La marca del lobo Capítulo 2 El precio de una vida
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Capítulo 2 El precio de una vida

Después de la discusión con mi abuela, salí a la huerta con la rabia todavía caliente en las manos.

El cielo estaba cubierto por una capa gris e inmóvil que parecía pesar sobre las viñas, y mi padre trabajaba junto al arado con esa paciencia suya que siempre me había parecido más fuerte que cualquier grito.

Al verme llegar, no preguntó nada. Santiago hablaba poco, pero tenía la extraña virtud de escuchar incluso aquello que una no se atrevía a decir.

Era un hombre alto, de espalda ancha y rizos castaños que se le rebelaban sobre la frente, aunque aquella mañana la fuerza le parecía más cansada que de costumbre.

Tenía los ojos verdes, tranquilos, y en ellos se escondía siempre un fondo de ternura que mi madre decía que había sido lo primero que la enamoró de él.

No sabía leer más que lo justo ni escribir sin pelearse con la pluma, pero conocía la tierra como otros conocen los libros, y solía decir que la tierra no engaña: si le das cuidado, responde; si la maltratas, acaba cobrándose lo suyo.

Me puse a su lado sin decir palabra y tomé el extremo del arado.

El barro se pegaba a los zuecos, los bueyes avanzaban despacio y el aire frío me despejó lo suficiente para que la vergüenza empezara a mezclarse con la rabia.

Mi padre me observó de reojo, con esa media sonrisa que utilizaba cuando quería abrir una puerta sin empujarla.

—Tu abuela ha vuelto a decirte que no —dijo al fin.

No era una pregunta, y por eso me dolió más.

—Siempre dice que no. Siempre hay un motivo para dejarme atrás: que si no estoy preparada, que si soy demasiado joven, que si el sufrimiento ajeno no es lugar para el orgullo.

Llevo años aprendiendo, padre. Años preparando remedios, limpiando heridas, asistiendo a partos de animales y haciendo todo lo que se me pide.

A veces pienso que no espera a que esté lista, sino a que deje de intentarlo.

Mi padre detuvo el arado y apoyó las manos en la madera.

Respiró hondo, aunque el aire pareció quedarse a mitad de camino dentro de su pecho.

Yo lo noté, porque llevaba días observando esa pausa pequeña que hacía entre una inhalación y otra, como si cada vez tuviera que convencer al cuerpo de seguir trabajando.

Él también supo que lo había visto, pero sonrió para quitarle importancia.

—Tu abuela no es fácil —admitió—, pero nunca ha negado una enseñanza por crueldad.

—¿Entonces por qué?

—Porque hay cosas que no se aprenden con las manos, Victoria.

Aquello me encendió de nuevo. Me aparté un mechón de la cara y miré los surcos abiertos en la tierra, oscuros y húmedos, como heridas recién hechas.

—Mis manos saben más de lo que ella cree. No soy una niña que juega a curar.

—No —respondió él con suavidad—. No lo eres.

Su respuesta me desarmó, porque yo esperaba una negativa y encontré reconocimiento.

—Pero querer salvar una vida no basta —añadió—. A veces hace falta quedarse cuando no puedes salvarla.

No respondí. Aquella frase me pareció injusta, quizás porque rozaba un miedo que yo no quería mirar.

Para mí, curar significaba vencer: encontrar la hierba adecuada, la presión exacta sobre una herida, la palabra que calmaba a una mujer asustada.

No quería pensar en las veces en que nada de eso servía, porque aceptar un límite se parecía demasiado a aceptar una derrota.

Mi padre volvió a caminar, y yo lo seguí junto al arado. Durante un rato solo se oyeron los bueyes resoplando, la tierra abriéndose y el río, siempre al fondo, hablando con su voz de agua antigua. Luego Santiago carraspeó y me miró como quien decide entregarle a alguien una llave.

—¿Te conté alguna vez lo de las velas?

Negué con la cabeza.

—Cuando era joven, mi pecho ya me daba guerra.

Tu abuelo decidió llevarme a Portugal, a una villa donde decían que vivían los mejores curanderos de muchas leguas.

Yo iba convencido de que encontraríamos al hombre que me arreglaría por dentro y que volvería a respirar como los demás.

Era necio, y creía que para todo dolor debía existir un remedio escondido en alguna parte, como si el mundo estuviera obligado a compensarnos por herirnos.

Hizo una pausa y tosió por lo bajo. No fue un ataque fuerte, pero el sonido salió húmedo, hondo, y me dejó una inquietud clavada en el estómago.

—Al llegar, vimos que algunos curanderos tenían velas encendidas en las ventanas.

Una, dos, cinco, diez. Había casas con tantas luces que parecían arder por dentro.

Pregunté qué significaban y me dijeron que cada vela recordaba una vida que no habían logrado salvar.

Yo, que era joven y no entendía nada, pensé que el mejor debía ser quien tuviera menos velas.

Caminé hasta encontrar una casa con una sola luz en la ventana y sin pensármelo dos veces, decidí que ese era el lugar perfecto para encontrar al mejor médico.

Lo imaginé joven, con esos mismos ojos verdes, pero sin las arrugas del cansancio, buscando una salvación limpia, una respuesta sencilla. Me dio ternura y rabia a la vez, porque en el fondo yo no era tan distinta de aquel muchacho.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

—El curandero me dio un ungüento para el pecho y unas hierbas para hervir por las noches.

