La Marca de Zuria 6. LA GUERRA
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6. LA GUERRA

AIDEN

¿En qué momento habíamos llegado a esta situación?

Había pasado de tocar el cielo con las manos a bajar al mismísimo infierno.

Por más que lo pensaba no lo lograba entender.

No lo logro entender. Apoyé los codos sobre la mesa del despacho y me tapé la cara con las manos.

Por lo que le pasó a mi madre, yo mismo he intentado ser respetuoso con cada una de mis conquistas.

Y aun habiendo tonteado, nunca he tenido el valor de llegar hasta el final.

Siempre me ha aterrado que mis ligues creyesen que en algún momento las iba a marcar para hacerlas mis compañeras, aun sabiendo que no estábamos predestinados.

Porque todo el mundo quiere el poder de estar conmigo.

Y ahora que he encontrado a mi compañera…

Ella me aparta, a pesar de saber que somos compañeros.

¿Y qué coño me había contado de su padre?

¿Por qué todas mis desgracias tienen que estar siempre relacionadas con mi padre?

Primero me quitó a mi madre y ahora es el causante de que mi compañera no quiera estar conmigo.

¡Joder! Me voy a volver loco. La necesito, mi cuerpo la desea y mi licántropo llora por dentro.

Si tanto daño ha causado mi padre a su familia, ¿por qué diablos no me rechazó?

No voy a poder vivir sabiendo que mi compañera me odia.

Desde que hicimos el amor hace dos días, noto como un nudo en el estómago oprimiéndome constantemente, cortándome la respiración.

Todo lo que creía ha resultado ser falso…

Siempre pensé que cuando llegase mi compañera todo se volvería más simple…

Para mi desgracia me he dado cuenta de que esto no es así…

El amor no lo puede todo… El amor me ha destrozado…

Así que lo único en lo que puedo creer ahora es que mi padre tenía razón.

El amor no existe para nosotros. Los alfas nos debemos a nuestras obligaciones: un rey no puede permitirse el lujo de flaquear.

Vale. Perfecto. Lo puedo asumir. Pero ahora que la he probado, no puedo imaginarme acariciando a otra mujer.

Y lo que es peor: no quiero ni imaginar que ella se entrega a otro hombre.

– Aiden – la voz preocupada de mi buen amigo y beta Samuel me sacó de mis pensamientos.

Levanté la cara para mirarlo y vi preocupación en sus ojos. Habíamos crecido juntos y me conocía perfectamente.

– Dime, amigo – contesté cansadamente.

– Mañana es la fiesta de la Luna. Tienes que oficiar una ceremonia para todos aquellos que han encontrado pareja o que a partir de mañana la encuentren.

Sonreí pensando en que ese día había sido el que me hubiese gustado marcar a mi pareja delante de todos. Para que todo el mundo pudiese admirar a mi compañera. Pero nada había salido como me hubiese gustado. Tampoco podía mostrarme débil delante de mis súbditos.

– Todo sigue según lo planeado – le confirmé –. Pero quiero que mandes un mail, una carta o lo que quieras. Quiero que todo el mundo que haya recibido la invitación vaya a la fiesta.

– Creo que no faltará nadie – agachó la cabeza en modo de despedida.

– No sé si me has entendido. Es una orden, que todo el mundo asista. Y búscame el contacto de mi última cita, quiero que venga conmigo. – La cara de Samuel se ensanchó en una agradable sonrisa.

– Te dije que ésta era preciosa.

– Me da igual. Quiero que esté dispuesta para mí mañana. Necesito descargar mi viveza.

– ¿Cómo que tu viveza? – preguntó extrañado.

– Que necesito follar con alguien antes de volverme loco.

– No lo entiendo, Aiden. ¿A qué viene esto? Tu nunca has…

– ¡Beta! – bramé molesto porque me estuviese juzgando – ¡Te estoy dando una orden! Haz tu trabajo.

Sumisamente, Samuel agachó la cabeza y salió de mi despacho.

Eso es lo que mi padre siempre me había enseñado.

La sumisión era nuestra mejor arma cuando somos los alfas reinantes.

Nada se le puede negar a un alfa. Y ahora lo tenía claro, iba a hacer que Zuria se arrepintiese toda su vida de lo que me había hecho.

Si ella podía estar sin mí, yo soy aún más fuerte que ella, más fuerte que todos.

Soy su rey licántropo. ¿Qué más da el amor, si podía consolarme follando con cualquiera?

