4. PURO ODIO #2
– ¿Puedes dejar de molestarme, hombre? Estoy agotada – protestó mientras abría un ojo.
Al ver que yo estaba desnudo abrió el ojo.
Sus grandes y azules ojos brillaban con una intensidad que solo yo conocía.
Era lujuria. No me hacía falta nada más.
No tenía que decir nada. Me acerqué más al colchón e hincando mis rodillas sobre éste dejé que mi cuerpo cayese sobre el suyo.
Podía notar su respiración golpeando mis genitales, mientras los pelos de su monte de Venus jugaban en mi nariz, dichosa hierbabuena.
Olía igual que sabía. Por miedo a aplastarla con mi peso, clave mis rodillas en el colchón dejando mi falo suspendido en su cara.
Mi compañera no esperó ni un minuto para méteselo en la boca provocándome un jadeo.
Yo por el contrarío abrí sus muslos y metiendo mi cara en su centro, le di un lametazo.
Era mía, mía para siempre. Ella me había elegido a mí entre los muchos a los que había podido optar.
Jugué con su clítoris hasta que ella no pudo contener sus jadeos y se sacó mi miembro de la boca para poder chillar de placer, introduje mi lengua en su abertura y lamí su paredes por dentro.
– Axel – chilló extasiada dejando que el deseo invadiese su cuerpo.
¡Maltita sea! No iba a dejar que esto acabara tan rápido.
Me aparté de ella ganándome su gruñido de desaprobación.
Giré noventa grados, agarré sus caderas y la hice girar dejándola boca abajo.
Prendí sus glúteos y, abriéndoselos, metí mi estaca dentro de ella, sin pedir permiso.
Movía mis caderas como si una melodía las guiara en pequeñas embestidas.
Busqué su clítoris y lo masajeé hasta que ella volvió a jadear.
Adoraba esta sensación que ella hacía que surgiese de mi cuerpo.
Desde la cabeza al tronco de mi falo y diseminándose así en pequeñas palpitaciones de placer.
– Joder, Axel. – chilló corriéndose – Soy tuya. Solo tuya.
Gruñí gozoso de escuchar esas palabras. Era plenamente feliz.
Mi corazón palpitó distinto en el mismo instante en que la conocí.
Nunca había creído las chorradas de la diosa Luna y los compañeros, hasta que la vi.
La miré totalmente embelesado y besé sus ojos, su nariz y su boca.
Amaba a aquella mujer. Fotografié cada pequeño momento especial para recordarlo junto a ella. ”
***
Bebí hasta la última gota de whisky que había en mi vaso y volví a mirar esa foto que había hecho hacía tantos años.
Cuando era feliz. Cuando no tenía que vivir en una mentira.
La foto que me hacía recordar una y otra vez ese maravilloso momento, ese momento que recordaría hasta el final de mis días… solo.
***
“Sonya llevaba rara un par de meses. No sabía muy bien qué le pasaba, pero cada vez que intentaba acercarme a ella o intimar se volvía recelosa, apartándose de mí. Incluso dormíamos en habitaciones diferentes, era de locos.
Nos habíamos instalado hacía menos de medio año en un precioso pueblecito cerca de la montaña.
Sabía que ella venía de una ciudad grande y a veces pensaba que este cambio en su comportamiento podía deberse a esa diferencia.
Aunque siempre me confirmaba que no era así y que todo estaba bien.
Pero yo no terminaba de creérmelo. Eso me producía unas inquietudes que generaban en mí una duda que en parte me parecía absurda.
Ella era mi compañera, la había marcado y ahora éramos uno, ¿no lo notaba ella como tal?
Me tumbé desnudo sobre la hierba del bosque.
Había decidido salir a correr para quitarme toda esta presión que estaba sintiendo.
Estaba empezando a relajarme, disfrutando del olor a vegetación húmeda cuando escuché unas pisadas.
Me senté y miré hacia dónde venía el ruido que había escuchado.
Un aroma a frutas del bosque inundó mi nariz. Era el embriagador olor de Sonya.
– Si quieres pillarme por sorpresa, no lo vas a conseguir, vulpeja.
Un precioso zorro blanco apareció detrás de unos matorrales. Se aproximó a mí muy despacio, con sumo cuidado, mirando donde apoyaba cada una de sus patas delanteras.
– Si hubiese sabido que querías salir a correr te habría esperado.
No entendía muy bien por qué no volvía a su forma humana. Intenté comunicarme con ella mentalmente, pero me tenía bloqueado.
– ¿Qué pasa Sonya? ¿Quieres decirme algo?
Agachó su cabeza hasta que nuestras frentes se rozaron y un olor distinto a ella me llegó a la nariz.
– Te amo con toda el alma. No hay nada que pueda hacer que este sentimiento cambie.
– Lo sé mi amor – me comunicó con nuestro enlace mental haciendo que notase que algo era distinto en ella.
