8. UN NUEVO ALFA
AIDEN
Me dio la risa cuando la vi ponerse en plan solemne para rechazarme.
Realmente era adorable. Y yo había sido un gilipollas por pensar en acostarme con Sacha.
No voy a negar que me dolió ligeramente escuchar esas palabras, pero había dos impedimentos para que eso fuese efectivo: primero, su boca podía decirlo, pero en sus ojos podía ver el amor que sentía por mí y segundo y más importante no la iba a rechazar y tenía que ser recíproco y eso no iba a pasar.
Por perderme en mis pensamientos, cuando me quise dar cuenta me había dejado plantado en las escaleras.
Las bajé rápidamente y la intenté buscar entre la gente, pero a cada paso que daba, alguien me paraba para hablar conmigo.
Empezaba a ponerme nervioso al verme obligado a hablar con tanta gente.
Tampoco los podía ignorar. ¿Qué mejor oportunidad para estrechar la puta mano de su rey?
¡Por Dios! ¡Me podían dejar en paz ya! Solo esperaba que a ella también la estuviese costando encontrar a su tío, porque estaba seguro de que se iba a ir.
De repente, me pareció que todo sucedía a cámara lenta.
Delante de mis ojos pasó corriendo una preciosa vulpeja blanca.
Por su olor supe que era Zuria. En mi pecho podía sentir la angustia que estaba sintiendo, así que la seguí.
Para mi asombro, los asistentes a la fiesta también empezaron a transformarse.
Había lobos, zorros, osos, tigres… corrí detrás de ella.
¿¡Qué diablos estaba pasando!? Balto estaba nervioso por el estado en el que notábamos a nuestra compañera, así que, sin pedir permiso, tomó el control y me transformé.
– Aiden, a la ventana – escuché que me chillaba no sé muy bien desde donde la voz de Axel.
Si hasta el momento, todo me parecía a cámara lenta, cuando la vi estrellarse por una de las puertas acristaladas, todo se pausó…
La vi salir despedida. Salté un segundo después de ella y la agarré entre mis brazos.
Un manto de nieve amortiguó nuestra caída.
¿Qué o quién le había hecho esto? ¿Por qué se había transformado?
¿Qué podía hacer para protegerla? Miré asustado.
No porque yo tuviese miedo de lo que me pudiese pasar mí, sino por mi compañera.
Apenas podía escuchar el latido de su corazón.
No me cabía duda de que algún hijo de puta la había drogado.
¿Pero para qué? Para matarla… o para raptarla.
No sé, lo único que tenía claro es que tenía que salir de aquí.
Un gruñido me hizo girar la cabeza. Ante mí, una docena de metamorfos transformados, o quizá más, todos permanecían detrás de un zorro rojo.
Debía de tratarse de Axel. Movió su cabeza a la derecha indicándome que le siguiera y se puso a correr.
Seguido de otros zorros, lobos, osos… y un licántropo. O sea, yo.
Corrimos y corrimos, sin mirar atrás. Atravesamos el bosque y seguimos corriendo dejando la ciudad a un lado.
No sé muy bien a donde nos dirigíamos. Aunque todos los territorios me pertenecen, no conozco hasta el último rincón.
Cuando el sol empezó a salir y el frío del amanecer empezó a calarme los huesos, paramos en lo que parecía un antiguo polígono abandonado.
Debíamos de estar en los suburbios. Durante la carrera me había posicionado detrás del zorro de Axel.
Le podría haber adelantado, pero no sabía adónde íbamos, así que tuve que refrenar mi carrera e ir por detrás.
No podía escaparme sólo, sin saber aun quien había sido el causante del estado de mi amada.
Fuimos pasando por una puerta que daba a un patio del que también salían más puertas.
Yo seguí al zorro de Axel y me metí por la misma puerta que él.
No todos entraron por la misma. La nuestra nos llevó a una gran sala redonda.
Alrededor de ella había de cinco a siete puertas de las cuales empezaron a aparecer otros individuos desnudos.
Debía de tratarse de los animales que habían seguido a Axel hasta allí y según iban llegando volvían a transformarse en humanos.
No me había dado cuenta de que casi todos los que estábamos habíamos abandonado la fiesta.
Por lo menos allí había una veintena. Me aproximé al centro de la sala y fui girando mientras los miraba a la cara uno a uno.
Estaba muy nervioso, mi pecho subía y bajaba rápidamente por la inquietud que me comía por dentro.
Balto se negaba a volver a transformarse y dejarme a mí con el control.
– ¿Quién se había atrevido a herir a nuestra compañera? – rugió por dentro.
– ¡Aiden, escúchame! – oí que la voz de Axel me llamaba – Transfórmate.
