La Marca de Zuria 7. VENCIDO #2
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7. VENCIDO #2

Como no dijo nada, di por terminada la conversación y volví a concentrarme en el beso que me estaba dando Sacha.

No sé en qué momento de mi conversación con mi licántropo me había perdido.

Pero mi preciosa damisela había aprovechado y había puesto una de mis manos en uno de sus pechos.

Lo apreté suavemente y ella dejo salir un jadeo provocando que mi falo empezase a reaccionar.

Separó sus labios de los míos y me miró con una juguetona mirada.

– No he podido dejar de pensar en ti.

– ¿Así y que has pensado? Cuéntame – este juego me estaba empezando a gustar.

– Bueno, no mucho. Tú, yo, los dos juntos… ya sabes, mis piernas alrededor de ti – ¡Vaya! Pensé, delicadita la niña.

– Veo que vas directa.

– Nunca me ha gustado perder el tiempo.

Subí el último escalón que me quedaba y agarrándola de la mano la llevé al primer despacho que encontré.

Mirando por encima creo que era el de mi beta Samuel.

Pero en este momento no me importaba. Ella había venido a por lo que había venido y yo quería que asistiese a la fiesta por lo mismo.

Así que para qué perder más tiempo. Me la iba a follar duro.

Cuando cerré la puerta tras de mí, ella no esperó ni un momento para echarse encima de mí.

Me quitó la chaqueta y desabrochó con una velocidad asombrosa mi camisa.

Jadeó al ver mi torso que parecía cincelado.

Llevó sus manos al lateral de su vestido y bajó la cremallera haciendo que este se desprendiese de su cuerpo.

No llevaba más que un pequeño tanga. Sus pechos ondeaban firmes y turgentes.

Se chupó los labios lascivamente y dejó que admirase su cuerpo desnudo.

La agarré de los glúteos y la llevé a trompicones hacia la mesa.

Tiré todo lo que había encima de ella y tumbé a Sacha.

Me abalancé encima de ella dejando que rodease mis caderas con sus piernas.

Tal y como ella se había imaginado. Lamí sus labios y sujetando sus pechos con mis manos chupé sus pezones.

Jadeó en una especie de gritito y yo, poseído por el deseo incontrolable de hundir mi falo en ella, le arranqué el tanga.

Lo tiré al suelo y aproximé más mis caderas hacia ella.

Haciéndola notar lo duro que me estaba poniendo.

Bajé una de mis manos por su tripa, enredé mis dedos entre los pelos de su pubis y sin dejarla opción, bajé más hasta introducirle los dedos dentro de su vagina.

– ¡Esto es asqueroso! – gritó nuevamente Balto.

Cabreado con él dejé escapar un gruñido que asustó a Sacha.

– ¿Todo bien? – me preguntó con la cara enrojecida por su excitación.

– Sí, no te preocupes.

Volví a agarrarle los pechos y a mordisquearle los pezones. Entonces noté que la puerta se abría. Su olor a frambuesas invadió todo mi ser y supe que era Zuria la que acababa de entrar en la habitación.

– Te lo avisé, estúpido alfa – dijo triunfante Balto. Mientras yo maldecía una y otra vez.

ZURIA

Íbamos camino de la fiesta en coche. Me había sentado detrás, junto a mi acompañante, un atractivo chico que me había buscado mi padre.

Se llamaba Bosco y, al igual que nosotros, también era un zorro.

Mi padre era el que iba conduciendo y, de vez en cuando, miraba por el rabillo del ojo el retrovisor para ver qué hacíamos.

Bosco era un chico unos años mayor que yo.

Por su forma de hablar y las cosas que me contaba, me daba la impresión que estaba lleno de vida.

Sus ocurrencias y sentido del humor ayudaron a que el viaje me resultase corto.

Entramos en la casa de la manada, seguidos de mi padre.

Nos quitamos los abrigos que llevábamos y se los dimos a unos ayudantes que se encontraban en la entrada para ese menester.

Era la misma casa en la que había solicitado mi tarjeta de residencia.

Debido a la fiesta, habían engalanado todas las estancias con preciosos ramos de flores silvestres.

– ¡Qué bonito está todo! – indiqué a Bosco.

– Sí, la verdad es que sí. – contestó sin apartar los ojos de mi cuerpo – ¿Quieres bailar?

– Bueno, no soy muy buena bailarina, la verdad – le contesté.

– No pasa nada, solo tienes que dejarte llevar.

– Yo voy a ver si me encuentro con algún conocido – nos comentó mi tío antes de dejarnos solos.

Bosco puso su mano en la parte baja de mi espalda y me llevó a la pista de baile. Nos unimos al resto de comensales que ya estaban bailando y me dejé llevar por él.

– No sé si te lo ha dicho alguien esta noche, pero estas guapísima.

– Gracias – contesté tímidamente notando que el rubor se adueñaba de mis mejillas.

– En tu ciudad debías de tener a todos los chicos locos con esos ojos color avellana.

– La verdad es que soy bastante introvertida y no tenía muchos amigos.

