2. UN NUEVO COMIENZO #3
– ¿Qué pasa? ¿Qué no puedo salir de la casa sin el permiso ni a comer?
Porque estoy muerta de hambre – me mordí los labios para no reírme ante su comentario y parecer imbécil.
Apenas la conocía y notaba la fuerza que emanaba hacia mí.
¿Cómo ella parecía no inmutarse a este sentimiento que estaba sintiendo yo?
– Si no te importa, Aiden hemos venido a cenar, nada más – puntualizó Adonis rudamente.
– Por supuesto. Espero verte mañana en mi despacho para el tema del papeleo.
– Esta tarde he mandado yo mismo todos los documentos a tu secretaria para que lo fueses adelantando.
– Me da igual. Mañana quiero verte en mi despacho – le aclaré mientras volvía a mirar a mi compañera – Perdona, ¿tu nombre es…?
– Zuria Otsoa – contestó con desconfianza.
– Zuria – repetí.
Les hice a ambos un ademán a modo de despedida y volví a la mesa junto a mi acompañante. Definitivamente hoy no iba a comer.
ZURIA
Me llevó de vuelta a casa por un camino distinto al que habíamos cogido para ir al restaurante.
No porque quisiera enseñarme la ciudad, sino porque en nuestros genes llevamos implícito no volver a casa por el mismo camino.
Lo hacemos instintivamente. Así que los veinte minutos de ida ahora se estaban convirtiendo en el doble.
Tampoco me importaba mucho. Era agradable el movimiento del coche que parecía que me fuese meciendo.
Todavía en mi boca tenía algún que otro sabor de mi cena.
¡Madre mía! Cuando nos sirvieron la comida tenía tanta hambre que me habría comido cualquier cosa.
Así que disfruté de cada bocado que me fui metiendo en la boca.
Todo, estaba delicioso. El coche volvió a girar y me di cuenta de que por esa calle ya era la segunda vez que pasábamos.
– ¿Te has perdido? ¿O me pretendes despistarme para llevarme a lo oscurito? – pregunté socarronamente. Una sutil sonrisa apareció en la comisura de su labio.
– Preciosa, no eres mi tipo para llevarte a lo oscurito.
– Puag – contesté asqueada solo de pensarlo –. Sabes que somos familia, ¿no?
– Necesitaba pensar y conducir hace que mi mente se relaje.
– ¿Y vas a seguir pensando? Más que nada porque me gustaría meterme en una cama y dormir.
– ¿Te ha dicho alguien que eres muy quejona?
– ¿Te ha dicho alguien que eres muy mentiroso?
– ¿Mentiroso? – contestó extrañado. – ¿Mentiroso por qué?
– Sí que sabías que iba a llegar hoy.
– No, no lo sabía – me corrigió.
– Acabas de reconocer que hoy por la tarde habías mandado los papeles para que me hiciesen la autorización.
Su boca se abrió en una preciosa sonrisa. Por un momento la tensión que parecía cargar sobre sus hombros había desaparecido.
– ¿Como no lo voy a saber si eres mi… – cortó la frase mientras agarraba el volante con más fuerza, haciéndolo crujir entre sus manos – sobrina? – terminó diciendo lentamente.
– Ajaja – le apunté con mi dedo acusadoramente – lo has confesado.
– Ja, ja, ja – su risa me pareció tierna –. Sí, he confesado.
– Y todo para nada porque según ha dicho, tengo que ir yo en persona – el volante volvió a crujir entre sus manos.
– Ni lo pienses – volví a ver como sus hombros se tensaban.
– Venga, no va a estar tan mal. Por lo menos me alegraré el ojo por volverlo a ver. Porque el tío está bien bueno.
Casi no me dio tiempo a terminar la frase cuando frenó el coche de golpe, asustándome.
– Mírame – estaba totalmente enojado –. Iremos los dos mañana a su despacho. ¿Me has entendido?
– Sí – contesté asustada en un susurro. Ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos ¿Qué había dicho para enojarlo tanto?
– Te he dicho que me mires a los ojos – un frio helador recorrió mi espalda. Hice exactamente lo que me había pedido.
– Sí, tío.
– Tienes que entender que la ciudad es peligrosa y tu apenas eres una niña.
– Creo que me he perdido. Solo voy a ir a ver al alfa para que me dé permiso.
– Hay cosas que no entiendes… y creo que el interés de Aiden es por algo especial.
– Vale, estoy totalmente perdida.
– Quiero hacerte una pregunta que sé que es un poco delicada – abrí mis ojos, expectante ante la espera de esa pregunta.
– ¿Sí?
– ¿Eres virgen?
– ¡TÍO! – exclamé – eso no se pregunta. Vi como las venas de su cuello sobresalían de su piel y parecía que todo él era un bloque de hierro –. Sí – repiqué. Dio un suspiro largo y como si mi contestación hubiese sido un antídoto volvió a relajarse.
– ¿Has encontrado a tu pareja?
– ¡Para ya! – le corté – Hay cosas que son de mi intimidad y me estoy sintiendo bastante incomoda con estas preguntas que no sé a qué coño vienen.
– Esa boca – me regañó.
– Pues no preguntes cosas que no son de tu incumbencia. ¿O acaso te he preguntado si eres virgen o te acuestas con alguien? – mi respuesta le sentó igual que si le hubiese dado una bofetada.
– No me retes.
– ¡Joder! Si te quedas más a gusto, mañana iremos juntos. Ahora, por favor, ¿puedes arrancar el coche y llevarme a casa? ¿O vas a preguntarme si alguien me ha metido mano?
– Zuria, esa boca – aunque me estuviese reprendiendo, su tono ya no era tan cortante.
– Toda esta pataleta ha sido por acompañarme mañana. De verdad, que pareces más crío que yo.
– Yo me entiendo, Zuria – dijo mientras volvía a arrancar el coche –. Yo me entiendo…