– ¡¡No te acerques!! – gruñó mi licántropo, buscándole entre la multitud.
No tenía ninguna intención de transformarme.
Mataría a cualquiera que quisiese tan siquiera acercarse a nosotros.
Poco a poco el resto de personas iba acercándose a mí cercándome el paso – No os mováis o juro que os mato a todos.
– Aiden, mírame, mírame a los ojos. – Miré a Axel tal y como me estaba pidiendo – Tienes que soltarla.
– ¡¡Nooo!! – grité – ¡Es mía! – Volví a girarme para mirar a todos.
– No dejes de mirarme. Olvídate del resto. Estoy aquí Aiden. Siempre lo he estado.
– Mentira – bramé –, me engañaste. Me hiciste creer que éramos amigos. Una gran mentira… que todavía no sé muy bien porqué la ideaste.
– Ahora no se trata de nosotros – levantó su brazo como si con este gesto consiguiese que yo me relajase.
– No me provoques – le gruñí apretando los dientes. Estaba tan rabioso que las babas goteaban por la comisura de mis labios y cayendo sobre el costado de mi amada vulpeja que permanecía inmóvil. Balto gimió preocupado.
– Aiden, por favor – me miraba suplicante –. Necesitamos ver qué es lo que le pasa a Zuria. Tienes que dejar que la vea el médico.
– Habéis sido uno de vosotros – no podía dejar de gruñir.
– No digas tonterías.
– Hijos de puta
– ¡Joder Aiden, céntrate! ¡Es mi hija! ¿Cómo le iba a hacer daño? – solté suavemente el agarre que estaba ejerciendo sobre mi amada. Axel se acercó a mí y tocó el lomo de Zuria.
– Entrégamela – me pidió.
Cuando iba a extender los brazos para depositarla en los brazos de su padre, alguien me tocó el hombro derecho.
Giré suavemente la cabeza y vi que era el acompañante que Zuria había llevado.
Con el que se había besado. ¿La querían apartar de mí para entregársela a este chico?
Antes muerto. Retrocedí el movimiento que iba a hacer y lanzando un zarpazo al aire arañé toda la cara de Axel.
La sangre empezó a brotar de su mejilla. Todos a mi alrededor se pusieron a gruñirme. Me importaba una mierda, nadie se iba a llevar a mi pequeña. Axel se llevó una mano a la cara y luego se la miró. Los cambiaforma que tenía delante empezaron a convulsionar como si se fuesen a transformar.
– ¡No! – gritó Axel por encima de todos los gruñidos. – Aiden, por favor…
Pero yo ya no podía pensar. Mi licántropo se había apoderado de mí y se estaba comportando como un perro rabioso. Nos había vuelto a traicionar. No iba a permitir de ninguna manera que se llevasen a Zuria de nuestros brazos
– Traed los dardos.
– Matémosle – gritó alguien a lo lejos –, es nuestra oportunidad.
– No – siguió hablando Axel –. Él no es su padre. No puede pagar por lo que ha hecho otro. Por favor traer los dardos.
Antes de que me pudiese dar cuenta noté un fuerte pinchazo en la parte izquierda de mi cuello.
Giré la cabeza y pude ver que el que me había disparado era el puto acompañante de Zuria.
Me miraba con una sonrisa de total satisfacción en la cara.
Di dos pasos hacia él, con la intención de arrancarle la cabeza, pero me fallaron las fuerzas.
Caí sobre mis propias rodillas y la negrura se apoderó de mis pensamientos.
Solo espero que la Luna proteja a mi pequeña.
AXEL
Hacía mucho tiempo que no estaba en la sede.
Casi todos mis negocios los llevo directamente desde el White Fox.
Un local de moda al que puse el mismo nombre que el color de la vulpeja de mi hija y compañera.
Las dos, cada vez que se transformaban lo hacían en zorros blancos.
Hacía mucho que no veía un pelaje así. No es normal que los zorros seamos blancos.
Sonya, mi compañera, decía que su familia descendía de los primeros metamorfos y que todos tenían el mismo color.
Nunca lo pude corroborar ya que jamás me presentó a nadie de su familia.
Cosa que tampoco me preocupó demasiado, porque la quería solo para mí.
Mía para amarla, mía para adorarla y mía para poseerla.
Cada vez que se lo decía, se echaba a reír y me contestaba que éramos compañeros de paso.
Nunca entendí que quería decir con esto, pero después de fallecer y tras muchos años de reflexión estoy seguro que, de alguna forma, ella sabía que de algún modo nos íbamos a separar.
Y esta solo puede ser la muerte porque de ningún otro modo yo me iba a separar de ella.