La Marca de Zuria 5. LUCHA
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5. LUCHA

ZURIA

Lloré en silencio. En mi cuarto. Sola. Abrazada a la almohada.

Apretando los dientes para que no me oyera nadie.

Notando como la cara me ardía con cada lágrima que derramaba.

Llena de rabia. Toda mi vida había sido una mentira.

No es que haya sido infeliz, ni mucho menos.

Mi infancia y adolescencia ha sido maravillosa.

Protegida tanto por mis abuelos, mis tíos y echando la vista atrás, incluso por mi propia comunidad.

He crecido feliz, sin pensar que era una niña sin padres.

Nunca los tuve y nunca los eché de menos.

A ver, quiero decir, no es que no los echase de menos, sino que como nunca los tuve, no me quitaron algo que ya tenía y me despojaron de ellos.

Crecí en todo momento sin ellos, sin su figura.

Pero esto no significa que fuese una niña triste.

Algo introvertida sí, pero feliz. Con mis altos y mis bajos como todo el mundo.

Lo que pasa es que ahora me pregunto ¿por qué?

Podría haber crecido con mi padre y él había preferido que yo me criase sin su protección.

¿No me quería? ¿Por qué había hecho esto?

¡Joder! Por una simple ansia de venganza y odio.

¿Nunca tuvo un vínculo especial conmigo cuando nací?

Me sentía superada por la situación. De repente me había enterado de que mi tío Adonis no era Adonis.

Vamos que ni siquiera era tío: era mi padre.

Mi padre al que creí muerto. Me hice una bola en el colchón, escondiendo mi cabeza con mis brazos.

Todo me estaba superando. Mi propio padre me había hecho vivir una mentira y no llegaba a entender por qué.

Unos golpes en la puerta me sacaron de mi ensimismamiento.

Sabía que quien llamaba era Axel, mi padre.

– Zuria – me llamó mi… padre.

– Vete – contesté entrecortadamente a causa del llanto.

– Zuria, déjame entrar – insistió.

– Vete – el berrinche que había cogido no me dejaba pensar con claridad y la cabeza me estaba empezando a martillear del dolor.

– Voy dentro – reafirmó mientras yo pensaba que le sería inútil abrir la puerta, ya que la había cerrado con cerrojo. Dos segundos después me di cuenta de la mierda que tenía la puerta por cerrojo, porque al segundo intento la desencajó del marco sin ningún tipo de problema.

– No quiero hablar contigo.

– Tienes que escucharme un momento – se sentó al borde de la cama haciendo que ésta se hundiese con su peso y que mi cuerpo se aproximase al suyo. Me acarició la espalda y por un momento una sensación de calma me invadió. Por primera vez, sabía que el que me estaba consolando era mi padre.

– Mi pequeña cachorro.

– Ya no soy un cachorro – protesté.

– Ya lo sé, Zuria. Quiero que sepas que fue la decisión más difícil que jamás he tomado.

– Entonces no le encuentro sentido.

– Si supieses lo deseada que eras.

– ¿Cómo era ella? – podía estar enfadado con él, pero esta era mi oportunidad para que alguien me contase algo sobre mi madre -. ¿Cómo era mi madre?

– Era bella, compasiva, divertida. Yo estaba loco por ella desde el primer día en el que nuestras vidas se cruzaron en la pista de hielo.

– ¿La del abuelo?

– Sí. ¿Has patinado tú también?

– Creo que toda la familia lo ha hecho – di las gracias por estar tumbada boca abajo de espaldas a él, porque al pensar en la pista de hielo y acordarme de mi casa, una sonrisa se dibujó en mi cara.

– Cuando me choqué con tu madre fue el último día que patiné.

A los pocos días nos fuimos a buscar nuestro hogar.

Aunque ella siempre estuvo convencida de que, aunque fuésemos compañeros, no íbamos a durar mucho.

Yo siempre creí que lo decía para hacerme rabiar.

Pero ahora sé que ella de alguna manera lo sabía y en parte creo que me preparó de alguna forma para lo que iba a venir.

– ¿Perdona, para lo que iba a venir? ¿Abandonarme?

– No era tan sencillo.

– ¿No era sencillo elegir quedarte conmigo?

– Zuria. No he dicho eso – me miró a los ojos y pude ver que los tenía llenos de amor.

– ¿Puedes explicar cómo has estado veintiún años viviendo aquí? ¿Alejado de mí? ¿De tu hija?

– Por aquella época todo era distinto. El padre de Aiden no era un buen rey para todos. Estaba convencido de la supremacía de los licántropos. Ellos debían de estar por encima de todos por ser más fuertes que los demás.

– No entiendo, eso ha sido siempre así.

– Siempre ha sido así, pero él decidió ir más allá. Por las noches – se quedó en silencio un momento como si le doliera recordar lo que me estaba contado – por las noches, salían de cacería.

– ¿De cacería? – pregunté extrañada.

– Nos cazaban a nosotros. A los metamorfos que ellos consideraban inferiores.

¿Sabes cuántos perecieron? Primero empezaron con los pícaros que se atrevían a atravesar la frontera.

Luego con los osos, los zorros, incluso con los lobos que se atrevían a llevarle la contraria.

