había tenido la habilidad de encender una vela o prender un establo entero con la misma lengua, y aquella vez no pude dejarlo pasar.

—Y tú, Antonio, sigues empujando la piedra de tu nefasto ingenio cuesta arriba solo para verla rodar encima de todos. Algún día descubrirás que no todo comentario merece nacer, y si callamos ante tus ofensas, no es porque seas más listo, es porque tu estupidez nos da lástima.

Hubo un silencio breve y después una risa contenida recorrió la mesa. Andrés me miró con gratitud, y Antonio, sorprendido por haber recibido el golpe en lugar de darlo, se llevó una mano al pecho con fingido dramatismo.

—Qué familia tan cariñosa. Me voy cuatro días y al volver todos habéis aprendido a herirme mejor.

La tensión se alivió lo justo para que los saludos continuaran. Me acerqué a María intentando ofrecerle aquello que mi hermano parecía necesitar de nosotros: aceptación, bienvenida, una puerta abierta. Incliné la cabeza y le di un beso en la mejilla.

—Andrés te hará feliz, es un hombre extraordinario —le dije en voz baja.

María se apartó apenas un poco, lo suficiente para que el gesto no pudiera ser acusado de grosería, pero también lo bastante para que yo lo sintiera como una bofetada.

Me quedé quieta un instante, con una punzada de vergüenza absurda clavada en el pecho.

Pensé si olería a mierda, a tierra o a hierbas machacadas; pensé si mis manos estarían demasiado ásperas, mi vestido demasiado sencillo, mi forma de hablar demasiado nuestra.

Luego me odié por haber pensado todo eso.

Andrés, que había visto el gesto, intentó llenar el momento con palabras.

Habló del viaje, de la lluvia, de la mala suerte de los caminos y de lo mucho que don Lorenzo había insistido en acompañarlos.

Cuanto más hablaba, más claro se volvía que trataba de tender un puente entre dos mundos que no parecían querer tocarse.

Don Xacobe, en cambio, resultó más amable de lo que su silencio inicial prometía.

Tenía una voz serena y un modo de escuchar que no incomodaba.

Doña Maruxa sonreía con timidez, como si conociera de sobra las aristas de su hija y llevara años tratando de suavizarlas con las manos.

Don Lorenzo se sentó junto a mi padre, y doña Isabel ayudó a mi madre sin que nadie se lo pidiera, porque las mujeres como ella sabían encontrar trabajo incluso en las casas ajenas.

Mientras mi madre y yo terminábamos de poner la mesa, mi padre se empeñó en servir el vino de nuestra cosecha.

Lo hizo con su orgullo tranquilo de siempre, pero sus movimientos eran más lentos y la jarra le tembló apenas cuando la levantó.

Yo vi el temblor. También lo vio mi abuela.

Santiago fingió no advertir nuestra mirada y sonrió a los invitados como si un hombre pudiera esconder la enfermedad detrás de la hospitalidad.

—Probadlo —dijo, llenando los cuencos—. Este año no ha sido generoso con mis viñas, pero lo poco que se salvó merece ser compartido.

—Me han dicho que la yesca se metió fuerte por esta ribera —comentó don Xacobe, acercándose el vaso a los labios.

—Fuerte y con mala entraña —respondió mi padre—.

Rezamos, dejamos pan a San Isidro y hasta el mejor vino de la bodega, por si al santo le daba sed y quería apiadarse de nosotros.

Pero hay años en que la tierra escucha, y otros en que viene a cobrarse lo suyo.

Y la bodega de Viñás no está en su mejor momento, aunque la renta haya que pagarla igual a San Salvador de Asma.

Lo dijo con una sonrisa, aunque todos sabíamos que un mal año en la viña no era solo una pena: era menos pan, más deuda y más miseria.

En nuestra familia, el vino no era lujo ni adorno; era trabajo, memoria y dignidad.

Mi padre hablaba de sus cepas como quien habla de hijos difíciles, y verlo aceptar aquella derrota con tanta mansedumbre me dolió más de lo que esperaba, porque hay hombres que no se rompen haciendo ruido, sino inclinándose un poco más cada día.

La comida empezó a circular entre las manos.

Filloas, pan, caldo, tocino, chorizo, queso y el vino que mi padre ofrecía como si repartiera pedazos de sí mismo.

Por unos minutos, la casa recuperó el calor.

Las voces crecieron, doña Isabel contó una historia del mercado de Chantada, Antonio robó un trozo de chorizo antes de que mi madre pudiera impedírselo y Andrés empezó a reírse con esa risa suya que siempre parecía abrir ventanas.

Sin embargo, cada vez que mi padre se llevaba una mano al pecho o apoyaba los dedos en el borde de la mesa para sostenerse, yo sentía que algo frío me atravesaba.

Doña Isabel partió los melindres con los dedos y fue repartiéndolos como si con cada trozo diera un trocito de su dulce corazón.

Don Lorenzo, que siempre hablaba poco y acertaba mucho, llenó el vaso de mi padre antes de llenar el suyo y le dio una palmada breve en el hombro.

Don Xacobe agradecía cada plato con una cortesía casi humilde, mientras doña Maruxa sonreía a mi madre con esa tristeza de las mujeres que conocen demasiado bien el carácter de sus hijas y aun así las aman.

María apenas comía. Mantenía el plato delante como si temiera que aquello pudiera mancharla por dentro, y cuando mi madre, con toda su buena intención, le acercó una fuente de tocino, ella arrugó la nariz y apartó la cara y el plato de mala gana.

—Toma, hija, come un poco, que estás muy delgada —le dijo mi madre con ternura.