3. REVELACIÓN #3
No hizo falta más. Ella se volvió y, cuando nuestros ojos se encontraron, vino a mis brazos como si me hubiese estado esperando.
Arranqué de su cara la máscara. No para confirmar si era ella, sino para poder disfrutar de la belleza de su cara.
Nos fundimos en un largo y apasionado beso.
Apenas podía creer que esto fuese cierto.
Las dos veces que la había visto apenas había mostrado interés por mí y eso me daba miedo.
Jamás pensé que mi compañera de vida fuera distinta a un lobo o un licántropo.
Realmente sentir que aquella pequeña vulpeja iba a pertenecerme, me volvía loco de deseo, era sumamente hermosa.
Aparté mi cara para poder mirarla nuevamente y confirmar que no eran imaginaciones mías.
Cuando nuestros labios se separaron Zuria dejo escapar un gemido de placer.
Solté una de mis manos del ferro agarre al que la había sometido para que no se escapase de mí y subiéndola busqué su pecho agarrándolo hasta notar como su pezón sobresalía.
Con la mano que tenía todavía firme, anclada en su cintura la estreche más.
Haciendo que mi dura entrepierna chocase contra su estómago.
Bajé la cabeza para robarla otro beso, mientras ella enredaba sus dedos entre mi pelo.
– ¿Puedes notar esta conexión que tenemos? – pregunté – ¿Hoy vas a dejar que te pruebe?
– Sí – creí escucharla contestar porque su voz sonaba más como un jadeo.
– Así que ya eres mayor de edad.
– Sí – volvió a confirmar. Veintiún años. Qué edad más bonita. No sé porque la edad de Adonis volvió a invadir mi cabeza.
– Pequeña, si tú tienes veintiún años, ¿cuántos tiene tu tío?
– ¿Perdona? – contestó extrañada.
– ¿Cuántos años tiene tu tío? – levantó el lado derecho de su labio a modo de disgusto y se apartó de mí.
– Unos cuarenta y cuatro – agarré sus nalgas y volví a atraer su cuerpo contra el mío. ¿Por qué tenía la sensación de que Adonis me había mentido? Bajé la cabeza para besar nuevamente sus carnosos labios, pero su cuerpo se puso totalmente rígido.
– Esto… esto… no está bien. No puedo desobedecer.
– Zuria, ¿no ves que estamos hechos el uno para el otro? Somos compañeros.
– No puedo desobedecer – se apartó totalmente de mí.
– Creía que los zorros no vivíais en manadas y que ibais por libre.
– Que nos guste vivir alejados para formar nuestra propia familia no significa que no tengamos leyes que acatar, ni familia a la que respetar. Creo que tenemos un concepto muy distinto de lo que es familia.
– Pero tú eres ¡MIA! – protesté.
– ¡Qué equivocado estás!
No dijo nada más. Salió de aquel pequeño almacén dejándome solo con el olor de humedad y un terrible dolor de huevos, mientras mi licántropo lloraba por dentro. No iba a ser tan fácil como había pensado en un principio.
ZURIA
Salí corriendo del almacén. No podía faltar a la palabra que le había dado a mi tío el día anterior.
Aunque eso significase tener que estar soportando este dolor en el pecho.
Para nuestra familia, lo más importante es nuestra palabra.
Cuando Adonis me pidió que me alejara de Aiden, no lo entendí.
Ahora que parecía que mi corazón iba a estallar por lo que sentía por él, lo entendía menos.
Lo único en lo que podía pensar era en la sensación que Aiden había producido en mí al besarme y al tocarme.
Cuanto más me alejaba de él, más profundo y doloroso resultaba.
Apenas me había separado unos segundos de él, de sus cálidos brazos, cuando me empezó a invadir un frio helador por todo el cuerpo.
Miré por encima de la sala, asustada buscando a mi tío.
Quería irme, quería esconder mi cara en la almohada y dejar que las lágrimas me acunaran hasta quedarme dormida.
Sabía muy bien que aquel licántropo era mi mate, pero si tenía que elegir entre mi bienestar y la palabra que había dado a mi tío, no tenía duda de qué iba a elegir.
Cansada de buscarle por la planta de abajo, subí las escaleras que daban a la zona de reservados.
Allí solo encontré a un par de alfas algo ebrios que me insistían en tomar algo con ellos y luego pasar un buen rato.
Los miré con cara de asco y volviendo sobre mis pasos me encaminé hacia el despacho que tenía habilitado en el White Fox.
Nerviosa por no saber qué decir, cuando estuve ante la puerta la abrí sin tan siquiera llamar.
Me lo encontré sentado sobre su sillón, observando unos libros que cerró rápidamente cuando me vio entrar.
Con una de sus manos sostenía un vaso lleno de alguna bebida marrón que estaba segura de que era whisky.
– Quiero irme a casa – dije sin más.
– ¿Te encuentras mal? – preguntó mientras se ponía de pie. Agarró el libro que había estado mirando, se giró y lo metió en la caja fuerte que estaba tras su escritorio.
– Quiero irme a casa – repetí nuevamente la frase.
– ¿Por qué puedo percibir su olor alrededor de ti? – me regañó, encogiendo su nariz como si se hubiese percatado de algo.
– No ha pasado nada… – no pude acabar la frase. Las lágrimas que había conseguido que se quedasen quietas, sin salir ahora parecía que saliesen de mis ojos disparadas formando un mar de lágrimas.
– ¿Zuria? – parecía enfadado y su tono me estaba asustando.
El mismo tono que había empleado con Aiden cuando habíamos ido a su casa por el tema de mis papeles.
No podía hacer nada. Podía oler a Aiden a través de mi porque le había permitido que me tocase, que me besase y habría estado dispuesta a que me follara en el cuartito de los suministros.
Levanté la cara para mirar a mi tío que me observaba con el ceño fruncido esperando una respuesta.
Sentí como había traicionado su confianza y una congoja aprisionó mi pecho haciendo que el llanto fuese peor.
Se acercó más a mí y me dio un abrazo. Escondí mi cara en su pecho y respiré su aroma varonil mezclado con un familiar olor a pino.
– No te preocupes. Nos vamos a casa.
Agachó la cabeza para besar mi frente. Empezamos a caminar lentamente.
A mí me faltaban las fuerzas, pero Adonis me llevaba bien cogida, atravesamos la ruidosa sala, nos metimos en su coche, bueno o más bien él me ayudó a entrar y me abrochó el cinturón de seguridad, cruzamos la ciudad hasta llegar a casa y me llevó en brazos hasta mi cuarto.
Me dejó suavemente sobre la cama y me tapó con una manta.
Volvió a besarme y me miró con una ternura que jamás había imaginado en su cara.
– Todo estará bien Zuria. Descansa y mañana hablaremos.