5. LUCHA #2
Casi doy brincos de alegría cuando me llamó para quedar.
Aunque la idea de hacer el encuentro apartados de la manada no me agradaba mucho.
Me habría gustado que la primera vez que hiciésemos el amor fuese en mi cuarto, en mi cama.
Pero bueno un mal menor. Si la podía tener entre mis brazos, cualquier sitio me bastaba.
Había ido solo, a mi beta le había dicho que quería dar una vuelta solo por la ciudad, simplemente para pensar.
Me había mirado con recelo. Pero tampoco quería que supiera que ya había encontrado a mi compañera.
Todavía no. Primero quería tenerla a mi merced y marcarla.
El lugar de reunión era un sitio casi a las afueras de la ciudad.
Me pareció curioso que lo había visto desde el coche cada vez que tenía que salir por cualquier reunión fuera de la manada.
Se trataba de una especie de apartamentos de ladrillo marrón, con ventanas opacas para que no se viese el interior.
La estaba esperando en el coche, cerca de la entrada, para acceder juntos al recinto.
Estaba algo nervioso. Habíamos quedado a las seis y media.
El reloj marcaba casi menos cuarto y ella todavía no se había presentado.
De repente un taxi se paró detrás de mi coche y ella bajó.
Estaba preciosa. Llevaba un precioso vestido amarillo lleno de dibujos de distintos pájaros.
Estrujé el volante entre mis manos sin poder evitar cuanto tardaría en quitárselo.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que estaba seguro la llegaba a la mitad de su espalda.
Cuando el taxi se volvió a alejar, salí de mi coche.
Zuria respiró profundamente y abrió los ojos en cuanto me vio. Como si se estuviese conteniendo.
Se aproximó a mí sin apartar sus ojos de los míos y me encantó esa sensación.
La mayoría de la gente no me miraba por miedo a que yo fuese su alfa.
Pero ella, su mirada era distinta a todas.
Por un segundo los celos se apoderaron de mí al pensar que había habido otros hombres en su vida y que los había mirado así.
– Aiden – me nombró haciendo que se me erizase hasta el último pelo de mi piel. Mi nombre en su boca sonaba a pecado.
– Zuria – contesté nombrándola yo a ella –. ¿Nerviosa?
– Bueno, no suelo hacer esto – mi lobo se regocijo al saber que no había tenido muchos amantes que hubiesen disfrutado de su cuerpo anteriormente.
– Podíamos haber ido a mi casa.
– No – replicó rápidamente –, quiero que sea algo más íntimo. Solo entre tú y yo.
Se acercó a la puerta del copiloto y abriéndola se sentó dentro sin decir nada. Yo di la vuelta y me senté en mi asiento. Arranqué el coche y me dirigí a la entrada del motel. Una barrera nos impedía el paso.
– Por favor, acerquen sus identificaciones al escáner que hay debajo – nos indicó una voz que salía de una especie de interfono de la pared. Por lo visto teníamos que identificarnos antes de que nos permitieran el paso.
– No sé qué hacer. Si lo doy van a saber quién soy – Zuria me miró con el ceño fruncido como si no supiese que contestar.
– ¿Nunca has venido a este tipo de sitio?
– No. ¿Por quién me tomas?
– ¿Podemos entregar solo una célula de identificación? – preguntó al interfono.
– Sin problema – contestó la misma voz metálica. Zuria sacó su tarjeta y me la tendió. La pasé por el escáner y la barrera se abrió.
– Gracias.
– No importa. Me imagino que tienes que guardar las apariencias.
– Habitación 223. Vayan por ese camino hasta el garaje 223. Espero que disfruten de su estancia.
Vi por el retrovisor que las mejillas de Zuria se sonrojaron con el comentario que nos había hecho, sobre disfrutar de la estancia.
Uff, que adorable. La barrera se abrió, permitiéndonos el paso.
El camino que seguimos nos llevó hasta una puerta privada de garaje donde detuve el coche.
La miré y pude ver que sus ojos brillaban más de lo normal.
La estaba afectando la bruma tanto como a mí.
Pensar que estábamos compartiendo nuestra propia excitación hizo que mi falo se hinchase.
Movió los ojos de un lado a otro nerviosamente.
– Todo va bien.
– Creo que estoy más nerviosa de lo que creía.
– ¿Quieres que nos demos un beso para relajarnos antes de subir?
No me dio casi tiempo a terminar la pregunta.
Giró su cabeza y agarrándome de la nuca me llevó a sus labios.
Su boca sabía a miel tostada. Mi lengua buscó la suya y cuando la encontró parecía que estuviesen compenetradas para danzar.
Me aparté de ella, dándola un pico antes de retirarme totalmente.
Zuria abrió los ojos y dejó escapar un gemido de su boca, produciéndome una punzada en el falo.
