La Marca de Zuria 4. PURO ODIO
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4. PURO ODIO

AXEL

Me senté en la silla de mi despacho, cansado, desganado y enfadado.

No entendí nada cuando Zuria entró en el despacho desconsolada llorando como una magdalena.

Pero tan pronto percibí el olor de Aiden en ella, ahí sí, ahí lo entendí.

La miré por encima buscando alguna señal o marca en su piel.

Y cuando no la encontré, me alivió saber que no la había marcado.

Por el momento estaba intacta. Yo me di cuenta rápidamente el día que fuimos a cenar.

Igual que Aiden. Lo que no sé es porqué ella no lo percibió, ni tuvo ningún indicio de atracción hacia él.

Como compañeros. Tampoco yo se lo iba a decir ni a ponérselo fácil a Aiden.

Pero, ¿qué podía hacer yo para protegerla?

¿Qué podía hacer yo para evitarle el sufrimiento?

En mi familia algo que nos han inculcado desde siempre es el honor de la palabra.

Así que lo usé. Usé nuestras propias reglas y le hice prometer que no se acercaría a él.

Era lo único que podía intentar para que nunca se juntara a él, de momento…

Aun así, me hirvió la sangre al imaginarme sus apestosas manos encima de ella, casi voy a por ese maldito alfa…

bueno, más bien a por su cabeza para arrancársela.

¿Por qué a mí una vez más me pasaba esto?

Su familia ya había destruido mi vida, no iba a consentir de ninguna manera que destruyese la de mi hija, mi hija, ¡mi hija!

Una palabra que nunca había podido pronunciar en alto y que nunca pronunciaría.

Y lo peor no era eso, sino el no haber podido ejercer de padre durante todos estos años.

Me encuentro… me encuentro, francamente agotado.

Cansado de vivir esta vida que no me corresponde, que no me gustaba y a la que me he tenido que amoldar.

Y para más jodienda, dudo mucho que pueda volver a la que tenía.

Ya no sé quién soy, pero lo que sí sé es que nadie va a destrozar la vida de mi hija Zuria.

¿Por qué nos tiene que pasar a nosotros? ¿Por qué ahora que por fin estamos juntos? ¿Por qué me he tenido que volver a topar con ese maldito alfa? Me faltó el aire cuando entramos en el despacho de Aiden y estaba reunido con él, con su puto padre.

Me levanté de la silla y di una patada a la papelera que estaba al lado de mi mesa y su contenido quedo esparcido por el suelo. Agarré la botella de whisky, un vaso y vertí el contenido en él. Cogí aire y me lo bebí de un trago.

No podía quitarme de la cabeza la sensación que tuve cuando le volví a ver. Se me revolvieron las tripas como si tuviese culebras dentro. Su olor golpeó mi nariz como si me hubieran asestado un puñetazo y vino a mí el dolor que sentí al recoger el cuerpo inerte de mi amada.

Mientras que él, él ni siquiera se había percatado de quién era yo, al fin y al cabo ¿por qué debería?

Soy inferior e insignificante. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltar a su yugular.

Debería de haberlo hecho ahora que estaba degradado y débil.

Pero después de todo el trabajo que llevamos haciendo durante años, no podía echar todo por tierra.

Me mordí los carrillos por dentro hasta que el sabor metálico de mi sangre me hizo parar.

Mi zorro lloraba por dentro recordando el daño que aquel despreciable ser nos había ocasionado.

Tuve que concentrarme en respirar para calmarme.

Por Dios. Yo que vivía feliz en mi nube junto a Sonya y nuestra amada Zuria.

En un pueblecito cercano a The Big City.

Lo teníamos todo. Maldije el día que vinimos a visitar a mi hermano.

Él siempre había sido un tipo al que nada le importaba, pero la ciudad y sobre todo el maldito alfa que nos gobernaba le hizo cambiar.

Y él hizo que mi mujer se involucrara con sus ideales de un mundo mejor.

Un mundo igualitario. Ninguna explicación coherente servía para ellos.

Por mucho que yo les intentara convencer diciéndoles lo equivocados que estaban.

Que los licántropos jamás, ¡jamás! dejarían que otros estuviesen a su misma altura.

¿Por qué no me escucharon? ¿Por qué…? Habría preferido mil veces morirme yo antes que ellos, que encontrarme así. Solo.

Di media vuelta y abrí el cuadro que estaba detrás de la mesa de mi despacho.

Lo tenía allí colocado para esconder la caja fuerte donde guardaba lo que más quería.

Mis álbumes. Conteniendo la historia de mi vida en imágenes, eso era lo único que me quedaba: el recuerdo.

Saqué cuatro y los dejé en la mesa. Me volví a sentar.

Llené nuevamente el vaso de whisky. Respiré profundamente antes de abrir el primero.

############

“Me encanta patinar sobre hielo. Desde pequeño mi padre nos había enseñado.

En su juventud él fue un patinador, muy popular de la zona, incluso llegó a participar en concursos estatales y ganar.

Así que cuando tuvo hijos y estos fuimos capaces de ponernos en pie nos colocó unos patines.

