La Marca: Algunas deudas no pueden borrarse (Nahdir 2) Noa
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Noa

Se detuvo en la acera de enfrente y lo observó durante unos segundos. Tenía cuatro plantas, la fachada clara, balcones estrechos y una luz encendida en el tercero. No había ninguna señal en el exterior ni símbolos en las ventanas.

Pero el rastro terminaba allí.

La señal era débil, pero se mantenía constante.

Airen miró la calle. Empezaba a haber algo más de movimiento. Un taxi pasó al fondo y una mujer cruzó con una bolsa de pan bajo el brazo.

Sacó el móvil.

No había llamadas nuevas. Solo el último mensaje de Kai, todavía sin responder.

«No me fío de ti ahora mismo».

Airen tragó saliva y guardó el teléfono.

Cruzó la calle.

La entrada principal estaba cerrada, pero a un lado había una puerta más estrecha, medio escondida entre dos contenedores. Airen la empujó con cuidado y cedió a la primera. No estaba rota, solo mal cerrada.

Aquello no le gustó.

Escuchó durante unos segundos.

Nada.

Entró.

El interior olía a humedad y a encierro. Una escalera estrecha subía por un lateral, con la pintura de la pared levantada en algunos puntos.

Airen empezó a subir despacio.

Primer piso. Segundo.

En el tercero, sintió un pulso más fuerte bajo las costillas y se detuvo en el último escalón.

Al fondo del pasillo había una puerta entornada. Una línea de luz salía por debajo y se extendía sobre el suelo.

Airen avanzó sin hacer ruido.

La madera crujió bajo sus pies.

Se detuvo delante de la puerta.

—¿Noa? —dijo en voz baja.

No hubo respuesta.

Llamó dos veces con los nudillos.

Silencio.

Airen apoyó una mano en la puerta y empujó.

El piso estaba casi vacío. Había un salón pequeño, una mesa contra la pared, una silla junto a la ventana y una lámpara encendida en el suelo. Las persianas estaban medio bajadas y la luz de la mañana entraba a rayas.

Noa estaba sentada en la silla, de espaldas, muy quieta.

Airen se quedó en la entrada, con la mano todavía en el marco.

—Noa.

No se movió al principio. Luego giró la cabeza despacio.

Airen supo que algo iba mal antes incluso de verle bien la cara.

Era Noa. La misma cara, el mismo pelo y las mismas manos apoyadas sobre las piernas. Pero sus ojos no tenían la calma habitual. Miraban sin fijarse realmente en nada, como si detrás no hubiera nadie.

Airen dio un paso dentro.

—Noa.

Esta vez lo dijo más despacio.

La miró durante unos segundos.

—Llegaste.

La voz era la misma, pero el tono no. No había ironía, cansancio ni nada de lo que hacía que Noa fuera Noa.

Airen cerró la puerta con cuidado, sin apartar la vista de ella.

—¿Estás bien?

—Sí.

La respuesta salió demasiado rápida y demasiado vacía.

Airen avanzó un poco más, pero no se acercó del todo.

No había ninguna deuda en Noa. Lo percibió con claridad. Lo que llevaba dentro era otra cosa: una presencia ajena fijada a su rastro.

—¿Sabes quién soy? —preguntó Airen.

Tardó en contestar.

—Airen.

Durante un segundo, su mirada consiguió enfocarse. Luego volvió a perderse.

Airen sintió una presión en el pecho.

—¿Qué te han hecho?

Noa volvió a mirar hacia la ventana.

Airen se acercó hasta quedar delante de ella y se arrodilló despacio para poder mirarla a la cara.

—Noa, escúchame. Si estás ahí, necesito que me lo digas.

No obtuvo respuesta.

Airen sintió el impulso de tocarla, pero se contuvo. No sabía cuánto control conservaba Noa ni qué podía hacer la presencia que llevaba anclada.

—Te he encontrado —dijo en voz baja—. Estoy aquí.

