8. UN NUEVO ALFA #4
– Quiero saber qué es lo que te ha pasado.
– Yo también quiero ir – se autoinvitó Aiden.
– Si él va, yo también – presionó Bosco.
– Genial. Solo espero que no sea un patio de recreo – me quejé. Mientras los más jóvenes se reían. Tendría que ser una charla a cuatro.
Dejé que Zuria hablase con alguno de los miembros de la casa, mientras me tomaba un café en el despacho esperando a que viniesen.
Estaba cansado. Llevaba toda una vida enfadado por lo que le había pasado a mi compañera y no había tenido tiempo para pensar en mí.
Y lo peor de todo, había apartado de mi memoria a mi hija.
Por miedo a perderla. Pero, ¿para qué? Ahora me daba cuenta del error que había cometido.
Podía haber disfrutado de ella, de esos momentos mágicos en los que ella iba creciendo.
De su adolescencia… conocer a sus novios…
consolarla cuando le partiesen el corazón.
Todo me lo había perdido. ¿Cómo había sido capaz de apartarla de mí?
La había apartado de mi vida para no involucrarla en lo que me había pasado y todo me había explotado en la cara.
Y no había sido capaz de protegerla. ¿Había merecido la pena?
Para nada. Y por mucho que me doliese, no podía dejar que el miedo volviese a hacer que la privase de ser libre.
Obligándola a quedarse a mi lado. Tenía que dejarla volar y que viviese su vida.
Decidiese lo que decidiese. ¿Quién soy yo ahora para negarle el amor?
La puerta del despacho se abrió y entró Bosco seguido de Zuria y Aiden. Necesitaba que me contase qué es lo que había pasado en la fiesta. Qué la había hecho transformarse y huir de todo. En parte estaba en deuda con Aiden por haberla cogido en brazos y haberla traído hasta aquí.
Bosco, como tantas otras veces, se colocó detrás de mi sillón.
Si hubiésemos sido una manada, se podría decir que era mi beta.
Mi hija y Aiden se quedaron al otro lado de la mesa mirándome expectantes.
Les tendí el brazo para hacerles saber que se podían sentar.
Dudaron un momento, pero aceptaron mi ofrecimiento y se sentaron en las dos sillas que estaban allí dispuestas.
– Zuria, tienes que contarnos qué es lo que te pasó para llevarnos a esta situación.
– Bueno… para hacer un corto resumen – contestó titubeante –, volví a la sala de baile, buscándote, cuando el padre de Aiden me agarró.
– Mi padre – bramó Aiden –. Tenía totalmente prohibido asistir a la fiesta.
– Vaya, debe ser de familia eso de desobedecer las órdenes – dijo fríamente Bosco provocando que el licántropo le gruñera. En vez de achantarse, él hizo lo mismo.
– Basta – les corté –. Estamos aquí para saber cuál fue el detonante del comportamiento de Zuria y qué la hizo estar en coma durante dos semanas.
Miré a mi hija y ésta parecía avergonzada por algo.
Tampoco era el momento de preguntarle el motivo.
Sólo quería saber lo que había pasado, porque eso había sido el detonante para empezar una especie de guerra.
Ya que, al ver correr a su vulpeja asustada, la ira me hizo transformarme, al igual que al resto de insurgentes y habíamos comenzado una pelea.
Con nuestro comportamiento, estaba seguro de que estábamos en busca y captura…
Si nos encontraban, seguro que nos acusaban de traición.
Por no decir que a Aiden, al haber venido detrás de nosotros, le habían despojado de la corona y habían vuelto a coronar su padre.
Nosotros mismos habíamos sido los causantes de lo que ahora estaba pasando.
– Continúa, por favor – la invité a seguir hablando.
– Cuando el padre de Aiden me agarró, me obligó a bailar y… me dijo… que… bueno fue un poco brusco conmigo.
– ¿Se sobrepasó contigo? – Preguntó Aiden lúgubremente agarrando el borde de la mesa con ambas manos.
– No, no me tocó. Pero me hablo de una manera lasciva – nos sobresaltó el sonido de un crujido de la madera. Pequeños trozos de viruta se quedaron esparcidos encima de mi mesa. Aiden había roto un trozo de la madera de la mesa con sus manos.
– Lo siento – se disculpó frotándose las manos para quitarse los trozos de madera que se habían quedado en ellas.
– Me estaba agarrando muy fuerte y me estaba violentando, cuando noté que me inoculaba algo en el cuello. Ahí fue cuando le di una patada.
– ¿Le diste una patada? – le pregunté sorprendido de haber intentado luchar contra un antiguo alfa.
– Sí, estampé mi rodilla en sus pelotas – susurró. Mientas Bosco tosía intentando ocultar su risa –. Me empecé a sentir mal y creí que, si dejaba que mi vulpeja tomase el control, tendría más posibilidades de escapar.
– ¿Pero qué te dijo? – preguntó Aiden.
– Me asusté cuando dijo que le gustaba el sabor de las vulpejas y que tenía ganas de que estuviese bajo su yugo.
