La Marca de Zuria 7. VENCIDO
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7. VENCIDO

AIDEN

A mi madre le encantaban las fiestas que hacíamos en honor a nuestra diosa la Luna.

Decía que era el momento más importante para muchos de los jóvenes licántropos que han pasado a formar parte de los adultos.

¿El por qué? Muy sencillo, para encontrar la pareja predestinada.

Antiguamente solo se permitía la entrada de licántropos.

Pero cuando yo reclamé como mío el trono, todo cambió.

Siempre habíamos tenido difícil encontrar a nuestra pareja por la obsesión que existió durante generaciones por la sangre limpia.

Licántropos emparejados solo con licántropos.

Yo entendí que quizá nuestras parejas también se encontraban en otras formas de metamorfos.

A día de hoy sé que esto es cierto ya que todos mis instintos están despiertos desde que conozco a Zuria.

Necesito olerla… saber que está bien. Y me cuesta entender lo que ella me hizo…

y me dijo. ¿Por qué simplemente no me rechazó?

Después de haberla probado, mi mente se vuelve loca al pensar en su sabor.

Deseo hundir mi cara en su centro y chuparlo hasta que grite mi nombre…

Solo pensar que va a estar con otro hombre, que no soy yo y le va a dejar probar su jugo me vuelve loco.

No quiero que nadie la toque y sé que pensar así me hace ser egoísta.

¿Pero no es lo que desean las mujeres? ¿Que seamos posesivos, masculinos y que preservemos así la feminidad?

¡Maldita sea! ¡Estos pensamientos me están volviendo loco!

Apenas hace dos días que he estado con ella y necesito desfogarme constantemente y eso no es suficiente.

Ando como un cachorro masturbándome por las esquinas, esperando que esta sed de sexo se aplaque y no lo consigo.

Por el contrario, cada vez aumenta más y más.

Menos mal que hoy en la fiesta he conseguido volver a quedar con Sacha.

Mi beta Samuel ha concertado una cita con ella.

Es la chica con la que tuve una cita a ciegas en Noche Buena.

A ver si con un encuentro carnal consigo aplacar este anhelo que me consume y me pone las pelotas moradas.

Estoy seguro de que ella no se resistirá a ser follada por su rey.

Muchas veces veo como me miran las hembras y puedo ver el deseo en sus ojos.

Hasta ahora mi pensamiento era yacer solo con mi pareja predestinada…

pero ahora en esta dilatoria en la que Zuria me obliga a estar, lo necesito…

necesito desahogarme o creo que voy a estallar.

Bueno, más bien mis pelotas van a estallar.

Salí de mi cuarto y me dirigí a la barandilla de forja que dividía en dos las majestuosas escaleras.

Según se entraba desde la calle se las podía apreciar mejor.

Las habían construido así nuestros antepasados como un símbolo de poder.

Su estilo era totalmente rococó dando a la entrada un efecto elegante y sobre todo de grandeza.

Desde donde me encontraba, podía contemplar como poco a poco la gente iba llegando ataviada de sus mejores galas.

Podía notar la excitación de todos ellos.

Los más mayores que ya habían encontrado pareja, estaban excitados por volver a encontrarse con viejos conocidos.

Los que no tenían pareja se encontraban expectantes ante lo que se podían encontrar: quizá su pareja predestinada o un simple rollo para pasar una noche caliente.

Igual que yo iba a hacer con mi cita. Y los más jóvenes irradiaban inocencia plena.

Vi como entraba Sacha, acompañada del alfa Dánfor, la llevaba agarrada del brazo. Mi licántropo se revolvió por dentro al percibir su olor. Pero me da igual. Lo único que íbamos a hacer era apagar nuestro deseo sexual.

– Será rápido amigo – le dije a Balto, mi licántropo.

– Ella huele mal – contestó asqueado, dentro de mi cabeza –, no nos merece. Nuestra compañera no se merece el daño que le vamos a hacer si se entera.

Sacha, levantó la vista, como si supiese que me iba a encontrar en la parte alta de las escaleras.

Al verme y como si fuese un acto reflejo, levantó un brazo para saludarme, irradiando una preciosa sonrisa.

Llevaba un precioso vestido que se ajustaba tanto a sus pechos que parecía que se fuesen a desbordar fuera de la tela.

Eran grandes y redondos. Estaba seguro de que mi mano no podía abarcarlos.

Bueno, por lo menos disfrutaría de ellos cuando los tuviese entre ellas.

El tono que había escogido era de un fuerte color fucsia.

Su pelo rubio lo llevaba recogido en un moño estirado hacia atrás, dejando su cuello descubierto.

Cuando encontrase pareja se perdería con aquella belleza de mujer.

Algo llamó la atención a mi licántropo y me obligó a girar la cabeza.

Entrando casi a la sala de baile, Zuria hablaba amistosamente con su acompañante.

¿Cuándo había llegado que no me había fijado en ella?

