3. REVELACIÓN
ZURIA
Cuando la luz del día me dio en la cara, me sentó igual que si alguien me hubiese tirado una jarra de agua fría. Odio despertarme por las mañanas. No sé si esto se debe a que los zorros tenemos una vida más nocturna. Lo único que sé es que lo odio.
– Vamos, perezosa.
La voz de mi tío terminó por despertarme. Estiré mi cuerpo hasta el punto de parecer que mis huesos fuesen a salir de mi piel y me arropé nuevamente con la colcha.
– Cinco minutos – me quejé.
– Venga – me reprendió –. Tengo que estar en el garito a las diez.
– Pero si hoy está todo cerrado… Además, ¿no es tuyo el local? No creo que pase nada.
– Yo no paro nunca y aquí no te vas a quedar sola. No necesito una mocosa husmeando en mi casa.
– Venga, ¿no me puedo quedar ni cinco minutos? – insistí mientras me sentaba en la cama.
Cerré los ojos mientras levantaba los brazos para estirar bien la espalda. Abrí la boca y bostecé ruidosamente. Cuando volví a abrirlos, mi tío me observaba desde la puerta con los ojos abiertos como platos.
– Si te escandaliza mi ritual para levantarme, no haber entrado a despertarme.
– Tu madre tenía el mismo despertar – bajó los ojos al suelo como si le costara mirarme al hablarme de ella –. Ayer no me di cuenta de lo mucho que os parecéis.
– Vaya, no lo sabía. En la casa de la amona no quedan muchas cosas de ella.
– Casi todas las tenía tu padre. Se pasaba el día haciendo un álbum con todo. Cogió el hábito siendo pequeño. Empezó haciéndose diarios de aventuras donde metía hojas, flores… Y luego le dio por los álbumes de fotos. Todavía me acuerdo de los que hizo para tu madre.
– Es una pena que no quede ninguno.
– Sí, es una pena – respiró profundamente y por un momento me dio la sensación de que se fuera a romper –. Venga te queda media hora. Date una ducha para despertarte, vístete y desayuna algo, que nos vamos zumbando.
Salí del cuarto y me dirigí a la cocina. Mi tío ya estaba allí, bebiendo de una taza que, por el olor que golpeó mi nariz, era café.
– Feliz Navidad – me felicitó, dejando una cajita negra encima de la isla de la cocina.
– Vaya – francamente me sentía abrumada. Mi tío siempre había sido el desprendido de la familia y lo que menos me esperaba era un regalo por navidad –. Yo no te he comprado nada.
– No lo he comprado. Era de tu madre – dio un sorbo a la taza que tenía en su mano y la dejó dentro del fregadero.
– ¿De mi madre…? No tengo nada de ella.
Eso era algo que nunca entendí. No tenía nada, ni de mi madre, ni de mi padre.
Ni fotos, ni recuerdos… Cualquier cosa, por pequeña que fuese, me habría valido.
Y ahora tenía lo que fuese que estuviese dentro de esa caja.
Algo que mi padre había comprado para que ella lo llevase.
Quizá era una prueba de su amor. La cogí entre mis manos y mirándola dudé en abrirla o no.
Fuese lo que fuese, ella lo había llevado…
mi madre lo había guardado. Probablemente pensando en que algún día yo también lo llevaría.
¿Por qué solo tenía eso? ¿Por qué no podía tener nada más de ellos?
– ¿Vas a abrirlo o te vas a quedar mirando la cajita?
Las palabras de Adonis sonaron más como una queja que como una pregunta. Abrí la caja. Dentro de ésta, había una fina cadena de oro de la que colgaba una piedra color negro. La saqué y la contemplé unos segundos más.
– Es precioso, ¿me lo pones? – le pedí mientras se la ofrecía. La tomó, dio la vuelta a la encimera y, desabrochando el cierre, la pasó por delante de mí.
– ¿Nos podemos ir ya? – agarré la piedra entre mis dedos y la froté. Una emoción hasta ahora desconocida me invadió. ¿Cómo habrían sido las cosas si mis padres no hubiesen tenido ese accidente?
– No me lo voy a quitar nunca – dije totalmente emocionada.
– Nos vamos – replicó mi tío secamente rompiendo cualquier atisbo de emoción. No podía ni pensar cómo iba a ser mi vida allí durante dos años.
Mi tío no parecía la persona más comunicativa, ni empática del mundo.
Vale que tampoco me hubiese gustado encontrarme con alguien que me hubiese llenado de besos, pero él parecía tener una extraño tira y afloja conmigo.
En un momento parecía feliz de estar conmigo y en otro totalmente molesto por mi presencia.
A lo mejor es que todos eran así aquí. No podía ni pensar en cómo sería mañana la reunión con el alfa.
AIDEN
El primero que entró a mi despacho fue mi amigo y beta Samuel.
Al principio no me había dado cuenta de que había entrado a mi despacho algo blanco.
Incluso cuando me dijo que tenía una inesperada visita por un momento pensé que Zuria había venido para solicitar el permiso de residencia.
Cosa que me extrañó porque, si hubiese sido así, de algún modo mi licántropo la habría percibido.
Pero, como digo, desafortunadamente para mí, no fue así.