Las noches se volvían una auténtica pesadilla para todos aquellos que osaban a estar en la calle a altas horas de la noche.

La propia madre de Aiden probó su crueldad hasta terminar suicidándose.

– Madre mía – contesté apesadumbrada. La infancia de Aiden debía de haber sido horrible. Aiden, al pensar en él se me encogió el corazón pensando en el beso que nos habíamos dado.

– Nosotros, tú madre y yo – puntualizó –, vivíamos ajenos a todo esto.

Vivíamos cerca de aquí y empezamos a visitar a tu tío.

Poco a poco las ideas combativas de Adonis empezaron a crecer en tu madre.

La idea de que no existiese esa superioridad jerárquica de los lobos.

La idea de poder vivir libres sin miedos por ser inferiores o no tener una manada.

Joder. Por aquel entonces él mismo destruía manadas que osaban a llevarle la contraria y los que quedaban vivos, los desterraba como parásitos convirtiéndoles en pícaros.

– Pero Aiden no es así.

– No, no lo es. Cuando yo le conocí, vagando borracho por las calles, por un momento lo habría matado.

Al fin y al cabo, era el hijo del cabrón que había asesinado a mi hermano y al amor de mi vida.

Pero él no tenía la culpa, mi propia conciencia no me habría perdonado que un inocente pagase por algo que no había hecho. Y así se lo hice saber a los otros.

– ¿A los otros? ¿Qué otros?

– Somos un grupo de insurgentes que luchamos contra el sistema.

– Contra Aiden.

– No, hija – en el fondo me gustó escucharle llamarme hija –. Contra la injusticia de vivir bajo un reinado autoritario.

– Pero eso es luchar contra Aiden, ¿no?

– No. Era luchar contra la forma de gobernar de su padre. Aiden gobierna totalmente distinto.

– Y si es así, ¿por qué no volviste a por mí?

– ¿Cómo que por qué no volví a por ti? – me reí al notar el tono de sorpresa en su pregunta.

– Joder, soy tu hija. No pensaste ni un puto momento en mí. En si me sentía sola o estaba bien. Si he sido feliz…

– Sé que has sido feliz.

– Y una puta mierda.

– Zuria, esa lengua – me recriminó.

– Me hiciste prometer que no me acercaría a Aiden, sabiendo que él era mi pareja predestinada.

– No puedo permitir que te juntes con esa gente.

– Pero él es tu amigo.

– Sí, sí lo es – agachó los ojos, avergonzado. Como si tuviese una lucha interna. – Pero no puedo dejar que te hagan daño.

– ¿Por qué me haría daño si es mi mate?

– Porque lobos y zorros no se mezclan.

– ¿No me acabas de decir que lucháis para que se nos dé el mismo valor? Para unas cosas sí y para otras no.

– La lucha se quedó aparcada después de que Aiden venciese a su padre en un combate – apretó los puños por la rabia que le recorría en ese momento el cuerpo –. Aunque debió matarle. Al menos trajo la paz que tanto buscábamos.

– Entonces, si ha traído la paz, ¿por qué yo no puedo estar con él?

– Porque… creo que yo no lo resistiría. Ya te lo he dicho. Son asesinos.

– No es así – le reproché –. Me estás diciendo que él es totalmente distinto a su padre.

No le estas dando una oportunidad y me obligas a que rechace a mi pareja cuando él está dispuesto a entregarse a mí.

¿Qué culpa tiene él? Le has hecho vivir en una mentira diciéndole que erais amigos.

A él y a mí. ¡Joder! ¿De verdad no te das cuenta?

De repente me encuentro con que tengo un padre.

Que me ha estado mintiendo toda mi vida – la última frase la dije muy despacio para que me entendiera.

– Así no son las cosas.

– Sí, sí lo son. Así es como me las estas exponiendo. Tengo que renunciar a mi felicidad porque a ti te la arrebataron.

– Siento que pienses eso – me dio un beso en la cabeza y se levantó de la cama para irse –. Salgamos a comer algo y seguimos hablando.

– Necesito pensar en todo esto. Porque no sé qué voy a hacer.

– Lo puedo entender – dudó un momento antes de salir por la desvencijada puerta – recuerda siempre que te quiero.

– Yo también te quiero, ya seas mi tío o mi padre. Pero tengo mucha información. Noto que todo me está sobrepasando y necesito digerirlo para saber qué es lo que voy a hacer a partir de ahora.

– Zuria hagas lo que hagas o decidas lo que decidas, yo te voy a apoyar.

Salió de mi cuarto sobreponiendo la puerta sobre el marco, para darme la privacidad que necesitaba.

AIDEN

No podía dejar de pensar en ella. En el beso.

La maravillosa sensación de nuestros labios juntos.

Esa sensación que recorrió todo mi cuerpo hasta la punta de mi falo.

La sensación de una lujuria incontrolada que no puedo solventar ni con mi propia mano.

Ninguna mujer me ha hecho sentir así. Ella es mi mate, mi compañera de por vida.

No pude más que cabrearme conmigo mismo al estropear ese momento intimo que tuvimos entre los dos.

¿Cómo podía estar pensando en otra cosa?

Mis manos echaban de menos el contacto con su piel, tan suave, la fragancia de su cuerpo y el olor de la humedad de su sexo.