Para mi sorpresa se transformó delante de mí. Estaba agachada en cuclillas. Se levantó lentamente y me miró con sus ojos llenos de emoción. Disfruté de ver su cuerpo desnudo. De cada una de sus curvas y me fijé que su tripa estaba ligeramente abultada.
– Sonya – la nombré quedándome sin palabras.
– Sí – contestó henchida de emoción, mientras las lágrimas corrían por su cara.
– Todos estos meses he estado preocupado pensando qué es lo que te estaba pasando y resulta que es… esto. Es maravilloso, amor mío.
Agarré sus caderas y levantándola en el aire dimos vueltas y vueltas hasta que ambos nos caímos totalmente mareados. Sonya se tumbó en la hierba mientras se reía llena de felicidad. Estaba preciosa. Así, tumbada, sonriendo con las rodillas dobladas y los brazos abiertos mirando al cielo.
– Deja que tome una foto de este momento.
– Algún día me tendrás que decir donde guardas la cámara.
– Giró su cabeza y me sonrió mientras yo le tomaba una foto para nuestro álbum de recuerdo.
Una foto del día que supe que íbamos a tener un bebé.
Apoyé la cámara en el suelo y fui hacia a ella gateando.
El olor de su excitación llegaba tanto a mi nariz como a mi falo.
Cuando llegué a su altura, coloqué mis manos en sus rodillas y las abrí, metiendo mi cabeza en ella.
Me moría por tener otra vez su sabor en mi boca.
***
Cerré mis ojos y cuando los volví a abrir, entré de lleno en la realidad de mi despacho.
Llené otra vez el vaso de whisky ¿Cuántos llevaba ya?
Tres, cuatro, cinco… había perdido la cuenta, pero qué más daba.
Puse el dedo en la foto que tomé ese día.
Como si pudiese tocar nuevamente su piel, algo que sabía que no iba a volver a pasar nunca.
Eso sí, tenía otra puta foto para mi recuerdo.
ZURIA
Nunca había imaginado que esto iba a ser así, este sentimiento.
¡Maldita sea! Dolía y parecía que me quemaban las entrañas por dentro.
Desde la fiesta que había hecho mi tío para los alfas, me notaba distinta.
En mi cabeza solo tenía una cosa: Aiden, bueno, más bien Aiden y yo revolcándonos como animales.
Realmente de locos. Una y otra vez, me volvía la imagen de él atrapándome entre sus fornidos brazos y besándome.
Todo lo que hasta ahora pensaba, se había desvanecido.
Nunca creí en esas historias de los compañeros, pero ahora, solo deseaba estar en sus manos y que estas recorriesen mi piel desnuda.
Que se aferraran a mis pechos, me mordisquease los pezones mientras me penetraba una y otra vez, fuerte y sin parar.
Mientras nuestros cuerpos sudorosos se entrelazaban.
¡Joder! Desde que había probado sus labios, solo tenía la idea de sexo en mi cabeza y no pensaba más que en masturbarme. Tengo que estar enferma.
Lo que no entiendo es por qué mi tío me había hecho dar mi palabra de no tener ningún contacto con Aiden.
Al fin y al cabo, no le conocía. Pero él debió de intuir algo, porque si no era imposible que supiese que yo era su compañera, cuando ninguno de los dos aun lo sabía.
O al menos yo. ¿Y qué más daba si esto era así?
¿Qué le podía importar? ¿Quién era él para meterse en mi vida? ¿Qué interés le movía a hacerlo?
Entré en el White Fox dispuesta a aclarar con mi tío las cosas.
Vale, más que aclarar, para decirle que, como mayor de edad, estaba en todo mi derecho de hacer lo que me diese la gana.
Estaba enfadada con él y no iba a dar marcha atrás en mi decisión.
Quería volver a escuchar de los labios de Aiden que era suya. Porque así me sentía.
Llamé a la puerta y al no recibir respuesta alguna, decidí entrar.
Mi tío estaba tumbado en el sofá que tenía en su despacho.
Se lo había comprado porque algunas noches después de cerrar el local antes de ir a casa se quedaba aquí echando una cabezadita.
Estaba tumbado boca arriba, el brazo derecho lo tenía extendido y apoyado en el suelo.
También en el suelo cerca de su mano había un vaso de whisky vacío, que debía de haber rodado de su mano.
Esta escena me daba a entender que estaba borracho.
Bueno, la escena y la botella vacía de su mesa.
Me llamó la atención que el cuadro que tenía detrás de la mesa estuviese abierto y la puerta de su caja fuerte también.
Movida por la curiosidad me acerqué más.
Dentro de la caja solo había libros. Cogí uno y comprobé que no eran libros, sino álbumes de fotos.
Lo abrí y vi fotos de mis padres, me giré bruscamente y observé que en la mesa había otro álbum y fotos esparcidas, fotos de… mis padres. Pero qué coño…