La Marca de Zuria 5. LUCHA #3
54%

5. LUCHA #3

El néctar de su olor golpeó mi nariz y no dudé en enterrar mi cara en su vello para aspirar profundamente.

Olía al mejor de los manjares. Abrí mi boca y dejé que mi lengua recorriese su raja de abajo a arriba para terminar en su centro.

Zuria agarró mi cabeza con sus manos y jadeó.

Le introduje uno de mis dedos para empezar a preparar su cueva.

La cueva en la que en unos momentos iba a enterrar mi polla.

Empezó a moverse al compás y yo la recompensé metiendo otro dedo.

Sus flujos resbalaban por mi mano. Me aparté y me chupé los dedos, probándola.

Dejando que el sabor de sus fluidos explosionase en mi boca, tan dulce.

No iba a aguantar mucho más sin penetrarla.

En un movimiento rápido me senté y la coloqué a horcajadas encima de mis muslos.

Se la veía tan bella. Con las mejillas sonrojadas por la excitación.

Vino a mí y me besó abriendo mis labios y saboreándose a sí misma en mi boca. No quería que aquello acabase nunca.

– Deja que te la meta.

– Espera yo también quiero probarte.

Se bajó de mí y con una de sus manos me obligó a tumbarme boca arriba colocándose encima mía.

Dejando que sus pechos se aprisionaran contra mí.

Me besó la frente, la nariz, los labios, fue bajando poco a poco mientras restregaba sus pechos en mi busto.

Poco a poco descendió hasta que noté su aliento en mi falo.

Lo besó y abriendo sus labios se la metió en la boca.

Noté como me envolvía con su lengua, humedeciéndome la polla, mientras la aprisionaba con sus labios.

Que maravillosa sensación. Estuvo unos minutos subiendo y bajando su cabeza llenándome de gozo.

De vez en cuando levantaba mi cabeza para verla seguir el compás.

Hipnotizándome con su hábil movimiento sobre mi falo.

Subiendo y bajando, parándose para chupar con la punta de su lengua mi glande, en unos movimientos circulares. ¡Joder! Bendita hembra.

– Para, para. – dije entrecortadamente – Quiero acabar dentro de ti y si sigues vas a conseguir que me corra en tu boca.

Como una niña buena se apartó de mí y volvió a ponerse encima.

Me agarró la magnitud con su mano y la puso en la entrada de su cueva.

Sin avisarme bajó lentamente haciéndome estremecer de placer.

Ella, por el contrario, contuvo la respiración, probablemente producida por el dolor que sentía con mi penetración.

– Podemos ir despacio, no hay prisa – la intenté tranquilizar.

Como si no me hubiese escuchado volvió a hacer el mismo movimiento, pero más fuerte, haciendo que toda entrase en ella.

Yo era completamente suyo. Me tenía agarrado entre sus estrechas paredes.

No iba a contenerme más. Levanté mi torso y me senté en la cama.

La agarré sus glúteos y empecé a moverla de arriba abajo.

– Zuria – jadeé – tan caliente, tan húmeda y todo para mí.

Seguí moviéndola hasta que ella también cambió su entrecortada respiración por una más excitada y penetrante. Hasta que acabó en pequeños jadeos de placer.

– Lléname, Aiden.

– Joder, Zuria.

– Más rápido.

– Zuria.

– Rápido – volvió a pedir.

– Zuria – grité notando que estaba a punto de desbordarme en ella.

– Aiden – chilló mientras yo metía mi cabeza en su cuello para respirar su aroma.

Nos corrimos juntos abrazándonos, llenos de deseo y satisfacción. Había sido impresionante. No podía dejar de pensar cómo sería posible que este sentimiento fuese más profundo, el día que la reclamase, marcándola como mía.

ZURIA

Pasamos toda la noche retozando. Entrelazando nuestros cuerpos como si fuesen uno.

Encajaban perfectamente. No había duda: estábamos hechos el uno para el otro.

Jamás pensé que esto iba a ser así. Sabía que la conexión con nuestros compañeros era única.

Pero jamás pensé que fuese realmente así: tan fuerte.

Notaba como si creciese dentro de mí una enredadera llena de amor.

Y que cada minuto crecía más y más, como si fuese imparable.

Era un sentimiento que tendía a desbordarse.

Una lágrima rodó por mi mejilla y me la quité de un manotazo.

Ya no había vuelta atrás. Había tomado mi decisión.

Salí de la cama, dolorida por la fricción de la noche.