ZURIA

Atravesé el salón y me paré en la bola del mundo que hacía las veces de licorera.

La abrí y saqué la botella de whisky. Necesitaba un trago que quemase mis entrañas y me hiciese pensar en otra cosa que no fuese Aiden.

Me dolía todo, me dolía respirar, me dolía ver, me dolía tragar…

¡Joder! Me duele vivir… No sé cómo mi padre había podido resistir durante tantos años con el dolor de la pérdida de su compañera.

Yo no le había perdido y me sentía agotada y falta de fuerzas.

Volví a servirme otro vaso y me lo bebí de un trago.

– No tienes edad para beber.

Me giré y vi a mi padre de pie en la puerta del salón, con los brazos cruzados. Aunque me sonreía podía ver en sus ojos que estaba preocupado por mí.

– Te olvidas de que ya soy adulta.

– Creía que no bebías – su tono también denotaba preocupación.

– Ya ves – bufé.

– ¿Estas intentando ahogar tus penas en alcohol?

– Realmente no me gusta – confirmé.

– Zuria, sé que es tu vida y nadie mejor que tú para saber lo que tienes que hacer…

– ¿Me vas a dar ahora un discurso de padre entregado? – corté su frase sin querer escuchar nada más.

– No deberías haber hecho lo que hiciste.

– ¿Qué es lo que he hecho? – pregunté levantando el tono.

– Zuria – me volvió a llamar pronunciando mi nombre lentamente –, te acostaste con él.

– Mi vida no es de tu incumbencia.

– ¿Por qué no te ceñiste al plan inicial? Le ibas a decir que sabías que eras su compañera y le ibas rechazar.

– ¿Qué más da? No he hecho nada ilegal. Me he acostado con un hombre. Muchos de mis compañeros de clase lo hacen desde los dieciséis. Por lo menos yo lo he hecho con mi compañero.

– ¿No ves que, aunque no te haya marcado, ambos estabais bajo el vínculo de la pareja?

– No puede ser – dije sintiendo otra vez la presión en el pecho pensando en la perdida de Aiden.

– Sí, sí puede ser, amor. ¿Cómo te está haciendo sentir esto?

– Mal – al fin y al cabo, no le iba a mentir. Aunque tampoco le iba a decir que me sentía cómo una mierda.

– ¿Por qué?

– Porque me he… me he confundido – le contesté sin poder evitar que se notara la derrota en mi voz. Las lágrimas corrían por mis mejillas sin que las pudiese frenar – Porque me quiero morir. Porque lo amo y sé que no debo amarle.

Axel se acercó a mí y me abrazó. Hundí la cabeza en su pecho mientras dejaba que el llanto tomase el control de todo mi cuerpo.

Permanecimos abrazados hasta que dejé de llorar y nos sobrevino un silencio incómodo.

Aunque sé que nada debería haber cambiado, saber que es mi padre y no mi tío, todavía me pone algo incómoda.

Y, qué demonios, fuese lo que fuese era casi un extraño para mí.

Al fin y al cabo, tampoco habíamos tenido mucha relación.

– Tenemos que hablar.

Tosió no sé muy bien si porque le incomodó el abrazo o simplemente porque le picaba la garganta.

Me llevó hasta los sofás que tenía dispuestos en el salón y nos sentamos.

Le miré notando la pesadez de mis pestañas debido a las lágrimas.

Suspiró pesadamente y abrió la boca. Pero la volvió a cerrar cómo si no se atreviese a decirme lo que tenía que decirme.

– ¿Qué pasa? – pregunté.

– Estaba prevista una gran fiesta en la casa de la manada. Todos los jóvenes y algunos alfas son invitados… y nosotros hemos sido invitados.

– Pero nosotros no somos licántropos, ¿no?

– Desde que Aiden es el rey, las fiestas no son exclusivas para licántropos.

– ¿Cuál es el motivo?

– La luna llena. Tanto ellos como los lobos son devotos de ella, la veneran.

Pero también es un magnífico momento para que los que han pasado a ser adultos tengan la posibilidad de encontrar pareja.

Dicen que la luna les ayuda. Aunque lo que les pasa es que tiene un celo muy fuerte al que ellos llaman bruma y necesitan desahogarse.

– ¿Y a nosotros?

– Bueno la atracción gravitatoria de la luna afecta a todo en general: a los mamíferos, plantas, las aves, mareas… al clima.

– ¿Quieres decir que si voy a estar cachonda cómo una perra? – Axel abrió los ojos ante la brusquedad de mis palabras.

