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Unos meses después, nos encontrábamos el teniente Romerales, Carles, el médico y yo en el casino, disputando el campeonato de butifarra.
Yo hacía equipo con Carles, ocupando el lugar de mi abuelo Pere, mientras que el teniente y el médico eran nuestros contrincantes.
Todos ellos ya estaban jubilados, de manera que yo era el más joven de la mesa.
—He leído en el periódico que los investigadores de la policía científica ya han dado por concluida la investigación —dijo el médico—, pero no cuenta mucha cosa. ¿Qué resultados han conseguido finalmente, teniente?
—No hay mucho más de lo que han explicado los periódicos.
Los cuerpos fueron enterrados directamente en la tierra y en aquel sótano había mucha humedad, por lo que se descompusieron muy rápidamente, dificultando así los análisis forenses.
El cadáver que parecía más antiguo, asesinado probablemente a finales de los años treinta o principios de los cuarenta, había sufrido un golpe en la cabeza que le destrozó el cráneo.
Un golpe tan fuerte tan solo podía haber sido producido por un objeto muy duro y pesado.
Los forenses piensan en un mazo o en alguna herramienta parecida.
—No quiero ser suspicaz —dijo Carles—, pero el momento de su muerte podría coincidir con el de la desaparición de Antoni Riera, su primer marido, quien desapareció a finales de la Guerra Civil.
—¡Exacto! —confirmó el teniente, con cara de satisfacción— El segundo cadáver fue envenenado con arsénico.
Los investigadores han fijado el momento de su muerte a finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta.
El momento de su muerte coincidiría con la desaparición de Prudenci Amat, su segundo marido.
—¿Cómo han podido averiguar que fue envenenado con arsénico, si solamente quedaban los huesos? —preguntó Carles, intrigado.
—Precisamente por eso mismo —intentó aclarar el médico—. El envenenamiento por arsénico es fácil de detectar, porque deja rastro en los huesos y en el pelo. ¿No es así, teniente? Corríjame si me equivoco.
—Es cierto —confirmó el teniente Romerales—, es así.
El tercer cadáver mostraba indicios de que le habían disparado en el abdomen con un rifle de caza.
Los forenses han encontrado rastros de ello en sus huesos.
Una bala del calibre 300 estaba alojada en su columna vertebral.
Fijan el momento de su muerte a finales de los años cincuenta o principios de los sesenta.
Coincidiría con la desaparición de Arnau Puigverd, su tercer marido, quien supuestamente desapareció en Sudáfrica cazando elefantes. Su cuerpo nunca apareció.
Yo escuchaba sin decir nada. De momento, no iban demasiado errados con sus sospechas.
—¿Y los otros dos? —preguntó Carles.
—Lo de los otros dos cadáveres es todavía más extraño.
Parece ser que fueron asesinados al mismo tiempo, o con muy poca diferencia.
Aquí, podemos ser más precisos, porque eran más recientes y los cuerpos no estaban tan deteriorados.
Concretamente, fue a mediados del año 1969.
Uno también fue envenado con arsénico, y el otro tenía el cráneo destrozado, pero esta vez fue por causa de una bala calibre Magnum 357.
—Entonces coincide con la desaparición de Ramón Parera, el cuarto marido —hizo notar el médico—, pero es casi un año antes de la desaparición de su hermano Miquel.
—Si, esto me desconcierta —asintió el teniente—. Hay algo que no cuadra. En algún lugar tiene que haber un error, porqué yo sigo convencido de que el quinto cadáver pertenece a Miquel.
—He oído decir que ahora existen unas pruebas que llaman identificación por ADN —dijo Carles—. ¿No sería posible utilizarla para identificar a los cadáveres y salir de dudas de una vez por todas?
—Ya lo he solicitado varias veces —dijo el teniente—, pero siempre me lo han denegado.
Al parecer, ésta es una técnica muy novedosa, todavía muy cara y compleja.
Además, dicen que como ya no quedan parientes cercanos vivos de ninguno de los posibles candidatos, no tienen con quien cotejar las pruebas.
Ha pasado mucho tiempo y como nadie ha reclamado ningún cadáver, creen que no merece la pena.
A mí sí que me gustaría saber de lo cierto a quienes pertenecen aquellos cuerpos.
—Dicen que seguramente dentro de unos cuantos años, en un futuro no muy lejano, estas pruebas de ADN serán más sencillas, rápidas y económicas —pronosticó el médico—. Tal vez entonces se pueda intentar realizarlas.
—Ojalá tengas razón —deseó el teniente—, pero esto significará volver a exhumar los cadáveres y habrá que pedir muchos permisos. Creo que nunca sabremos de lo cierto quienes son los muertos. Nos tendremos que conformar con las conjeturas.
Yo seguía sin decir nada, lo que aumentaba aún más las suspicacias de mis interlocutores, pues ellos estaban convencidos de que Teresina me había contado toda la verdad.
Estaba empezando a plantearme escribir un libro explicando la historia de la Mansión Riera, de Teresina y de todos sus macabros secretos, tal y como ella me la había contado a mí.