– ¡No me lo puedo creer! ¡Con la velada tan agradable que me estás haciendo pasar!

Me sonrió dulcemente mientras me envolvía algo más entre sus brazos.

Me asusté un poco porque creí que me iba a sentir incómoda.

Pero, por el contrario, encontré calidez en su abrazo.

Noté cómo un sofocante calor envolvía mi cuerpo.

Coloqué mis manos sobre el pecho de mi acompañante y solté entre un jadeo y un gritito al notar lo duros que tenía sus pectorales.

Abrumado por el sonido que yo había emitido bajó la cabeza y posó suavemente sus labios en los míos.

Yo gemí ante la conexión que sentí al tener los labios juntos.

Mi centro empezó a palpitar ansioso por ser tocado.

– Necesito ir al baño – dije rompiendo el abrazo.

– Claro, aquí te espero – me sonrió y me sacó de la pista de baile.

Todo lo que estaba sintiendo debía de ser por la bruma producida por la luna.

Notaba como si tuviese por dentro una bola de fuego que iba desprendiéndose hacia abajo humedeciendo mi centro y hacia arriba llegando hasta mis pezones, originando que estos se erizasen.

Solo con el ligero roce contra la tela ya me resultaba insoportable.

Me perdí entre la gente preguntándome donde estaría el baño.

Necesitaba refrescarme o esa noche estaba segura de que acabaría abriéndome de patas con cualquier macho que estuviese un poquito alerta de mis señales.

Choqué involuntariamente con uno de los comensales que charlaba con otra persona.

Del golpe, sin querer, hice que se derramara la bebida de su copa.

– Disculpe, no ha sido mi intención…

– No te preocupes – no me gustó nada la sonrisa que me echó –, parece que llevas prisa.

– Oh no, solamente estoy buscando el baño.

– Arriba, la primera puerta a la derecha – dijo señalando con su copa la escalera que me había encontrado cuando entré en la casa.

– Gracias – le contesté.

Subí despacio las escaleras, levantando la falda de mi vestido para no tropezarme con mis propios pies.

Y tal y como me habían indicado, abrí la puerta de lo que creí que era el servicio.

Me quedé petrificada con la escena que me encontré.

El cerdo que me había indicado el baño sabía perfectamente dónde me llevaba.

Sabía que me iba a encontrar con el rey manteniendo relaciones sexuales con una joven.

La cual se encontraba desnuda, tumbada sobre una mesa con las piernas alrededor de las caderas de Aiden.

Que permanecía de pie, con su torso exento de ropa, echado encima de ella.

Agarraba sus pechos con ambas manos y su preciosa melena se encontraba metida dentro de ellos.

Por el sonido intuí que la estaba chupando los pezones.

Un gruñido totalmente gutural e involuntario salió de mi garganta.

Mi vulpeja se había enfadado, acababa de presenciar cómo su compañero estaba a punto de yacer con otra mujer que no éramos nosotras.

Aunque no debería enfadarse: yo misma le había dicho que no volvería a estar con él.

Claro que tampoco podía imaginarme que iba a encontrar una sustituta tan rápido.

Al escuchar mi gruñido, Aiden se incorporó y miró hacia atrás.

Tenía los carrillos sonrojados de haberlos estado rozando contra el cuerpo de esa zorra.

Involuntariamente, mi mente se fue al día que me hizo suya.

El día que cubrió todo mi cuerpo con sus caricias y lo vistió con sus besos.

Aunque le acabase de encontrar con otra, solo de pensar en el día que me hizo suya, mis braguitas se humedecieron.

Aiden inhaló por la nariz y percibió mi excitación.

Sus ojos se volvieron completamente negros y se apartó de la chica que emitió un grito de protesta.

Pero a mí me daba igual. Ya todo estaba perdido así que di media vuelta y salí corriendo.

Era ilógico pensar que podía escapar de sus garras. Antes de llegar a las escalaras ya me había agarrado del brazo.

– ¡Zuria! – me llamó con una voz ronca.

– ¡Déjame, Aiden! – Contesté dando un manotazo y zafándome de su agarre.

Sin perder el tiempo empecé a bajar las escaleras, seguido de él. En pocos segundos me volvía a tener agarrada por el brazo.

– Espera – susurró.

– Olvídalo, no debí de entrar. Fui yo la que te dijo que no volveríamos a estar juntos. Estás en tu derecho.

– ¿Estás segura? Tu vulpeja no creo que opine lo mismo por cómo ha gruñido – le miré a la cara.

Debería de estar enfadada con él por haber follado con otra mujer cuando se suponía que era a mí a quien amaba.

Debería abofetearlo hasta hartarme por hacerme pasar por esa vergüenza.

Pero yo había sido la causante de esa situación.

Así que realmente debía de estar enfadada conmigo misma.

– Estoy segura – confirmé.

– Por favor… por favor – me rogó – No te vayas. No te alejes de mí.

– No puedo estar contigo cuando tu padre mató a mi madre, destrozando la vida de mi padre. ¿Cómo podría?

– Pero yo no tuve nada que ver con eso. De hecho, Adonis es mi amigo.

– Axel – le corregí.