3. REVELACIÓN #2
Me puse de pie y seguí a mi tío al despacho.
Al pasar por el lado de uno de los visitantes éste me agarró del brazo, haciendo que yo levantase mis ojos para mirarle.
Era un hombre lleno de odio, sus ojos estaban llenos de ira.
Aunque yo no sabía por qué y tampoco era, o creía que no era, de mi incumbencia.
– Así que eres Zuria. Esto sí es interesante –. Mi tío se giró al escuchar que me estaba hablando.
– Bueno, no me sorprende que sepas mi nombre. Entre Adonis y Zuria, era – eché mi brazo hacia atrás para zafarme de su agarre y me moví rápidamente para llegar a la altura de mi tío que me miraba seriamente.
Casi dos minutos después estábamos en el despacho. Nos habían ofrecido un té para calmar los nervios.
– ¿Qué hace él aquí? – mi tío estaba tan molesto que, si hubiese sido una tetera en este preciso instante, le saldría el humo por las orejas.
– No tengo ni idea.
– Debiste acabar con él cuándo tuviste la oportunidad.
– No es tan fácil.
– Habría sido más sencillo – se quejó Adonis.
– Tú no lo entiendes.
– ¿Qué no entiendo?
– La estrategia de los alfas.
– A lo mejor te sorprenderías.
– Tú no eres un alfa – Adonis subió el tono de su voz como si estuviese empezando a perder la cabeza.
– Gracias por recordármelo. Tu padre también era bueno en hacer que la gente lo supiese.
– Por favor, Adonis – cerró los ojos y respiró profundamente.
AIDEN
Sé lo que fue estar bajo el reinado de mi padre.
Me daba vergüenza pensar en cómo había tratado a otros metamorfos, a los que siempre creyó inferiores.
Jamás imaginé que volvería después de haber sido vencido.
Hoy sabía que haberle dejado con vida había sido un error.
Pero… ¿quién tiene la sangre fría de matar a su padre?
Yo me crie con un padre honesto y justo.
Me enseñó a defenderme y tener valores. Sobre todo, me enseñó la diferencia que hay entre nosotros los licántropos y el resto.
Siempre en la escala evolutiva estábamos nosotros los primeros.
Por debajo, los lobos y poco a poco en una escala piramidal el resto de metamorfos.
Por supuesto que los humanos normales, de momento no estaban en esa escala porque para él no son ni dignos de mención.
Me sentía orgulloso de mi posición, mi sangre y mi estatus.
Cuesta ver la realidad de las cosas, cuesta ver que el hombre digno del que aprendí todo no era más que un enfermo.
Todos somos iguales. Por eso aquí hasta los picaros son bienvenidos mientras no comentan delitos.
La visita de Zuria no había salido como a mí me hubiese gustado.
Apenas se había quedado unos minutos. Sé que Adonis no estaba nada contento de haberse encontrado con mi padre.
Aunque tampoco entendía el porqué. Cuando yo le conocí, todavía no vivía en lo que se denominaba la zona centro.
Vivía en un suburbio cercano. Nos conocimos mientras yo vagaba borracho por las calles.
Después de la muerte de mi madre el alcohol era lo único que me ayudaba a no suicidarme, bebía para tener valor borracho y el alcohol me hacía más cobarde.
Él me ayudó a encontrarme. Al principio de nuestra relación se mostraba inseguro y receloso conmigo, pero según nos fuimos conociendo siempre supe que detrás de él había una gran pena, aunque nunca me dijo nada.
De hecho, hasta casi hacía unos pocos días no me había enterado de que tuviera familia.
Y que, nada más y nada menos, su sobrina iba a vivir aquí junto a él.
Si no recordaba mal, era la hija de su hermano gemelo.
Acababa de cumplir la mayoría de edad, que para los metamorfos es cuando alcanzas los veintiún…
veintiún años… con lo que su progenitor, como mínimo, debe tener a día de hoy cuarenta y dos o cuarenta y tres años.
Me rasqué la nuca, pensativo. ¿Qué coño me estaba escamando tanto?
Ella no podía ser su sobrina. Adonis tenía mi misma edad, treinta y cinco.
¿La había tenido con 14 años? Imposible.
O no era su sobrina, o él no tenía esa edad…
. Solo de pensarlo, mi licántropo se retorció pensando que era mejor que hubiese mentido con su edad.
Porque de no ser así, se estaría acostando con ella, y solo de pensarlo me mareaba.
