7. VENCIDO #3
– Axel, Adonis me da igual como se llame. Él es mi amigo o así es como yo lo he sentido. Jamás pensé que me tuviese tanto odio. – su voz denotaba tristeza al hablar de mi padre.
– No te preocupes por nosotros. Creo que será mejor que nos marchemos.
– ¿De la fiesta? – preguntó intuyendo lo que le estaba queriendo decir.
– No, de Big City.
– No lo voy a permitir, Zuria – según decía esas palabras acercó sus labios a mi oreja –. Recuerda que eres mía – un escalofrío recorrió mi espalda.
– No, no lo soy – mi voz apenas era un susurro.
– Tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo expresa otra.
Maldita vulpeja. Estaba disfrutando con la proximidad de nuestros cuerpos.
– Nos vamos a ir y no puedes hacer nada.
– En eso te equivocas. Igual que necesitas que yo, tu rey, te dé un permiso para residir, también lo necesitas para salir.
– Por favor, Aiden.
– ¿Te he dicho que adoro como suena el sonido de mi nombre en tu boca?
– Aiden – aunque intenté que esta vez su nombre sonara como una queja, apenas sonó como un gemido.
– Vuelve a mí, amor mío.
– No puedo. Pero sí que puedo hacerte libre.
Subí el escalón que me distanciaba de él y poniéndome de puntillas le besé en los labios.
Aiden, sin perder tiempo, pasó sus brazos alrededor de mi cintura para evitar que me escapara.
Sus labios contra los míos resultaban ser como el mejor de los manjares.
Adoraba el contacto con ellos y se lo hice saber abriendo la boca y dejando escapar un gemido.
Él me siguió abriendo la suya y sacando su lengua la sumergió dentro de mi boca, buscando la mía.
Profundizando con la punta de su lingual, invadiéndome por dentro.
Un inmenso calor se apoderó de mi cuerpo al recordar que días antes había tenido su lengua, también dentro pero no de mi boca sino de mi vagina.
Volví a jadear, mientras notaba como mis bragas se mojaban aún más.
Aiden debió de olerlo y bajando sus manos me agarró de los glúteos arrimándome más a él.
Noté la dureza de su entrepierna y casi me derrito.
¡Maldita sea! ¿Por qué le tenía que dejar marchar si le amaba tanto?
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, me separé de él.
Di un paso hacia atrás, para alejarme más de él.
El frío se apoderó de mi cuerpo haciéndome anhelar nuevamente el calor que desprendía su torso.
– Zuria, quédate conmigo.
– No puedo, pero te voy a dar lo que tanto quieres.
– La única cosa que quiero es que tú estés a mi lado.
– Yo, Zuria Otsoa, te rechazo a ti, Aiden Shadow.
Sus ojos se abrieron como platos, no sé si por la sorpresa o por el horror que le producía mi rechazo.
No le quise preguntar. Volví a girar sobre mis talones, para abandonar la fiesta, mientras escuchaba como él se reía.
Le importaba una mierda. ¿Qué coño era esto?
Parecía que me estaba suplicando estar conmigo y ante mi rechazo simplemente se reía como si le importase una mierda.
¡Joder! No solo le había encontrado a punto de follarse a una rubia, sino que se estaba riendo de lo que le acababa de decir.
Me empezó a arder la cara de la vergüenza.
Necesitaba salir de allí como fuera. Mi rechazo le importaba una mierda.
Solo tenía que encontrar a mi padre y largarme lo antes posible.
¡Qué horror! ¿Como me podía sentir todavía atraída por él?
¿Cómo fui capaz de pensar por un momento que él sentía lo mismo?
Casi me dejé arrastrar por sus palabras.
Cabrón de mierda, me había entregado a él en cuerpo y alma.
Mi padre tenía razón, había sido una estupidez.
Me sentí estúpida dando vueltas por la sala de baile mirando de un lado a otro sin encontrar lo que buscaba.
Me estaba agobiando, dándole vueltas a lo que había hecho con Aiden y la reacción que había tenido.
Empecé a hiperventilar, puse una de mis manos en la parte alta de mi pecho, cerré los ojos e intenté controlar mi respiración para calmarme.
Alguien me agarró fuertemente del brazo y me hizo girar bruscamente haciéndome chocar involuntariamente sobre un duro torso. Palidecí al ver que era el padre de Aiden. El antiguo alfa Shadow. Inhaló broncamente antes de empezar a hablar.
– ¿No te he dicho que me encanta el olor a vulpeja? Espero que me guardes el secreto, ¿sabes? A muchos les parecería extraño. – Alcé los ojos para ver una sonrisa perversa dibujada en su cara y me dieron nauseas.
– Suéltame – espeté apretando los dientes.
– Mi hijo se ha debido de volver loco cuando te tuvo – tocó mi hombro izquierdo y fue bajando la mano por mi espalda desnuda hasta llegar a su parte baja. Su mirada se volvió lujuriosa. – dicen que es una sensación maravillosa estar con una… vulpeja. Tu piel es tan suave.
– Me das ganas de vomitar – le avisé.
– Aunque no entiendo por qué no te ha marcado.
– Te lo advierto, cerdo, suéltame.
– ¿Me vas a montar una escenita? – preguntó mientras apretaba más, su cuerpo contra el mío.
– ¿Crees que me importa?
– Estoy deseando tenerte bajo mi yugo – antes de poder contestarle noté un pinchazo en mi cuello.
¿¡Pero qué coño!? Me acababa de inocular algo en el cuello.
Pero… ¿Por qué? Noté como me empezaba a aturdir.
Asustada, levanté la rodilla y con toda la fuerza que logré concentrar, la estrellé contra sus pelotas.
Conmocionado por el dolor, me soltó de golpe.
Se echó hacia atrás, sorprendido. Por un momento me miró sin saber qué hacer y terminó por agarrarse las pelotas.
Sonreí al saber que le había dolido. Sin poder evitarlo me tambaleé hacia un lado y otro, mareada por la mierda que me había inoculado.
Empecé a tener como una visión en tubo. Tenía que pensar en algo rápido, lo que fuese que me había inyectado me estaba haciendo perder las fuerzas.
– Déjame a mí – dijo Kufa, mi vulpeja – yo soy más fuerte.
– Ayúdame, nos estamos quedando sin fuerzas.
Mis piernas casi no podían sujetar mi peso.
¿Y… donde estaba mi padre? Nadie había presenciado que me había hecho ese cabrón.
Cedí el control a Kufa y me trasformé delante de todos.
Aunque mi zorra era fuerte, estaba también algo debilitada por la inyección.
Buscó a mi padre entre la gente, pero no lo encontró.
Corrió hacia la entrada para ver si estaba allí, pero tampoco lo halló.
Sus patas empezaron también a fallar haciéndola caer de bruces.
– No vamos a aguantar, Kufa – le dije haciéndola notar que estaba histérica –. No quiero que ese alfa ponga sus manos sobre nosotras. – Estaba realmente asustada.
Volvió corriendo a la zona de baile y, sin dejar de correr, atravesó una de las paredes acristaladas.
Volamos por los aires y quedamos suspendidas durante un momento, contemplé el manto blanco que había dejado la nieve.
Este era nuestro fin. Ya no me quedaban fuerzas.
Noté como algo me agarraba bruscamente. ¿Dónde diablos estaba ahora mi compañero?
– Aiden – intenté gritar, pero la oscuridad se adueñó de todo.