Parpadeó dos veces y volvió a bajar la mirada hacia ella.

Esta vez consiguió mantenerla enfocada durante más tiempo. Seguía agotada y perdida, pero Noa estaba allí.

—No me queda mucho —dijo.

Su voz sonó rota, pero era suya.

Airen se inclinó hacia ella.

—¿Qué te han hecho?

—Escucha.

—Noa…

—Escucha, Airen.

Se calló.

Noa respiró despacio y tardó unos segundos en conseguir hablar.

—Rael fijó algo a mi rastro. Intentó ocuparme, pero mi propio rastro seguía ahí y no pudo hacerlo del todo.

—¿Tu rastro?

—Lo que quedó después de mi deuda. Ya no tengo una, Airen. Hace tiempo que no.

Tardó un momento en asimilarlo.

—Entonces, ¿qué llevas dentro?

—Un anclaje. Sigue conectado a ellos.

—Voy a sacártelo.

Noa negó apenas con la cabeza.

—Primero escucha.

—Noa…

—No hay tiempo para discutir.

Airen apretó las manos sobre las rodillas para evitar que le temblaran.

—Voy a sacarte de aquí.

—Primero tienes que saber algo.

La luz de la ventana le iluminaba media cara. Noa estaba más pálida y delgada de lo que Airen recordaba.

—Hay algo que tienes que saber sobre Logan —dijo.

Airen esperó, tensa.

—¿Qué?

—Algo que él no te va a decir.

Airen sintió rabia. Logan volvía a ocultarle algo.

—Dímelo.

Los ojos de Noa empezaron a perder el enfoque.

—Noa.

Airen le cogió una mano.

Estaba fría.

Noa apretó sus dedos con poca fuerza, pero el gesto fue real.

—Logan sabe quién creó la primera deuda.

Airen sostuvo su mirada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque conoce el precio que se pagó.

—¿Qué precio?

Noa parpadeó despacio. Su mirada volvió a desviarse hacia la ventana, pero hizo un esfuerzo por continuar.

—Tiene que contártelo él.

Airen se quedó inmóvil.

—¿Fue Logan?

Noa dudó un instante.

—Eso tendría que decírtelo él.

—Entonces, ¿qué sabes?

—Que estuvo allí —respondió Noa—. Siempre lo ha sabido.

Airen apretó más su mano.

—Noa, mírame. ¿Quién la creó?

Abrió la boca, pero no consiguió hablar.

Su cuerpo se tensó, los dedos se cerraron sobre los de Airen y sus ojos volvieron a enfocarse.

—No confíes en lo que te cuenten a medias —susurró.

—¿Quién?

—La marca que utilizan…

—¿La que tenía Erik?

—No es solo una señal. Sigue unida a ellos.

Airen se quedó quieta.

—Noa.

La mirada de Noa fue perdiendo el enfoque. Sus dedos dejaron de apretar los de Airen hasta quedar inmóviles.

Volvió a quedarse como al principio: sentada, mirando hacia la ventana sin ver nada.

Airen siguió arrodillada delante de ella, con la mano de Noa entre las suyas.

Logan sabía quién había creado la primera deuda y qué precio se había pagado. La marca de Erik seguía unida a los Orath.

Airen no sabía cómo encajar todo lo que Noa acababa de contarle.

La miró.

—No te voy a dejar aquí.

Noa no respondió.

Airen sacó el móvil con una mano. Le costó desbloquearlo porque tenía los dedos fríos.

Llamó a Kai.

Contestó al primer tono.

—¿Dónde estás?

Airen apartó la mirada un momento.

—La he encontrado.

Al otro lado hubo silencio.

—Airen.

—Estoy con Noa —dijo ella—. Y está mal.

Kai no contestó enseguida.

Cuando habló, su voz había cambiado.

—No te muevas.

Airen miró a Noa. Su mano seguía fría entre las suyas.

—Date prisa.