Yo salí contento, creyendo que había sido listo.

Entonces, cuando llegué y le conté a tu abuelo mi sabia decisión, me miró con una tristeza que todavía recuerdo y me dijo: “Hijo, el que solo tiene una vela no es necesariamente quien menos ha perdido. Quizás es quien menos ha aprendido”.

Mi padre dejó que esas palabras se asentaran entre nosotros, mezcladas con el olor de la tierra mojada.

—Cada vela era una derrota, sí, pero también una lección.

Una vida que obligó a aquellas manos a ser más humildes.

Un rostro que no se olvidaba. Un error que no debía repetirse.

El buen curandero no es quien cree que puede con todo, Victoria.

Es quien sabe que no puede con todo y, aun así, no abandona a quien sufre.

Bajé la mirada. La rabia seguía allí, pero había perdido filo. Me dolía admitirlo, pero entendía lo que quería decir. Mi abuela me hablaba desde la dureza; mi padre, desde una ternura que me hacía más difícil defenderme.

—Yo no quiero abandonar a nadie —dije en voz baja.

—Lo sé, filla. Por eso debes aprender también a no abandonarte a ti cuando llegue el día en que no puedas salvar a alguien.

Quise contestar, pero la tos se le quebró de golpe en el pecho y lo dobló sobre el arado.

Corrí hacia él antes de pensar. Le puse una mano en la espalda y sentí bajo la palma el temblor de sus huesos, un temblor fino que no pertenecía al hombre fuerte que yo creía conocer.

Mi padre trató de apartarme con un gesto, por orgullo o por pudor, pero no se lo permití.

—Respira despacio —le ordené—. No luches contra el aire, déjalo entrar poco a poco.

Fui por agua y le hice beber pequeños sorbos del botijo que siempre tenía a su lado, apoyado sobre el gran carballo que le proporcionaba sombra.

Después aflojé el cuello de su camisa y le froté el pecho con las manos para ayudarlo a abrirse.

Sabía que en casa tenía menta, tomillo y salvia, y maldije no haber traído nada conmigo.

Observé el color de sus labios, la humedad de su frente, el esfuerzo de cada aliento, y por vez primera comprendí que saber mirar también podía ser una forma de miedo, porque quien aprende a ver ya no puede fingir que no entiende.

Cuando al fin la tos cedió, mi padre se sentó bajo el carballo, intentando descansar. Tenía la cara más pálida, pero intentó sonreír como si solo hubiera sido una molestia pasajera.

—No pongas esa cara —dijo—. Pareces tu abuela cuando el cura le discute sus pensamientos.

—Voy a buscar a la Abuela —dije.

—No. Déjala atender a Nanda. Estoy bien.

Me miró con una mezcla de orgullo y tristeza que me hizo callar. Luego me tomó la mano. La suya estaba fría, llena de callos y tierra bajo las uñas, la mano de un hombre que había construido su vida sin pedir permiso a nadie.

—Hoy has visto algo que no querías ver —murmuró—. Eso también forma parte de aprender.

No supe qué responder. Me levanté, tomé el arado y seguí trabajando por él, aunque los surcos me salían torcidos y los bueyes parecían notar mi enfado.

Mi padre permaneció bajo el carballo, mirándome con una sonrisa leve.

Tal vez pensaba que yo no sabía manejar la tierra tan bien como él.

Tal vez tenía razón. Pero no protestó, y aquel silencio suyo fue una forma de confianza que me sostuvo más que cualquier elogio.

Cuando terminé, el cielo seguía bajo y gris.

Fui a recoger enebro y muérdago para los ungüentos y las mezclas del solsticio.

También corté romero y laurel, que mi madre quemaría para limpiar la casa y pedir buena fortuna al año nuevo.

Cada planta tenía su carácter, eso decía mi abuela: unas cerraban la sangre, otras calmaban el dolor, otras engañaban al miedo durante unas horas.

Yo las tocaba con respeto, aunque aquella mañana sentía que ninguna hierba bastaría para espantar lo que empezaba a acercarse.

El murmullo del Miño me llevó hasta la orilla.

Me incliné para lavarme la cara, y el agua fría me devolvió por un instante al sueño.

Busqué mis ojos en el reflejo. Eran verdes, los mismos de siempre; sin embargo, cuando el viento quebró la superficie, creí ver un destello amarillo hundirse bajo mi rostro, tan rápido que pude haberlo imaginado.

Me quedé inmóvil, con las manos dentro del agua y el corazón detenido en un golpe de miedo. El río siguió corriendo como si nada hubiera ocurrido, pero yo tuve la certeza de que guardaba secretos, y de que algunos tenían mi nombre. La sangre recuerda lo que la boca aprende a negar.

Al levantar la vista, vi movimiento en el camino empedrado que bajaba hacia la casa.

Primero distinguí dos figuras a caballo, envueltas en la poalla, y detrás una carreta verde que avanzaba despacio entre la niebla.

Entorné los ojos, intentando reconocer a los viajeros, hasta que uno de ellos alzó la cabeza y supe, por la forma de sentarse sobre el caballo, que era Andrés.

Mi hermano volvía a casa.

Durante un instante sentí una alegría, casi infantil, y eché a correr para anunciarlo. Pero al mirar de nuevo vi que no venía solo, y algo en la manera en que aquella comitiva avanzaba por el camino me dejó una inquietud extraña.