Las reglas
En la calle, Airen volvió a concentrarse en la conexión de Noa.
No la veía como veía los edificios o las aceras. La primera deuda tenía que reaccionar para que pudiera percibirla: una línea oscura que salía del piso y se prolongaba hacia el norte.
—¿Todavía puedes seguirla? —preguntó Nico.
—Sí. Aquí se distingue mejor.
—Entonces vamos.
Caminaron sin correr. Airen seguía la conexión mientras Nico comprobaba los rastros que encontraba a su alrededor.
No era una línea que señalara el camino. Airen la percibía como una tensión que variaba según la dirección que tomaban. Cuando se desviaban, perdía fuerza. Al corregir el rumbo, volvía a notarla con claridad.
—Continúa hacia el norte —dijo.
—También noto varios rastros en esa dirección.
—¿De los Orath?
—De ellos o de algo que hayan dejado.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Qué sería peor?
Nico tardó en responder.
—Encontrarlos a ellos.
—Genial.
—Si estuvieran cerca, debería distinguirlos mejor.
El centro quedó atrás. Las calles se hicieron más anchas y los edificios más bajos hasta que llegaron a una zona industrial. Había naves, vallas metálicas, solares vacíos y aceras rotas. Apenas pasaban coches.
La conexión los condujo hasta una nave apartada al final de una calle sin salida.
Airen se detuvo.
—Es ahí.
La puerta principal estaba cerrada, pero había otra lateral entornada.
—Qué poco sospechoso —murmuró Nico.
—¿Notas algo?
Cerró los ojos durante unos segundos.
—Hay muchos rastros.
—¿Están ellos?
—No percibo a Rael ni a ninguno de los otros.
—Entonces, ¿qué hay?
Nico volvió a mirar la puerta.
—Portadores.
Airen sintió una presión en el estómago.
—¿Cuántos?
—No puedo saberlo desde aquí. Varios.
—¿Están vivos?
—Sí.
Nico se acercó primero. Abrió la puerta lo suficiente para observar el interior y esperó a que Airen llegara a su lado antes de entrar.
La nave era grande y estaba casi vacía. Por algunas partes rotas del techo entraba la luz de la mañana. En el centro había seis sillas colocadas en semicírculo.
Seis personas permanecían sentadas en ellas. No estaban atadas, pero ninguna se movía. Tenían los ojos abiertos y respiraban despacio.
Airen recordó a Noa cuando la encontró frente a la ventana.
—No te acerques demasiado —dijo Nico.
—Necesito ver qué les han hecho.
La primera deuda reaccionó antes de que Airen terminara de concentrarse. Dentro de cada portador había una conexión semejante a la de Noa.
Avanzó hacia el centro y Nico la siguió, dejando un poco de distancia.
En Noa, su propio rastro continuaba resistiendo contra el anclaje. En aquellas seis personas apenas quedaba nada capaz de oponerse. Las conexiones ocupaban casi todo su espacio.
Airen se acercó al primer portador. Era un hombre de unos cuarenta años, con la camisa abierta por el cuello y barba de varios días. No movió los ojos cuando ella se colocó delante.
—Están mucho más vaciados que Noa.
Nico se aproximó un poco.
—¿Puedes ver por qué?
Airen se concentró en la conexión. La primera deuda reaccionó con rechazo, pero ella mantuvo la atención.
La conexión estaba fijada en un punto que no correspondía a ninguna parte concreta del cuerpo. Era el lugar donde lo que aquella persona había cargado se había unido a ella.
Allí distinguió un anclaje que no pertenecía al portador.
—Utilizaron la marca para fijar la conexión dentro —dijo.
—¿En qué punto?
—Donde estaba unida a su deuda. Mientras el anclaje permanezca ahí, la conexión no puede soltarse sola.
Nico miró al hombre.
—¿En Noa ocurre lo mismo?
—No exactamente. Rael fijó el anclaje directamente a su rastro. La conexión ha ocupado parte de su espacio, pero no ha conseguido desplazarla del todo.
—Porque Noa sigue resistiendo.
—Sí.
Airen pasó a la segunda portadora. Era una mujer de unos treinta años, con el pelo recogido y las manos apoyadas sobre las rodillas. En un lado del cuello tenía una marca oscura bajo la piel. No tenía la misma forma que la de Erik, pero reconoció su origen.