Se podría decir que nacimos patinando. Cuando se retiró del deporte consiguió que se hiciera una pista de hielo cubierta para poder patinar durante todo el año.

Cosa que a mí me encantaba. La sensación de frio en mi cara mientras me deslizaba por el hielo.

Lo único que se le puede parecer o a lo que puedo comparar, es cada vez que nos transformábamos y salimos a correr en grupo.

Así que, gracias a mi padre patinador, en el pueblo éramos muy conocidos y respetados.

Y a mí eso también me encantaba. Que todos me conociesen y me saludaran me hacía sentir parte de algo.

Aunque en breve tendría que empezar a pensar en abandonar mi hogar.

Hacía más de dos meses que había cumplido la mayoría de edad y debía de dejar el hogar para empezar a formar mi vida.

Pero no sé por qué algo me seguía anclando aquí.

Por el contrario, mi hermano gemelo Adonis no perdió ni un segundo en largarse.

Ni si quiera se quedó para celebrar su cumpleaños.

Pero a mí, parecía como si me hubiesen puesto plomo en los pies.

Me negaba rotundamente a abandonar el nido.

Seguí deslizándome por el frio hielo, cuando hice un cambio de filo y giré bruscamente.

No me había dado cuenta de que alguien estaba patinando muy cerca de mí.

Así que. sin poder evitarlo, nos chocamos, cayéndonos los dos al duro y frio hielo.

Un fuerte olor a frutos del bosque inundó mis fosas nasales haciendo que me congelara en el sitio.

Era el olor de mi compañera. Un gañido involuntario se escapó de mi pecho.

Todo mi cuerpo pareció temblar y como una bruma de lujuria me invadió.

¡Joder! Solo podía pensar en aparearme con ella y ni siquiera la había mirado a la cara.

Me puse en pie y me acerqué a ella. Le tendí la mano para ayudarla a ponerse en pie y cuando nuestra piel se tocó.

Un chorro de electricidad recorrió todo mi cuerpo.

La bruma se intensificó solo con tocarla haciéndose insoportable para mí.

– Hola me llamo Sonya, ¿no pensarás en aparearte aquí conmigo? – su ocurrencia me hizo reír. La miré y me perdí en el azul intenso de su mirada.

– Compañera – rugió mi zorro creyendo que sus palabras eran un rechazo.

– Tranquilo, compañero. Yo también lo estoy deseando – me sonrió con sus mejillas enrojecidas por nuestra bruma.

Me reí nuevamente de su frase mientras mi zorro se regodeaba por dentro al haberlo reconocido como compañera. Agarré la cámara que llevaba colgada a la espalda y le saqué una foto.

– No me lo esperaba – se asombró.

– Ésta va a ser una de las miles de fotos que te voy a hacer.

Le sonreí observándola de arriba a abajo. Aunque llevaba un plumas, podría imaginarme la forma de su cuerpo, de sus caderas y de sus pechos. Seguro que eran apretados, grandes y suaves. No podía dejar de imaginarme mis manos sobre ella. Necesitaba tocarla y probarla con mi lengua.”

***

Agarré la botella de whisky y me llené un vaso casi entero.

Lo tomé y me lo bebí de un sorbo. En mi boca se quedó un sabor de vainilla y sirope de arce, recordándome a los olores del bosque, el bosque…

no había vuelto a vivir en el bosque desde que Sonya no estaba conmigo.

Me había quedado aquí, en la puta ciudad que la mató.

***

“Estaba tumbada, completamente dormida. Se sujetaba la cara con la mano apoyada en la almohada.

Sus pecosas mejillas estaban ligeramente sonrosadas y el pelo, algo revuelto, caía esparcido por la almohada.

Me parecía una ninfa del bosque. No pude retenerme para congelar esa imagen.

Agarré la cámara que la noche anterior había dejado cerca de mí y le tiré una foto.

Registrando ese momento para la eternidad.

Me levanté con cuidado y respiré el aire fresco de la mañana.

La noche anterior había tenido la idea de sacar el colchón al jardín para disfrutar de las estrellas.

Pero en cuanto la luz de la luna golpeó nuestros desnudos cuerpos, ambos nos volvimos locos de lujuria.

A veces no podía creer la suerte que había tenido al encontrarla.

Los olores a campo mezclado con el de nuestros cuerpos me volvía loco.

Fui hasta los pies del colchón. Me agaché y agarré la sábana que cubría su cuerpo.

Tiré de ella poco a poco hasta dejarla totalmente expuesta.

Ver su cuerpo desnudo no ayudaba en nada a mi excitación.

Pensé en montarla nuevamente agarrando fuertemente su trasero.

Mi boca se hizo agua solo de pensarlo, mientras mi falo se erizaba.

– Desde aquí puedo oír tu pequeño cerebro moverse.

Me reí de su suspicaz comentario. Volví a la cabecera del colchón y me acerqué a ella haciendo que mi amada se girase, quedando boca arriba. Agarré nuevamente la cámara que había dejado colgada de mi cuello y la volví a fotografiar.