La mansión Riera 3
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El teniente estaba muy mosqueado con Teresina, porque no había manera de que quisiera confesarle los secretos de la mansión Riera y, de rebote, también conmigo, porque cada tarde iba a visitarla y sabía que pasábamos mucho rato hablando.

Estaba convencido de que a mí sí me estaba explicando toda su historia.

—Quiero saber qué es lo que te ha explicado Teresina —me pedía a menudo—. Estoy seguro de que a ti te lo ha contado todo.

Yo me hacía el sueco y le decía que no sabía más que él.

—Te podría detener por esconderme información —me amenazaba—. Estás encubriendo a una sospechosa de asesinato e, incluso, a una posible asesina en serie.

—Hace años que todos aquellos crímenes ya han prescrito —le decía yo—. Vale más que lo dejes correr. Todavía no sabes si ella tiene nada que ver con ellos.

—¡Y tanto, que tiene que ver! Estoy intrigado por saber de quién es el quinto cadáver. Pondría la mano en el fuego que es de su hermano.

—No lo sé —seguía mintiendo—. A mí no me ha explicado nada. Sólo hablamos de futilezas.

—¿Todavía piensas en construirte la casa donde estaba la antigua mansión, después de todo lo que hemos encontrado allí?

—¿Por qué no? Los cadáveres ya están todos fuera... ¿o no? ¿Seguro que los habéis encontrado todos?

El teniente se me quedaba mirando, con cara de intrigado. ¿Sabía yo algo más que le estaba escondiendo?

—Tú lo que pretendes es que sigamos cavando para que el agujero del garaje te salga gratis —decía, después de pensárselo un rato—. ¿Quieres que te encierre un tiempo en el calabozo?

Después de aquello, seguí visitando todas las semanas a Teresina en la residencia.

Siempre tenía cosas interesantes para explicar.

Por su cumpleaños, le regalé un walkman Sony con una buena colección de cintas de música clásica.

Le hizo mucha ilusión y la enfermera me dijo que no se quitaba los auriculares en todo el día.

Salía al jardín con su silla de ruedas y pasaba horas sentada a la sombra de una morera escuchando música con sus auriculares, con los ojos cerrados y moviendo la cabeza al ritmo de las canciones.

Aquel regalo tan sencillo le cambió la vida en la residencia.

—¿Después de todo lo que te he explicado, todavía piensas que soy un monstruo? —me preguntó un día.

—No he pensado nunca que fueras un monstruo —le respondí—. Pero, si quieres que te diga la verdad, no sé qué pensar. De los cinco cadáveres que había en el sótano, tú mataste a tres. ¿No te arrepientes, de haberlo hecho?

—No me arrepiento de nada, pero creo que sí que debo tener remordimientos de conciencia, porque, por las noches, todavía sueño que me vienen a visitar los fantasmas de todos aquellos desgraciados que asesiné y enterré en el sótano de la mansión.

—¿Si te hubieras casado con mi abuelo, también lo habrías envenenado con tus pastelitos? —le pregunté, medio en broma.

—A tu abuelo no le hubiera podido hacer nunca daño —me respondió, melancólica—. Te diré un secreto: a tu abuelo lo amaba. El avi Pere y Ramón fueron los únicos a los que he amado de verdad.

No sé por qué, pero me reconfortó que dijera aquello. A pesar de sus pecados, Teresina me había llegado a caer muy bien y me gustaba imaginarla compartiendo la vida con mi abuelo.