Por lo visto, el que había venido a verme y a darme sus saludos era nada más y nada menos que el alfa de la manada llamada Dark Mountain.
Un viejo lobo con las ideas arcaicas. Él fue el segundo en entrar: fue mi padre el que entró con una sonrisa de oreja a oreja…
Mi padre al que hacía años que había desterrado.
– Es un placer conocerte, alfa Shadow – no sabía que contestar.
No podía dejar de mirar a mi padre que me sonreía con la misma cara de prepotente que yo recordaba.
– No esperaba esta visita y mucho menos que tendrías la osadía de presentarte con él – intenté sonar lo más despectivo que pude. ¿Había sido capaz de esconder durante años a mi padre?
– Bueno, tu padre me pidió auxilio y no pude negarme. Siempre tuvimos muy buena relación. Vino a nosotros muy mal herido, ¿no lo sabías?
¿Pero qué coño me estaba contado, el muy hijo de puta? Claro que sabía que había quedado muy mal herido. Así era como yo mismo le había dejado.
– Ese hombre fue desterrado de mis tierras cuando perdió su poder – me sentía tan cabreado que no lograba recordar el nombre del alfa de esa manada.
– Primero, ese hombre, como tú lo llamas, es tu padre. El cual se merece un respeto. Segundo, él me ha estado ayudando a conseguir un reinado tan fuerte y eficaz como el tuyo.
– ¿Esto es una broma? Yo soy tu rey. No tienes reino que gobernar porque solo existe uno.
– Eres tan egocéntrico como tu padre había dicho.
– Escúchame bien, alfa Danfor – por fin me había acordado de su nombre-, yo soy el que hasta ahora te ha permitido gobernar en esa manada.
– Quizá ha llegado el momento de que cambien las cosas y votemos por un nuevo rey.
– Mírame, mierdecilla. Nosotros los licántropos somos los que estamos por encima de todos los metamorfos.
– Creía que una de tus leyes es que todos somos iguales ante la ley. Pero veo que eso solo es aplicable al resto. Tú estás por encima de cualquier ley.
– Voy a intentar decirlo lo más suavemente posible: tienes prohibido presentarte en la reunión anual que hacemos para todos los alfas.
– Mira por dónde, tu padre sabía que ibas a hacer eso. Y te diré que no puedes prohibir que una de las manadas se quede sin representante en esa reunión. Así que como a mí me has vetado, mi mano derecha representará a mi manada.
– Me ha alegrado verte, hijo – le miré con asco al escucharle llamarme hijo.
Un rugido salió del mi pecho, en señal de protesta.
Pero no se percató. Salieron de mi despacho sin despedirse.
Aquello sí que podía ser un problema para la reunión.
¿Desde cuándo mis propios alfas se habían vuelto en mi contra?
¿Y cómo ese maldito alfa había sido capaz de proteger y cobijar a mi padre?
Noté como un olor a fresas atrapaba mi nariz.
– Zuria – la llamé en alto. Una aprensión encogió por un momento mi pecho, volviendo a mi cabeza recuerdos pasados en los que en nuestro territorio o mejor dicho a lo que mi padre le gustaba llamar el punto cero: estaba prohibido cualquier nexo con otros metamorfos.
ZURIA
Aunque apenas llevaba dos días con mi tío, sentía una conexión con él como si hubiésemos estado juntos toda la vida.
Tal y como le había dicho al gran alfa, él me estaba acompañando a la casa de la manada para poder poner mis papeles en orden para que me aceptasen como nueva ciudadana.
Sí que es verdad que todos los que estamos bajo su reinado tenemos acceso libre por todas sus tierras.
Pero cuando venimos a The Big City nos tenemos que inscribir en un registro donde luego ellos buscan datos sobre nosotros, para concedernos o negarnos la permanencia. El rey tiene que estar protegido.
Al llegar a la manada nos hicieron esperar para poder reunirnos con él.
Por lo visto una visita se nos había colado.
Así que tuvimos que esperar en unos sillones que tenían dispuestos en el vestíbulo de la entrada a modo de sala de espera.
Cerca del sillón donde yo había decidido sentarme había una mesita con varias revistas.
Cada una era más distinta a la siguiente.
Había de ciencias, viajes, economía y de moda.
Las ojeé una a una mientras esperaba tranquilamente a que nos diesen el paso.
Me encontraba totalmente relajada a diferencia de mi tío que permanecía con sus mandíbulas apretadas y la nariz ligeramente arrugada como si estuviese percibiendo un desagradable olor.
La puerta del despacho se abrió y salieron dos hombres que por su porte debían de tratarse de alfas.
Aunque el más viejo de ellos tenía un cierto parecido con Aiden.
Cuando pasó al lado de mi tío, se detuvo momentáneamente y le miró a los ojos.
Desde donde estaba sentada casi podía escuchar el sonido de sus dientes rechinando los unos con los otros.
Aunque no llegaba a entender el motivo. El visitante levantó la nariz y olfateó el aire.
– Vaya, jamás pensé encontrarme con este tipo de metamorfos en la manada. Y muchísimo menos con la mate de mi hijo.
Miré a la mujer que nos había facilitado la entrada y la sonreí pensando que se refería a ella.
– Zuria, Adonis entrad por favor.