Intentando no despertar a mi amado. Al ver los retazos de mi ropa interior desperdigados por el suelo me di cuenta de que iría a casa sin ella.

Era uno de mis conjuntos favoritos, pero había merecido la pena como había acabado.

Noté como me palpitaba mi núcleo solo de pensar en la noche anterior.

Agarré mi vestido, que seguía tirado en el suelo, y me lo puse.

– Zuria, amor – me sorprendió escuchar su voz ya que mi intención era dejarlo dormido. Pero me imagino que las cosas nunca salen como a uno le gustaría.

– Me voy a casa – le informé esperando que no notase en mi voz la intranquilidad que estaba sintiendo.

– A partir de ahora mi casa es la tuya.

– Eso no.

– ¿Qué no es así? – preguntó extrañado.

– Que no voy contigo a tu casa.

– Si quieres te acerco en coche a la casa de Adonis para que recoj... – no podía dejar que terminara la frase, una angustia empezaba a invadir mi pecho y casi no podía respirar.

– No voy a ir contigo. Hasta aquí hemos llegado.

– Cariño, sé que puedes estar confundida – siempre me ha parecido esa palabra excesivamente ñoña. Pero escuchar llamándome cariño de su boca, hacia que mi corazón se derritiese.

– No estoy confundida. Jamás he estado más lucida en toda mi vida. Tú eres el que no lo entiende.

– Espero que me lo expliques, porque no entiendo nada y me estoy empezando a cabrear – salió de la cama y buscó sus calzoncillos por el suelo para ponérselos.

Yo aparté la mirada para no quedarme ensimismada observando su cuerpo perfecto –.

Vamos a ir a la casa de la manada y en tres días cuando llegue la luna llena te voy a marcar para que todos sepan eres mi compañera y su reina. Que eres mía.

– Eso no va a pasar nunca. No vamos a volver a vernos. Bueno más bien no vamos a volver a acostarnos.

– Zuria, si esto es una broma, me estoy hartando. Para ya, joder.

– ¿Sabías que Adonis es realmente mi padre? – le pregunté cambiando el tema.

– Sí – confirmó –, me enteré cuando vino a mi oficina a exigirme que no me acercara a ti.

– Se llama Axel. Yo también me acabo de enterar. Crecí creyendo que era huérfana de padre y madre. Ha sido una sorpresa.

– Lo siento, amor.

– Te pido por favor que no uses esos calificativos conmigo.

– ¿Te molesta que te llame amor? – preguntó totalmente en un tono irónico.

– Sí – mentí porque lo único que estaba haciendo es que me derritiese, pero esa situación no se la iba a dar.

– Tenía que elegir, no puedo formar parte del causante de la muerte de mi madre.

– Pero yo no tuve nada que ver.

– Pero tu familia sí – las lágrimas empezaron a rodar por mi cara sin que yo las pudiese detener.

– Me estás rechazando – me preguntó seriamente.

– No. Quiero que sufras como tu padre ha hecho que sufra mi padre. Quiero que me veas y sepas que no puedes tocarme. Rechazarte no es la solución.

– Zuria, no voy a perderte, ahora que te he encontrado – su mirada pasó a ser suplicante.

– Apártate de mí.

Con un ágil movimiento me logré zafar de él.

Salí corriendo. Sabía que mi padre me estaría esperando.

Así había quedado con él. Cuando vi su coche aparcado respiré tranquila.

Necesitaba salir de allí. Abrí la puerta del copiloto y me senté sin decir nada.

No tenía fuerzas de contarle nada. Me imagino que por el olor a Aiden en mi cuerpo él se lo imaginaba.

Pero no me lo preguntó. Simplemente me miró a través del retrovisor y, al ver cómo me secaba las lágrimas, arrancó el coche y nos fuimos a casa.

En silencio. Ambos con un mismo sentimiento de tener que construir una vida sin compañero. Ahora sí entendía a mi padre.

Según atravesábamos la ciudad, supe que aquella noche se iba a quedar marcada en mi mente como si me la hubiesen marcado con un hierro candente.

A fuego lento. ¿Le podía haber rechazado?

Por su puesto, pero no podía pensar que otra mujer tocase lo que era mío.

Me había entregado a él porque siempre quise entregarme a mi compañero predestinado.

Sé que le amo, le amo con todas mis fuerzas.

Le amo de todas las formas inimaginables y aunque sepa que vamos a estar separados el resto de nuestras vidas, le seguiré amando.