—El rastro de Noa está tapado, no borrado —continuó—. Eso frena la conexión.
—La protege.
—No del todo. Solo impide que la ocupe por completo.
Airen observó a los demás. Sus rastros eran tan débiles que apenas podía distinguirlos de las conexiones impuestas.
—Creo que primero consumieron sus deudas.
—¿Y después fijaron los anclajes?
—Sí. Sin aquello que llevaban y sin fuerza para resistirse, las conexiones fueron ocupando el espacio que quedó libre.
Nico miró a los seis portadores.
—Por eso están así.
Los Orath no se habían limitado a quitarles algo. Habían ocupado el lugar que habían dejado vacío.
Airen se acercó al tercero. Era muy joven y mantenía la mirada fija en el suelo.
—Noa todavía puede resistirse —dijo.
—Entonces podemos recuperarla.
—Quizá.
—¿Separando la conexión del anclaje?
Airen asintió.
—Si consigo llegar a su rastro y ayudarla a empujar desde dentro, puede que la conexión se suelte.
—¿Y el anclaje?
—Seguirá ahí.
—¿Cómo llegas hasta Noa sin dañarla?
—A través de la parte de su rastro que todavía resiste.
Nico miró al joven.
—En ellos casi no queda rastro.
—No el suficiente para intentarlo sin ponerlos en peligro.
—Pero en Noa sí.
—Sí.
Airen volvió a observar el anclaje.
—La primera deuda me permite distinguir el punto donde están unidos. Ahora que está asentada, quizá pueda acercarme al rastro de Noa sin arrastrarlo junto con la conexión.
—¿Quizá?
—No puedo asegurarlo.
Nico se puso serio.
—¿Qué ocurre si la conexión se fija a ti?
—No lo sé.
—Entonces no puedes intentarlo sola.
—Si no hacemos nada, Noa acabará como ellos.
Nico miró a los portadores.
—No podemos dejarlos aquí.
—No.
—Tampoco podemos moverlos sin saber qué provocaría.
Las seis conexiones salían de la nave en la misma dirección. Airen no alcanzaba a distinguir dónde terminaban.
—Los Orath podrían notar cualquier movimiento —dijo.
—Puede que ya sepan que estamos aquí.
La conexión del primer portador vibró. Un instante después ocurrió lo mismo con las demás.
Airen retrocedió.
—Nos han notado.
—¿Estás segura?
Las seis conexiones se tensaron al mismo tiempo.
—Sí.
Nico se dirigió hacia la salida.
—Nos vamos.
—¿Y ellos?
—Volveremos con los demás.
—Nico…
—Si los Orath vienen y nos encuentran aquí, no podremos ayudar a nadie.
Airen sacó el móvil mientras avanzaban hacia la puerta y llamó a Logan.
Contestó al segundo tono.
—¿Dónde estáis?
Cerró los ojos un momento.
—Hemos seguido la conexión de Noa.
—Airen.
—Estoy con Nico. Estamos bien, pero hemos encontrado algo.
—¿Dónde?
Extendió la mano y Airen le dio el teléfono.
—En la zona industrial del norte —dijo—. Te envío la ubicación. Hay seis portadores con conexiones como la de Noa. No percibo a Rael ni a los demás, pero han estado aquí hace poco.
La voz de Logan llegó hasta Airen.
—Salid de ahí. Ahora.
—Ya estamos saliendo —respondió Nico—. Venid cuanto antes.
Colgó y envió la ubicación.
Airen se detuvo junto a la puerta y miró a los seis portadores. Seguían inmóviles.
—Airen —la llamó Nico.
Ella salió y dejó la puerta entornada, tal como la habían encontrado.
Se refugiaron en la esquina de la nave contigua.
—Logan se va a enfadar —dijo Nico.
—Lo sé.
—Pero esta vez has llamado.
—Estoy aprendiendo.
—A este ritmo, la próxima vez avisarás antes de entrar en una nave llena de portadores casi vaciados.
Airen lo miró. Nico estuvo a punto de sonreír.
Después ella volvió la vista hacia la nave.
—Noa no puede acabar así.
—Vamos a intentar que no ocurra.
Airen todavía percibía las seis conexiones desde la esquina.
Los Orath ya sabían que las habían encontrado.