– Compañera – se quejó mi licántropo.

Iba preciosa. Había elegido un vestido de lentejuelas moradas que se adaptaba perfectamente a su cuerpo, sin marcar más de lo necesario.

El vestido se elevaba como un tirante en el hombro derecho, dejando el otro totalmente descubierto.

Por detrás la espalda la llevaba totalmente descubierta.

El pelo lo llevaba recogido en una trenza que parecía deshecha, que le aportaba elegancia.

Era el vestido de una reina. Inhalé suavemente concentrándome en captar su olor.

Mis fosas nasales se llenaron de olores de frutas silvestres y…

de la excitación que había entre sus piernas.

¿Eso lo estaba provocando su acompañante?

– La estamos perdiendo – se volvió a quejar Balto.

– Shh – le regañé – fue ella la que nos dejó ir.

Un rugido tronó en mi pecho haciendo que todo el mundo que estaba en la entrada me mirase. Sacha ensanchó su sonrisa creyendo que era por ella. Mientras que Zuria entraba en el salón de baile sin tan siquiera girar su cabeza.

Bajé corriendo las escaleras preso de los celos. ¿Cómo se atrevía a venir a mi fiesta del brazo de otro? Solo de pensar en los ojos de aquel mocoso, me dieron ganas de arrancarle la cabeza.

– Tú has hecho lo mismo – me reprendió Balto.

– Pero no es lo mismo.

– ¿Ah no? – podía notar su ironía. Perfecto, Balto se ponía de parte de ella.

– No. Ella fue la que me dijo que ya no le importaba lo que hiciese con mi vida.

– ¿Y tú la creíste? Eres un poco estúpido para ser el rey.

– No me provoques.

– ¿O qué?

Di por terminada la conversación. No iba a ponerme a discutir con mi licántropo cuando Zuria estaba en los brazos de otro hombre.

Pasé por la puerta que daba paso al Salón de baile y la vi en los brazos de su acompañante, sonriéndole como una enamorada.

Podía ver como él se estaba perdiendo en esos ojos color avellana que a mí también me habían vuelto loco.

Estaba tan irritado que no lograba oír la conversación que estaban manteniendo y tal y como ella reía debía de ser super entretenida.

– La va a terminar besando – las palabras de Balto sonaron como una puñalada en mi cabeza.

– Sssh, calla.

Pero mi sorpresa fue máxima cuando vi como agachaba su cabeza y juntaba sus labios con los de Zuria. Ella no se apartó de él. Dejó que la besara y para mayor desdicha mía, observé como la estrechaba entre sus brazos… el muy hijo de puta estaba restregándole la polla.

– Aiden – una dulce voz me hizo romper el contacto visual que estaba manteniendo con la pareja. Me giré bruscamente de mala gana por haberme molestado. Sacha permanecía de pie con una preciosa sonrisa.

– ¡Sacha! No te había visto.

– ¡Pero si me has saludado desde lo alto de la escalera! – me quedé mirándola con una sonrisa helada en la cara.

– Sí... sí – contesté tropezándome con mis palabras, al darme cuenta de lo que la había dicho. – ¿Quieres que te enseñe mi casa?

– El palacio – replicó con sus ojos haciendo chiribitas.

– Bueno, lo que sea – dije de mala gana y, agarrándola del brazo, la saqué nuevamente a la entrada –. Te voy a mostrar la parte que está prohibida para el resto de personas. Solo yo y mis más allegados podemos entrar.

– ¿Dónde es?

– La parte de arriba. Esta parte está reservada solo a miembros cercanos, como los betas, a mi familia y, bueno, a mí.

– ¿Vas a llevarme a tu cuarto?

– No – ladró Balto antes de que pudiese contestar. Tosí molesto por la imprudencia que había cometido mi licántropo –, creo que empezaré a enseñarte donde está el despacho de mi Beta.

– Vaya, creía que querías algo de intimidad entre nosotros.

– ¿Y quién te ha dicho que no? Pero, por el momento, vamos a empezar a hacer un recorrido por la casa.

La agarré del brazo y la muchacha se acercó todo lo que pudo a mí.

Según pasábamos entre la gente les iba mirando y sonriendo.

Subimos las escaleras y, cuando estábamos a punto de llegar, Sacha subió el último tramo antes que yo.

Se puso delante de mí, impidiéndome el paso.

Estábamos casi a la misma altura y sin dejarme reaccionar se abalanzó encima de mí y besó mis labios.

– Puag sabe a serrín – se quejó Balto.

– Déjame desfogarme. Será solo un momento.

– No me gusta tampoco como huele.

– Si no me dejas en paz, juro que voy a encontrar la manera de castigarte. Yo soy tu rey.

– Somos – puntualizó.

– Déjame en paz, joder. Serán solo unos minutos.

– Vale, pero a tu compañera no le va a gustar nada cuando lo sepa.

– Ella está haciendo lo mismo. ¿Es que no la has visto?