– Le voy a matar – bramó Aiden, levantándose mientras golpeaba la mesa. Esta se partió en dos. Todos nos miramos sorprendidos por su fuerza. Quizá esto es lo que había necesitado para hacerle reaccionar. Aunque me costase reconocerlo, ahora sí que estaba ante mí un auténtico Alfa. Un rey.
– Tranquilízate y no toques nada más. Me gustan los muebles que tenemos – le dije irónicamente.
– ¿Qué vamos a hacer ahora? – preguntó Bosco.
– Primero me gustaría que me dejarais solo con Aiden. Tenemos que hablar. Tiene que saber en qué situación estamos nosotros y él. A partir de ahí, ya veremos lo que hacemos.
Bosco y Zuria salieron del despacho dejándome solo con mi amigo Aiden.
AIDEN
Salí impactado con toda la información que me había dado Axel.
Me contó la forma horrible en la que había perdido a su compañera.
Como tuvo que decidir hacer una insurgencia contra el reinado de mi padre.
La rabia que sintió cuando supo que el desastroso muchacho que había recogido de las calles borracho, era nada más y nada menos que el hijo del rey. Y el impulso de matarme que tuvo… todo.
Pero cuanto más se abría a mí y me contaba su vida sin omitir detalles, más lograba entenderlo.
Yo tenía que haber tenido las suficientes agallas para matar a mi padre.
En parte me sentí triste pensando lo que él sintió cuando se enteró de que no fui capaz de matar a mi padre.
Pero ahora sí las tenía. Había jugado con algo con lo que jamás debió de jugar: con mi compañera. Pensaba matarlo con mis propias manos.
Fui a la cocina. Una mujer estaba terminando de arreglar la cena.
Hasta ahora no me había percatado de que en la casa también había mujeres y niños.
Parias que se habían visto desterrados de sus tierras y convertidos en pícaros sin siquiera quererlo ellos.
Y todo gracias a mi padre. Axel no se había dado cuenta, pero lo que había hecho con este sitio era lo más parecido a una manada. No todo había sido malo.
– ¿Por favor, me das una taza de café? – pregunté educadamente.
– Claro, Alfa.
– No me llames así. No soy más que uno de vosotros – la corregí mientras ella me tendía amablemente con una sonrisa en la cara la taza llena de humeante café.
Salí por la puerta trasera que daba al jardín y, para mi sorpresa, me encontré con mi compañera. Me senté a su lado dejando que su maravilloso olor a frutas del bosque invadiese mi nariz.
– Hola – me saludó tímidamente.
– Hola – contesté sentándome a su lado –. Hace un poco de frio aquí para que estés sin abrigo.
– Me gusta el frio – su voz era algo cortante.
– He estado hablando con tu padre.
– Ya.
– Me ha contado todo.
– ¿Todo? – preguntó incrédula.
– Me habló de su juventud, de tu madre… del hijo de puta de mi padre – agaché avergonzado la cabeza. Zuria colocó una mano encima de mi rodilla.
– Ya pasó. No podemos hacer nada.
– Zuria, necesito que me perdones – dije cambiando drásticamente de tema, con el corazón en la mano.
– No hace falta que hagas esto.
– Pero lo necesito.
– De verdad, no tienes que hacerlo. Ya da igual.
– A mí no. Necesito que me escuches – me giré hacia ella, concentrándome en lo que le quería decir.
Aunque me costase – Zuria, me da igual lo que elijas.
Francamente solo quiero que seas feliz y, si eso lo vas a conseguir con Bosco, no me importa…
pero quiero que sepas que creí volverme loco cuando te vi saltando por la ventana, herida.
No te imaginas lo que me asusté. Balto mi licántropo tomó el control y en parte me alegro, porque llegó a tiempo de agarrarte entre nuestros brazos para que no te hicieses daño en la caída.
– Fuiste tú – susurró mirándome a los ojos, como si no se acordase de ello.
– Creí morirme cuando me tenían encerrado sin poder verte. Balto estuvo aullando cada día que no sabíamos nada de ti… Sin poder verte… Olerte o sentirte – la agarré de la mano y se la besé.
– Pero yo te rechacé, no tenías por qué hacerlo – me indicó.
– Sí, pero veo que no te han dicho que el rechazo tiene que ser mutuo.
– ¿Qué quieres decir?
– Que yo no lo acepté. Y sé que no debería estar frente a ti pidiéndote otra oportunidad… Pero me dolió tanto cuando me dijiste que no querías saber nada de mí… Después de hacer el amor conmigo… Me hiciste subir al cielo y me dejaste caer al mismísimo infierno.
– Lo siento.
– Ahora puedo entenderlo. Apenas he sentido lo que se siente cuando estas separado de tu compañero. Al fin y al cabo, tú no estabas muerta. Y fue horroroso. No quiero ni pensar lo que tu padre tuvo que sentir al ver como mi padre… ese mal nacido… mató a tu madre.
– Ya no importa. De verdad.
– Sí, sí importa. Tu vida podría haber sido distinta.
– Aunque no creciera con mis padres no he tenido una infancia triste.
– Debería de haber tenido las agallas que tu padre creyó que yo tenía y matarlo. Pero te juro que, después de saber que él es el causante de lo que te ha pasado, no cesaré hasta conseguirlo.
– No puedes hacer eso. Tienes que volver con los tuyos.