Capítulo 1 Mi hogar
Hay sueños que se desvanecen al despertar, igual que la niebla cuando el sol toca los campos, y otros, en cambio, permanecen dentro, agazapados bajo la piel, respirando con una paciencia que una no entiende hasta que el tiempo le enseña que los sueños verdaderamente peligrosos no nacen de la imaginación, sino de lugares más antiguos que la memoria.
El mío empezó con una voz.
—¡Corre!
No supe de quién era. Tal vez de una mujer, tal vez del viento, tal vez de esa parte de mí que llevaba dieciocho años aguardando a que el miedo dejara de confundirse con prudencia.
Solo sé que obedecí antes de poder pensar y eché a correr por la fraga mientras la noche se cerraba a mi alrededor, espesa y negra, no como una oscuridad cualquiera, sino como una voluntad empeñada en no dejarme salir.
El barro me atrapaba los pies, las zarzas me abrían la piel y el aire húmedo me raspaba la garganta.
Detrás de mí, entre los troncos, brillaban dos ojos amarillos.
No me miraban con hambre, sino con un reconocimiento tan íntimo que me heló la sangre.
Aquel animal no me perseguía como se persigue a una presa; aun así, me sentía una.
No sé cuánto tiempo corrí. En los sueños, el miedo no conoce medida y los caminos se alargan o se acortan según la voluntad de lo que nos acecha.
De pronto, la fraga se abrió y apareció el Miño, oscuro bajo la luna, bajando rápido, cargado de una fuerza que no parecía hecha solo de agua.
Durante un instante sentí que no había llegado allí por casualidad.
El río me estaba esperando.
Me lancé sin pensarlo. Apenas sentí el frío del agua de invierno, porque la corriente me rodeó sin arrastrarme, cerrándose a mi alrededor con una calma imposible, como si aquel cauce antiguo reconociera en mi cuerpo algo que yo aún ignoraba.
Cerré los ojos, aguardando el ataque, las garras de aquella fiera de ojos amarillos, pero no ocurrió nada.
Cuando abrí los ojos, vi mi rostro temblando en el agua, la piel pálida, el cabello con destellos dorados pegado a las mejillas, la boca abierta por el miedo, mi lunar cerca de la nariz y la luna rota sobre mi frente en pequeños pedazos de plata.
Entonces vi aquellos ojos amarillos brillando en mi propio reflejo y comprendí, aun con más terror, que nada me perseguía o sí.
Desperté con un grito atrapado en la garganta y tardé unos latidos en reconocer mi cuarto.
El sueño seguía pegado a mí con una claridad insoportable: el barro en los pies, el abrazo del río, aquellos ojos amarillos mirándome desde dentro.
Me incorporé despacio, con el camisón empapado de sudor y el corazón golpeándome el pecho, hasta que la oscuridad de la habitación tomó forma a mi alrededor y reconocí las vigas, las mantas, el olor de la lana y el resplandor débil de los rayos de sol en mi ventana.
Estaba en casa, en mi cuarto, bajo el techo que me había visto crecer.
Y, sin embargo, algo en mí había cambiado, me sentía distinta.
Ese pensamiento fue rápidamente interrumpido por un aroma familiar, dulce y tibio, que se abrió paso desde la cocina sin pedir permiso: humo de la lareira, miel y filloas recién hechas.
Mi madre las preparaba siempre en las fechas importantes, y solo entonces recordé qué día era.
Era mi cumpleaños. Cumplía dieciocho años.
A esa edad, una mujer podía ser entregada en matrimonio, abrirse en un parto, cerrar los ojos de un muerto y cargar sobre la espalda todos los mandamientos de una casa.
Era la edad en que el mundo empezaba a exigir obediencia con voz de destino, aunque a mí nadie me había preguntado todavía qué destino quería.
Me vestí deprisa y abrí la ventana. El aire del solsticio entró como una mano helada, y la niebla cubría los campos hasta convertir nuestra casa en una isla de piedra perdida en mitad de la nada.
Apenas se distinguían las copas desnudas de los carballos y los nogales.
Frente a la casa, el hórreo se alzaba sobre sus pilares como un viejo guardián, con la cruz enfrentada a lo oscuro y el pináculo llamando a la abundancia.
Al fondo se oía el Miño. Siempre el Miño. Había en aquel rumor algo que me consolaba y me inquietaba a la vez, como si el río hablara una lengua sin palabras y rozara mi nombre antes de retirarse para no pronunciarlo, igual que hacen los vivos cuando temen despertar a los muertos.
Fue entonces cuando apareció el cuervo.
Surgió de la niebla con un batir de alas lento, casi solemne, y vino directo hacia la casa.
Se posó sobre la cruz del hórreo y ladeó la cabeza, clavando en mí unos ojos pequeños y negros donde brillaba una inteligencia que no quise reconocer.
Dicen que los cuervos anuncian la muerte, aunque yo nunca había querido creer en esas cosas; la vida ya era bastante cruel sin necesidad de que los pájaros trajeran recados del más allá.