La tenía que hacer mía como fuera. Bajé mis ojos por el escote que marcaba su vestido con sus pechos.
Sus pezones se habían erizado de placer.
¡Madre mía! Solo con besarla había provocado que se la pusiesen lo suficientemente duros como para notarlo a través de su ropa.
– Vamos – la insté invitándola a salir del coche.
Ambos salimos en silencio. Atravesamos una puerta que daba directamente a un ascensor.
Nos metimos dentro y pulsé el único botón que había.
Cada uno nos situamos en extremo opuestos.
No tardamos ni dos minutos en llegar a nuestra planta.
Las puertas se abrieron llevándonos directamente a la habitación.
Dejé que pasara ella y la seguí. Se paró en seco y se giró.
Agarrándome de la cabeza me besó como si no aguantase más su lujuria.
La estreché entre mis brazos y elevando su cuerpo la llevé hasta la cama donde la dejé como si fuese la cosa más delicada del mundo. Me miró llena de deseo.
– Creo que eso sobra – le dije con tono lleno de lujuria.
– ¿Perdona? – su voz estaba llena de pura inocencia.
– Quítate la ropa – le ordené.
Si hubiésemos estado en mi casa se la habría arrancado nada más entrar por la puerta.
Aquí me tenía que comportar. Al fin y al cabo, tenía que volver con su tío.
Bueno, su padre. Meneé la cabeza para sacarme cualquier idea que no fuese follar con ella.
Zuria agarró el vestido con sus manos, se lo sacó y sin perder tiempo lo tiró despreocupadamente en el suelo.
Llevaba puestas una braguita y un sujetador a juego.
Era un precioso conjunto de cuadritos negros y rojos.
Estiré mis manos y las metí por dentro del sujetador donde sus duros pezones me esperaban.
Saqué sus pechos, llevándomelos a la boca y mordisqueándolos.
Zuria volvió a gemir haciendo que mi falo se hinchase más.
Necesitaba sacarlo y liberarlo de la presión del pantalón. Me quité la camisa y el pantalón.
– ¡Dios mío! – exclamó mientras miraba mi paquete.
Mi licántropo se revolvió por dentro pensando en lo poco que nos faltaba para tenerla entre nuestros brazos.
Disfrutando de su cuerpo casi desnudo. Solo de pensarlo notaba que estaba a punto de precipitarme.
Apreté mis labios pensando en que, si conseguía que estuviese casi hasta el borde de mi resistencia, que pasaría cuando nuestros cuerpos se fundiesen en uno.
Ella ajena a mis pensamientos, siguió observándome, bajando poco a poco su mirada sin ningún tipo de timidez.
Y a mí me encantaba la sensación que desencadenaban sus ojos recorriendo mi cuerpo.
Así que me quité despacio los calzoncillos dejando que se deleitase aún más.
Su mandíbula se cayó sorprendida de ver toda mi magnitud.
– Voy a hacer que disfrutes, como nunca nadie lo ha hecho.
– Nadie me ha tocado.
– ¿Nadie?
– No.
– ¿Nunca?
– No – esa confesión hizo que mi falo se hinchase hasta casi doler. Tampoco podía decir que yo tuviese mucha experiencia –, pero eso no significa que yo no juegue conmigo.
¿Por qué estábamos perdiendo el tiempo hablando?
¡Joder! Yo solo quería metérsela una y otra vez hasta que gritase mi nombre.
Como si solo existiésemos nosotros. Hoy era el principio de nuestra vida en común.
Por fin había encontrado a mi compañera.
Un rugido tronó en mi pecho y, como si fuese un mero espectador y no fuese responsable de mis actos, llevé mis manos a su sujetador y de un tirón lo arranqué.
La miré esperando no haberla asustado. Para mi sorpresa se pasó la punta de su lengua por sus labios provocándome a continuar.
Disfruté de su pecho desnudo un instante antes de bajar mis manos por sus caderas y despojarla también de sus braguitas.
Agarré sus rodillas y se las separé para disfrutar de su centro. Lo tenía mojado por su bruma.
– Eres preciosa – mi voz sonaba totalmente gutural.
– ¿Soy preciosa porque estoy desnuda? – dijo soltando una risita nerviosa.
– No, eres preciosa en todos los sentidos. Pero desnuda me pareces más apetecible. Un puro manjar – me empecé a subir a la cama y ella levantó un brazo impidiéndome avanzar más.
– Aiden, por favor, con cuidado. Es… es la primera vez que me… – Se quedó callada probablemente por la vergüenza de tener que decirme que era virgen.
– Yo también te he estado esperando. Después de cómo mi padre trató y humilló a mi madre, siempre he tenido miedo de hacer lo mismo con cualquier mujer que no fuese mi compañera – por una fracción de segundo me pareció que en sus ojos se dibujaba el arrepentimiento.
– Ven a mi – me invitó abriendo sus piernas.