Podría tratarse solo de sexo, porque en su cuello ella no lucía ninguna marca.
ZURIA
Vivir con mi tío, de momento, no había resultado tan trágico como me había imaginado.
Como parecía que me costaba encontrar trabajo, él me lo ofreció en uno de sus locales, el White Fox.
Él pasaba allí también las noches relacionándose con la gente o simplemente tomando un whisky en la zona de reservados apta solamente para él.
Así que íbamos y volvíamos juntos. Me daba la sensación que me había ofrecido el trabajo para tenerme controlada, pero eso solo eran suposiciones mías.
Hoy era un día especial en el local. Solo se abría para los alfas de las distintas manadas, que por lo visto se reunían todos los años, para hablar ante el rey de cómo les había ido el año.
Todos estábamos algo nerviosos, tanto los camareros, como el barman y las gogos que amenizaban durante toda la noche a los clientes con sus bailes.
Todos estábamos expectantes para verlos llegar.
No todos los días se podía ver a tantos líderes juntos.
Para hacer que su noche de entretenimiento fuese más divertida, habíamos hecho una temática en la sala y todos íbamos vestidos como en la época medieval, con una máscara que cubría nuestras caras.
En la entrada el portero suministraría a cada uno de ellos su máscara correspondiente.
Cuando la música se puso a sonar todos supimos que ya estaban allí.
Esperamos pacientes a que bajaran, para poder empezar a trabajar sirviéndoles copas o en mi caso acercándolas o recogiéndolas.
Me encontraba nerviosa porque sabía que él también estaría aquí.
No sé si entre tanta gente sería capaz de reconocerlo.
Pero ansiaba estar cerca de él, aunque solo fuese para hablar.
Me daba miedo decirle a mi tío que sentía algo distinto a lo que había sentido con otros chicos.
No sé por qué, aunque ellos pareciesen amigos, Adonis parecía estar siempre tenso cuando estaba con él.
Un fresco olor a limón mezclado con hierbabuena golpeo mi nariz, haciéndome saber que él había llegado.
Mi corazón empezó a latir más rápido de lo normal.
Parecía que se fuese a escapar. Intenté calmarme con mi respiración, pero me fue imposible.
Así que fui a la parte de atrás donde guardábamos las bebidas que reponíamos cada día en la barra.
El corsé que llevaba parecía que me apretaba más de lo normal.
– Tranquila, Zuria – me dije –. Solo tienes que buscar detrás de qué máscara está.
AIDEN
Nada más entrar en el White Fox, me percaté de su olor.
Siempre me había gustado ese garito. No es que fuese extremadamente grande, sino que era más acogedor.
Un adjetivo curioso porque lo que menos esperas en un local donde sirven alcohol y con la música a tope es que sea acogedor.
Para nuestro deleite habían hecho una fiesta temática de máscaras, con lo que todos los que trabajaban llevaban una cubriéndoles la cara.
Charlé con casi todos los presentes más distendidamente.
En parte quería que no se sintiesen presionados por mí al haberles llevado hasta allí y que si tenían alguna queja fuesen capaces de decírmelo con plena confianza, ayudados un poco, eso sí, por el alcohol.
Al final el alfa que había venido a verme a mi casa no se había presentado a la reunión con el resto.
Pero bueno ya había dejado claro que lo que quería era el poder.
Y si algún otro le apoyaba, a mí no me lo iban a decir.
Por más que pasaran las camareras delante de mí, me era imposible adivinar cual era ella.
Todas iban igual vestidas y la tenue luz no ayudaba en nada.
Me reí pensando en que aquella distracción de fiesta temática no había sido hecha para deleite nuestro, sino más bien para imposibilitarme ver a Zuria.
Pero al contrario de lo que mi gran amigo pensara, este tipo de juego del gato y el ratón me excitaba más.
Levanté la cabeza y olfateé el aire, dejándome llevar por mi instinto de cazador.
Atravesé la pista sintiendo a cada paso que su olor se incrementaba cada vez más.
Tenía la boca hecha agua solo de pensar capturarla.
Cuando estuve en el lado opuesto de la pista giré a la izquierda y metiéndome en un pequeño pasillo, el olor a humedad se mezclaba con su dulce olor.
Me paré ante una puerta algo desvencijada y la abrí.
Apoyada en una columna formada por cajas llenas de botellas vacías, Zuria permanecía quieta.
Ahora sí que me daba igual su olor en aquella habitación enorme, embriagando todos y cada uno de mis sentidos.
– Zuria – la llamé.