3. REVELACIÓN #4
– Lo siento mucho.
– De verdad, princesa. No hay nada de lo que preocuparse. Descansa. Mañana será un día nuevo.
Salió del cuarto dejándome absorta en mis pensamientos. Sabiendo que nunca más vería a Aiden. No porque yo no quisiera, porque al alejarme de él, me había invadido una terrible sensación de vacío, sino porque no podía traicionar la confianza de mi tío.
AIDEN
Estaba terminando el resumen de la reunión con los alfas, cuando la puerta se abrió bruscamente.
Adonis entró en el despacho como alma que lleva el diablo.
Estaba despeinado, con la barba del día anterior y ligeramente beodo.
Cerré el portátil para que no viese en lo que estaba trabajando y coloqué mis brazos encima de la mesa.
– Vaya, ¿qué te trae por aquí? – le saludé expectante.
– Lobos y zorros no se mezclan y lo sabes – podía ver la ira reflejada en su cara.
– Eso es algo en lo que tú no te debes meter.
– Vete a follar con cualquiera de tus lobitas. Pero a Zuria no la toques.
– Para ser su tío te veo muy apegado a ella.
– No me provoques, Aiden.
– A lo mejor deberíamos hablar de tus mentiras – le increpé haciendo que me mirara extrañado.
– No sé de qué coño me hablas. Te lo vuelvo a repetir: aléjate de Zuria.
– No eres quien para ordenarme.
– Te prohíbo que te acerques a ella – un gruñido salió de su garganta, cómo osaba a desafiarle.
– Sabes con quien estás hablando – rugí.
– Creía que hasta el momento con un amigo. Pero te has tomado demasiadas confianzas.
– ¿Cómo que me he tomado demasiadas confianzas? – rugí aún más fuerte poniéndome en pie – Soy tu alfa.
– ¿Tu padre – podía escuchar el sonido de sus dientes rechinando – no te enseñó que los zorros no obedecemos las ordenes de nadie? Somos nómadas, no nos atamos a nada ni a nadie. ¿Por qué crees que no nos quieren dentro de ningún territorio?
– Soy tu rey.
– Olvídalo, para nosotros no eres nadie – me retó apoyando sus manos en la mesa y echando su cuerpo hacia delante.
– Pienso desterraros – grité notando como mi cara se ponía roja.
– Ja, ja, ja – se rio.
– ¿Dónde pensáis ir entonces?
– Ja, ja, ja – volvió a reír -. ¿Acaso desconoces que nuestras tierras son las que llamáis tierra de nadie? Como no conoces nada a Zuria, no sabes que en parte le harías un favor. Ella nunca quiso salir de casa. Nunca quiso venir.
Pero qué demonios estaba pasando. ¡JODER!
SOY EL REY, EL ALFA, EL QUE MANDA. Debía obedecer sin objetar nada.
¿Por qué demonios me estaba retando de aquella manera?
Maldita sea, ¿por qué se estaba comportado así?
Él, que me había ayudado a derrotar a mi padre para que yo fuese el sucesor.
¿Por qué ahora parecía que me estaba diciendo lo contrario?
¿Por qué insinuaba que ellos no obedecían órdenes?
No lo lograba entender y no dejaba de darle vueltas. ¿Por qué me había ayudado?
– Vale Adonis – me di por vencido, si tenía que suplicar, suplicaría. Me importaba una mierda tener que rebajarme con tal de que Zuria fuese mía –. Dime qué tengo que saber o entender de vosotros. ¿Acaso no os he tratado a todos bien?
– Ese no es el tema. Si hubieses sido más fuerte, si te hubieses hecho antes más fuerte, muchas cosas no habrían pasado.
– Estás siendo un cabrón – sabiendo que estaba hablando de mi padre –. Olvidas que yo también sufrí la mente retorcida de mi padre.
– No voy a dejar que uses a Zuria como los lobos usáis a vuestras mujeres.
– ¿Estás insultando a toda mi casta?
– Nuestras mujeres eligen con quien quieren estar. No por imposición.
– ¿Qué coño estas diciendo? Nosotros no imponemos nada.
– Déjanos en paz – se giró para salir de mi despacho.
– No salgas de aquí o te juro que acabaré contigo.
– ¿Ves? No distas mucho de tu padre – contestó sin tan siquiera darse la vuelta –. Pero no te preocupes, yo sí estoy preparado para todo.
– ¿Cómo que no disto mucho de mi padre?
– Te lo vuelvo a decir: no tienes ni idea de nada de lo que tu padre estuvo haciendo. Sigue llorando por lo que le pasó a tu madre. Pero ella eligió ese camino aceptando casarse con tu padre. Los demás no.
– ¿Qué diablos estas diciendo? ¿Cómo osas tan siquiera? – grité –. ¡Fuera de aquí! No quiero verte nunca más. Quiero que abandones…
– No te preocupes, abandonaremos Big City mañana mismo.
– Adonis – le nombré alargando su nombre todo lo que pude –, no tienes ningún derecho sobre ella.
– Los tengo todos. Y ahora que está aquí, no pienso dejar que se escape de mis brazos.
– ¿Quién te crees tú? ¿A caso estás enamorado de tu sobrina? – le escupí a la cara – No eres más que un puto degenerado.
– ¿Qué demonios estás diciendo, gilipollas? Yo soy su padre.
Sin darme opción a nada, salió del despacho tan rápidamente como había entrado.
De la rabia que me dio, tiré todas las cosas que estaban encima de la mesa con mi brazo izquierdo.
No me di ni cuenta de la fuerza que había ejercido.
Hasta que escuché el sonido del cristal rompiéndose por el choque del portátil que había salido despedido.