La marca del lobo Capítulo 1 Mi hogar #2
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Capítulo 1 Mi hogar #2

Mi abuela regresó a su rincón como quien acaba de mover una pieza en un tablero de ajedrez, cuya jugada solo ella conoce.

Así era Soledad: partera, curandera, guardiana de libros viejos y de palabras que no convenía pronunciar delante de cualquiera.

Sabía latín, conocía hierbas capaces de cerrar una herida o despertar una fiebre, y hablaba con el cura como si Dios fuera un vecino testarudo al que había que corregir de vez en cuando.

Todos la respetaban. Algunos la temían. Yo hacía ambas cosas, y tal vez por eso me dolía tanto que siguiera mirándome como a una niña.

Después del regreso de Antonio, nadie volvió a acordarse de mi cumpleaños.

Mi madre volcó su angustia en la masa de las filloas, mi padre se sentó junto al fuego con la respiración fatigada y Antonio desapareció hacia la cuadra con la humillación pegada a la espalda como un saco mojado.

Yo comí en silencio, sintiendo que los dieciocho años me pesaban de una forma ridícula y amarga, porque no hay edad más cruel que aquella en la que una empieza a ser mujer y los demás insisten en seguir llamándote niña.

Ni una vela, ni una bendición, ni una palabra. Me dije a mí misma que no me importaba, aunque las mentiras más pequeñas son las que más ruido hacen por dentro.

Cuando terminé, me puse a preparar los ungüentos que mi abuela necesitaría para el parto de Nanda.

Cera de abeja con hojas de acebo y ortigas para cortar hemorragias, lavanda para aliviar el dolor, vino con hierbas y miel, paños limpios.

Mis manos trabajaban con precisión. Conocían los pesos, las texturas y el punto exacto en que una mezcla dejaba de ser barro verde para convertirse en remedio.

Llevaba años aprendiendo, años mirando desde la puerta mientras otras mujeres gritaban al otro lado, años sosteniendo cuencos, lavando paños, preparando infusiones y obedeciendo, hasta que la obediencia empezó a parecerme menos una virtud que una jaula bien barrida.

Aquella mañana, sin embargo, algo en mí había dejado de obedecer.

—Abuela, esta vez voy contigo al parto para participar.

No fue una pregunta. Lo dije con la voz más firme que pude, aunque por dentro noté que el corazón me daba un salto.

Mi abuela no levantó la vista.

—Todo a su tiempo, pequeña Victoria.

La frase cayó sobre la mesa como una tapa cerrándose sobre una tumba.

Todo a su tiempo. El tiempo de los demás.

El tiempo de mi abuela, el de mi madre, el de Dios, el de los hombres que decidían cuándo una mujer era prudente, útil, decente o peligrosa.

Yo ya no quería vivir dentro del tiempo de otros, porque no todas las jaulas tienen barrotes; algunas se llaman obediencia.

—Tengo dieciocho años.

—Lo sé.

—Sé preparar remedios, cerrar heridas y distinguir una fiebre mala de una pasajera. He asistido a partos de animales desde niña. Sé cuándo una hemorragia se vuelve amenaza y cuándo una mujer necesita manos firmes en lugar de rezos.

Mi abuela dejó el mortero sobre la mesa con una calma que me irritó más que un grito.

—Saber el nombre de una hierba no es conocer el precio de una vida.

—Estoy lista.

Entonces me miró. Sus ojos tenían esa quietud fría que tanto la caracterizaba.

—No. No lo estás.

La rabia me ardió en la garganta, no solo por su negativa, sino porque una parte de mí temía que tuviera razón.

—¿Y cuándo lo estaré? ¿Cuándo tú lo decidas? ¿Cuándo ya no me quede juventud para usar todo lo que me has enseñado? Estoy harta de ser la sombra de tus manos.

—La sombra también protege.

—No quiero ser solo una sombra, abuela.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Había en su voz algo que no era enfado. Era miedo.

Un miedo antiguo, cerrado con llave, que me rozó la piel antes de que pudiera entenderlo.

Lo sentí y lo odié, porque durante un instante pensé que quizás mi abuela no me temía por lo que yo no sabía hacer, sino por lo que podía llegar a hacer, y esa sospecha me quemó más que cualquier negativa.

Agarré una jarra de barro y la lancé contra el suelo. El golpe rompió el aire, y los pedazos se dispersaron sobre la piedra del suelo. Me quedé mirándolos, sorprendida por la violencia de mis propias manos.

Mi abuela no se movió.

—Eso no cura nada, Victoria.

—Tampoco cura tenerme encerrada.

—No te encierro. Te contengo.

—¿Contenerme de qué? ¡Por Dios bendito!

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Mi madre dejó de moverse junto al fuego, mi padre levantó apenas la cabeza e incluso las brasas parecieron apagarse un poco y juntos salieron de la casa para dejarnos a solas.

Mi abuela recogió lentamente su manto, y sin mirarme contestó:

—El mundo no es como tú lo imaginas. Hay dolores que no obedecen a las hierbas. Hay vidas que se van entre los dedos, aunque reces, sangres o supliques. Y hay cosas que, una vez despiertas, no vuelven a dormir.

Sentí un frío en la nuca.

—¿Qué cosas?

Soledad siguió sin mirarme.

—Todo a su tiempo.

Aquella vez la frase no sonó a paciencia, sino a condena.

Caminó hacia la puerta y, antes de salir, se detuvo sin volverse del todo.

—Tú crees que curar es salvar, pero no siempre se puede.

A veces curar es sostener una mano mientras se apaga, cerrar unos ojos que ya no miran y quedarse en pie cuando todos los demás se derrumban.

Para eso no basta saber de hierbas. Hay que tener el alma templada. Y tú, ahora mismo, solo sabes arder.

Después se marchó, y la puerta se cerró con un golpe seco.

Me quedé sola en la cocina, rodeada de trozos de barro.

Durante un momento no fui capaz de moverme.

La rabia seguía allí, ardiendo en el pecho, pero ya no me calentaba; solo me dejaba un vacío amargo, como si al romper aquella jarra hubiera roto también algo que no sabía nombrar.

A veces una descubre su fuerza por el ruido que hace al equivocarse.

Me agaché para recoger los pedazos, como si fueran parte de mi propio corazón. Uno de ellos me cortó la yema del dedo, y la sangre apareció despacio, roja y limpia, sobre la arcilla.

Afuera, el cuervo graznó una sola vez. Apreté el fragmento entre los dedos y comprendí, con una vergüenza que me dolió más que el corte, que mi abuela tenía razón en algo.

Yo quería entrar donde la vida empezaba, pero aún no sabía quedarme donde terminaba.