8. UN NUEVO ALFA #3
Quería que actuase como su compañero. Ahora sí.
Después de haberse negado a aceptar nuestra relación.
Después de haberme dicho que lobos y zorros no deben mezclarse.
Como si yo fuese la mayor escoria del mundo.
Solo de no tenerla cerca sentía un dolor fuerte en el estómago.
Solo de no sentir su roce me costaba hasta respirar.
Se debería haber preocupado antes por nosotros y no ahora…
ahora que estaba a punto de perder a su hija.
Yo sí que me preocupé por ella desde el primer momento.
– No, no te preocupaste – la voz de Balto sonó en mi cabeza – te ibas a tirar a la rubia.
Ella te vio encima a punto de consumar. Solo yo me he preocupado por ella.
Si no te hubiese encontrado en esa posición no habría escapado de nuestros brazos.
En vez de intentar recuperarla, la hemos perdido. Eres un imbécil.
Impacientado por la espera, Axel dejó caer su cuerpo y se puso de rodillas.
– Si tengo que suplicarte, te suplico.
Puse mis manos a la altura de sus ojos y agaché la cabeza.
Balto tenía razón. En parte todos habíamos sido los causantes de cómo se encontraba Zuria.
Yo la obligué a ir a la fiesta y no me importó que me encontrara con otra mujer entre mis brazos.
Quería darle celos y lo único que había conseguido es que me rechazase.
Que imbécil… Solo quería volverla a tener entre mis brazos y haría todo lo posible para conseguir que me perdonase.
Mi cuerpo se empezó a contraer. Mis garras desaparecieron, al igual que el bello que cubría mi piel.
Balto por fin me había cedido el control.
Después de que Axel me proporcionase algo de ropa para cubrir mi cuerpo, salimos en dirección a la habitación donde se encontraba mi amada.
Cuanto más nos acercábamos a su encuentro más nervioso notaba que se ponía Balto.
Según nos íbamos encontrando con algún miembro de esta comunidad, por llamarlo de algún modo, se nos quedaban mirando.
Estoy seguro que mi porte de alfa les llamaba la atención y estoy seguro que todos sabían que yo era el rey.
Y ellos los que me habían tenido encadenado.
Nos paramos frente a una puerta color marrón. Axel agarró el pomo y sin pensárselo abrió la puerta.
La habitación que tenía ante mis ojos era bastante grande.
No podría decir de qué color eran sus paredes porque estaba casi en penumbra.
La decoración era bastante minimalista. Apenas había una cómoda, un sillón y en el medio una gran cama donde estaba postrada Zuria, boca arriba.
En uno de sus brazos portaba una vía endovenosa por la que se le suministraba suero.
– Axel, has venido – dijo un chico que se levantó del sillón. Desde donde yo estaba, podía ver su cara por la luz que entraba del pasillo. Rugí al ver que se trataba del acompañante que Zuria había llevado a la fiesta.
– Aiden, retente.
– ¿Qué hace él aquí? – protestó el chico.
– Bosco, éste es Aiden… compañero de Zuria – dudó en decir la última parte de la frase. Pero mi pecho se hinchó al oírle llamarme compañero delante de otro macho.
– Bueno, eso lo tendrá que decidir ella. – volví a gruñir.
– Aquí no – cortó Axel.
Bosco salió de la sala dejándonos solos con ella. Me aproximé a la cama y agarré su mano lo más delicadamente posible que pude. Temía hacerla daño.
– Os dejo solos – dijo con suavidad. Y sin más, cerró la puerta.
Rocé su cara con mi mano. Una maravillosa y reconstituyente electricidad recorrió todo mi cuerpo. Se le notaba en la cara que había perdido peso, pero aun así era la mujer más bella que jamás hubiese visto. Me agaché y besé sus labios.
– No pienso aceptar tu rechazo. Eres mía.
***
ZURIA
Tenía una percepción constate de estar cayendo.
Por más que mirase a los lados, no encontraba dónde agarrarme.
Aunque tampoco podría agarrarme a nada, porque sentía tanto frío que apenas notaba las extremidades de mi cuerpo.
Era una extraña sensación, como si miles de agujas estuviesen clavándose en mi cuerpo.
Quise chillar para pedir ayuda, pero no tenía fuerzas.
Algo frenó mi parada. Pero estaba cansada para abrir los ojos.
Debió de envolverme en mantas porque empecé a notar en el estómago, como una bola de fuego que iba desprendiendo calor hasta el resto del cuerpo. Haciendo que mi malestar mejorase.
Después de lo sucedido en la fiesta, tampoco tenía muchas ganas de despertar.
Había rechazado a mi compañero dándole vía libre, para que él buscase otra mujer.
Quizá le convenía más una metamorfa loba en vez de una débil vulpeja como yo…
también recuerdo que bailé con el padre de Aiden…
que me clavó algo en el cuello… la persecución y yo estrellándome contra una ventana para huir de él.
Abrí la boca para gritar pidiendo ayuda, pero solo salió un quejido de ella.
El aire que inhalé se clavó en mis pulmones como si fuesen cuchillos.
Hice un gesto de dolor al notar la sequedad de mi garganta seca.