– No. Nosotros nos servimos de las sombras que proyecta la luna para escondernos y disfrutar de la noche. Sin temor a ser atacados por nuestros depredadores… No sé cómo explicártelo, es cómo si ella estuviese con nosotros acompañándonos.

– No hay depredadores que nos ataquen.

– Siempre hemos tenido enemigos. Somos los más débiles de los metamorfos y al ser solitarios tenemos que utilizar nuestra inteligencia.

Nuestras cualidades son nuestros propios defectos.

Solitarios y territoriales. Esto ha hecho que durante siglos esto nos haya empujado a ser silenciosos y cautelosos.

Hemos aprendido no solo a vivir entre lobos sino con zorros, tigres, panteras.

Zuria, el mundo está lleno de metamorfos.

– Porque somos más astutos – contesté.

– Exacto. Tienes que usar tu astucia.

– Me estoy perdiendo. ¿Para qué necesito usar mi astucia?

– Tienes que usar tus cualidades cómo zorro para ir a la fiesta.

– No tengo pensado ir a la fiesta.

– Es una orden directa del rey, Zuria. No podemos decir que no.

– Pero, ¿cómo voy a reaccionar cuando tenga enfrente a Aiden?

– Pues tragándote la bilis y sonriendo.

– ¿Eso es lo que has hecho tú con él durante todos estos años que le has estado mintiendo? ¿Tragar bilis y sonreír?

– Ha sido distinto… Cuando lo recogí de la calle, le enseñé a pensar cómo un zorro, a ser astuto. Todo para que usase eso en contra de su padre y le matase…

– ¿Por qué no acabaste con él?

– Tuve ese pensamiento un segundo antes de abrirle mi casa. Recuerda esto hija: lo que nos diferencia de ellos es que no somos asesinos.

– Entonces sí parece que le tienes afecto. ¿Por qué tuve que darte mi palabra de que no estaría con él?

– Porque zorros y lobos no se juntan.

– ¿No es eso lo mismo que decía su padre? Al final habéis caído en sus adoctrinamientos.

– No, no es lo mismo – protestó.

– Sí, sí lo es. Habéis seguido con una lucha que terminó hace años. Exactamente desde que Aiden es el rey. Eso no es lealtad. ¿Y qué habéis conseguido? ¿Dime? Ya te contesto yo: simplemente que yo me quede sin compañero.

– Eso no es así – negó.

– Pues es lo único que yo veo. Y te digo una cosa: no voy a estar con él, pero nunca voy a renunciar a él. Porque tengo esperanza de que un día todo sea distinto.

– ¿Serías capaz de faltar a tu palabra?

– Cuando todo se arregle, serás tú el que me libre de mi juramento.

Di por terminada la conversación, así que me puse en pie y me encaminé a la puerta.

– ¿Dónde vas ahora?

– A comprarme un vestido para la fiesta.

– Zuria, un último inciso: no deberías presentarte sola. Estoy seguro de que él no lo hará.

– Sabes que aquí no conozco a nadie – le contesté girando la cabeza.

– Yo te buscaré una pareja.

– Perfecto. Pero no me voy a meter en tu guerra.

– Eso no lo voy a hacer.

– ¿No lo piensas hacer y ya me has buscado una pareja para el baile? – sonrió dando un respingo sorprendido por mi pregunta.

– ¿Sabes qué significa que su padre haya vuelto a aparecer?

– No, pero estoy segura de que tú me lo vas a contar – giré mi cuerpo para tener mejor visión de Axel.

– Volverán los días de guerra.

– Pues si eso es lo que pensáis, quizá en vez de seguir incitándola deberíais pensar en cómo contenerla.

Me volví a girar dispuesta a comprarme aquel maldito vestido.

Axel era la contradicción personificada.

Primero me habla de que todo lo que me pasa es por amor y luego que cualquier intento de acercamiento a Aiden no va a resultar.

Si realmente la Luna es una diosa, tal y cómo los lobos creen, ¿por qué habría de permitir que dos personas que ella misma ha destinado a estar juntos no lo estén?

No sé cómo lo voy a conseguir. Pero tarde o temprano conseguiré que estemos juntos.

Solo espero que mi amor no se desilusione y aguante cómo yo lo voy a hacer.

Porque esta conversación con mi padre en vez de quitarme las voluntades, me las ha dado.

Y si algo me ha quedado claro es que amo a Aiden Shadow.