—Cuervo agorero, vete ligero, que en esta puerta no hay carne muerta
—grité, intentando espantarlo.
El ave no se movió. Siguió mirándome, y por un instante, mientras la niebla se enroscaba alrededor del hórreo, tuve la sensación de que aquel pájaro no había venido a anunciar una muerte, sino a confirmar algo que ya había empezado.
Hay presagios que no advierten: solo llegan a tiempo para decirnos que ya es tarde.
Un vuelco al corazón me dio de repente al escuchar unos gritos en la cocina.
Bajé las escaleras de piedra de dos en dos, descalza, con el frío helándome los pies y el sueño todavía latiendo.
Al entrar, encontré a mi abuela sentada en su rincón, tejiendo como si el escándalo perteneciera a otra casa.
Las agujas chocaban entre sí con una paciencia tan serena que resultaba casi cruel.
Mi madre lloraba junto a la mesa, mi padre permanecía de pie con la espalda más vencida de lo habitual, como si aquella mañana le hubiera arrancado años de golpe, y en medio de la cocina, con la ropa hecha jirones, barro hasta en el alma y una sonrisa de idiota indestructible, estaba Antonio.
Mi hermano llevaba cuatro días desaparecido. Cuatro días durante los cuales mi madre había rezado hasta quedarse sin voz, mi padre había envejecido en silencio y yo había imaginado su cuerpo tirado en todos los caminos posibles.
—¡Langrán! —estallé, cruzando la cocina para darle una bofetada—. ¡Cuatro días! ¿Sabes lo que nos has hecho pasar?
Antonio se llevó la mano a la mejilla, más sorprendido que dolido, y trató de sonreír como si aquello fuera una de sus travesuras de siempre.
—Ay, mi madriña, cómo repartes. Si esta es la bienvenida, casi prefiero volver a perderme.
Mi madre se abalanzó sobre él y lo agarró por los hombros con tanta fuerza que por un momento pensé que iba a zarandearlo o a abrazarlo hasta romperse.
—¡Antonio, hijo mío! ¿Cómo pudiste hacernos esto? Juré que no volvería a verte vivo, y tú todavía te ríes…
La voz se le quebró. Ver llorar a mi madre era como ver abrirse una grieta en una muralla.
Mi padre habló al fin.
—Robaste dinero y te llevaste a Lambón.
No alzó la voz. Santiago nunca necesitaba hacerlo. En su boca, la decepción pesaba más que cualquier grito, y aquella mañana parecía dolerle incluso respirar.
—Me arrancaste la confianza, hijo. Y eso no se compra, ni se pide, ni se regala. Se gana.
Antonio bajó los ojos apenas un instante. Luego intentó encogerse de hombros, pero el gesto le salió torcido.
—Solo cogí unos maravedíes prestados. Y el caballo pensaba devolverlo. Los que robaron fueron los cuatro cabrones que me salieron al camino. ¿Qué queríais que hiciera, pelear yo solo contra todos?
Me acerqué para examinarle la ceja abierta, los nudillos heridos y el labio partido. Mi cuerpo conocía el impulso de curar antes de que mi cabeza pudiera juzgar; aun así, aquella mañana mis manos querían meterle el dedo en la herida más profunda.
Entonces mi abuela dejó de tejer. Fue un sonido pequeño, apenas el silencio repentino de las agujas, pero en nuestra casa había silencios que mandaban más que cualquier cura.
Soledad se levantó despacio. Era menuda, casi frágil, con el cabello blanco recogido bajo el pañuelo y las manos finas de quien había traído demasiados niños al mundo y había cerrado demasiados ojos.
Sin embargo, cuando caminaba así, sin prisa y sin temor, todos recordábamos que había mujeres a las que la edad no empequeñecía, sino que volvía peligrosas, porque hay cuerpos que envejecen y voluntades que solo aprenden a mandar mejor.
Se plantó frente a Antonio y lo miró como solo ella sabía mirar, con una calma que no dejaba sitio donde esconderse.
—Tienes diecisiete años. Ya no eres un niño. En esta casa nunca te faltó pan, techo ni cariño. Y tú, ¿qué nos das a cambio? Ingratitud.
Antonio abrió la boca, pero no encontró nada que decir.
—Si quieres marcharte, marcha. Nadie va a retenerte. Pero no huyas como un ladrón de la casa que te crió. Tus hermanos salieron por la puerta con nuestra bendición. Tú te fuiste por la sombra y nos dejaste el miedo como único recado.
La cocina entera contuvo la respiración. Incluso mi madre dejó de llorar por un instante.
—Desde mañana trabajarás en las viñas. Podarás las cepas que tu padre te señale, recogerás los sarmientos, limpiarás las zarzas de los muros y ayudarás en la bodega con las cubas.
Dormirás en la cuadra y te harás tu propia comida.
No te faltará lo necesario, porque esta familia no abandona a los suyos, pero el cariño tendrás que volver a ganártelo.
Si quieres ocupar un lugar en esta casa, empieza por merecerlo.
Antonio inclinó la cabeza, y por vez primera desde que había entrado, su sonrisa se apagó del todo.