– Shhh – escuché que alguien me calmaba. Me pasó la mano por la frente y la garganta y mi cuerpo ante su contacto se calentó donde había sido tocado – no hagas ningún esfuerzo. Ya estoy aquí.
– ¿Eres tú? – pregunté perdida sin abrir los ojos. Por el olor sabía que era Aiden… no se había ido… había venido a por mí.
– No hables, necesitas descansar.
Debió de apartase de mí porque el frío volvió a invadir mi cuerpo. No me gustó.
– No te vayas – protesté.
– Tranquila, pequeña. Estoy aquí – me tranquilizó mientras notaba que se hundía la cama detrás de mí.
Aiden se acostó a mi lado y, agarrándome suavemente, me aproximó a él.
Como si fuese a romperme, me giró y atrapó mi cuerpo con el suyo.
Me sentía totalmente en casa. Entre sus brazos me encontraba arropada.
La sensación que hasta ahora me había acompañado de caer al vacío y de frío, desaparecieron totalmente.
Una congoja inundó mi pecho. ¿Cómo había sido capaz de rechazarlo si entre sus brazos me sentía tan bien?
– Vas a tener que comer algo, mi amor. Puedo notar todos los huesos de su cuerpo.
– Sí
– Cuando puedas andar… bueno cuando estes mejor – puntualizó –, te voy a llevar a comer al restaurante dónde nos conocimos.
– ¿Y no puede ser una simple hamburguesa? – protesté.
– Ese restaurante tiene una de las mejores cartas. Cuando llevé a Sacha…
– Sacha era con la que ibas a follar – habría preferido que mi voz saliese con otra entonación, pero sonaba totalmente como un lamento.
– Iremos donde tú quieras – se corrigió. Me dio un beso en el cogote y cerró algo más su agarre sobre mí, como si tuviese miedo de que me escapara.
– Allí no – contesté con dificultad, notando que el sueño se empezaba a apoderar de todo mi cuerpo.
AXEL
– Parece mentira que tuvieseis esto montado sin que nadie lo supiese.
Aiden rompió el silencio de la comida que estábamos teniendo fuera de la casa.
Había amanecido soleado y a los chicos les apetecía comer fuera.
Era extraño estar rodeados de tanta nieve y que la sensación térmica fuese de calor.
Pero era agradable vernos las caras todos.
Estábamos sentados ante una gran mesa corrida de madera que Bosco había hecho con el tronco de un árbol.
Era un buen chico. Me habría encantado que él hubiese sido el compañero de mi hija, pero con el destino no se puede jugar.
Aunque, ¿quién sabe? Porque cuando él y Aiden habían tenido unas palabras el día anterior, Bosco confirmó que Zuria le había rechazado.
Definitivamente no era mi problema. Después de todo lo que había acontecido, lo mejor era que las cosas fluyeran por sí solas.
¿Quién era yo para interponerme en su camino?
Si no lo hubiese hecho, nada de esto habría pasado.
La puerta trasera del patio se abrió y apareció Zuria. Ambos machos se pusieron de pie a la vez. Y al darse cuenta se miraron gruñéndose.
– Este no es el momento ni el lugar para montar una escena. Comportaros como hombres y no como machos.
Ambos se volvieron a sentar mirando a su plato. Zuria me miró y bajó los tres escalones de madera aproximándose a la mesa. Estaba bastante delgada y demacrada. Pero a mis ojos, era un ángel. Me puse en pie y le ofrecí la silla en la que yo estaba sentado. Ella accedió sin decir nada y se sentó.
– Olía tan bien a comida que he tenido que bajar para verlo con mis propios ojos – miró a las bandejas que estaban provistas de costillas hechas a la barbacoa y cogiendo un trozo no dudó en llevárselo a la boca.
– No deberías haberte levantado, hija – al oírme llamarla así, me miró con los ojos llenos de lágrimas. Por fin ambos podíamos comportarnos como lo que éramos: familia.
– Nos alegramos mucho de que comas con nosotros – dijo Samuel, uno de los lobos sentado con nosotros a la mesa.
– Sí – escuché que todos decían a la vez. Ella apartó la carne de su boca y les sonrió.
– ¿Dónde está la vía que llevabas puesta? – preguntó Bosco.
– Me la arranqué.
– Deberías haberme llamado para que yo misma te la quitase – contestó Muriel, una metamorfa oso que trabajaba de enfermera. Aunque con nosotros hacía las veces de doctora.
– No me he podido resistir a este manjar – contestó dulcemente. Alguno de los chicos se rio y continuamos con nuestra comida.
Me dejaron un hueco al lado de mi hija y seguí comiendo con todos.
Brazo con brazo. Igual que una familia. Me gustó compartir ese momento tan íntimo con todos.
Sin mentiras, mirando a la cara a mis seres queridos…
y sobre todo a mi hija. Estas semanas en las que ella había estado en coma, había tenido mucho tiempo para ordenar mi mente y pensar que es lo que tenía que hacer, cuál iba a ser mi siguiente paso.
Quizá había llegado el momento de dar marcha atrás.
– Me gustaría poder hablar contigo, cuando terminemos de comer – le hice saber a Zuria.
– Sí, por supuesto.