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Miquel invitó a María a ir a comer a la mansión, para que su hermana pudiera conocerla.
A Teresina le cayó bien desde el primer momento.
Se la veía una buena chica y se le notaba que ella también estaba muy enamorada.
Teresina se quedó más tranquila después de haberla conocido, y abandonó todos los prejuicios que había sentido hacia ella.
María dominaba poco el español y aún menos el catalán, pero se la entendía bastante bien cuando hablaba.
Teresina y María terminaron haciéndose buenas amigas. La invitó a asistir a las reuniones del Club de las Señoras Distinguidas y ella se adaptó bien a la compañía de aquellas damas. También provenía de una familia importante de Brasil y sabía moverse con soltura en los ambientes aristocráticos.
María y Miquel iban a menudo a comer a la mansión con Teresina.
Como buena brasileña, María era muy supersticiosa y creyente con todo lo relacionado con la religión, lo sobrenatural y los espíritus.
Cada vez que entraba en la mansión encantada, presentía una especie de presencia sobrenatural que no podía explicar.
Desconocía la existencia de los cadáveres que permanecían enterrados en el sótano, pero intuía que algún tipo de ente fantasmal y malvado habitaba en aquella vieja mansión.
A pesar de todo, no se lo quiso comentar a Miquel, para no asustarlo aún más.
Miquel, por el contrario, cuando estaba con ella se sentía seguro y se olvidaba completamente de sus temores.
Después de medio año de relación, María le dijo a Miquel que tenía que regresar a su país.
—Se me acaba el permiso de residencia y tengo que volver a Brasil —le confesó, con voz pesarosa—. Además, tengo muchas ganas de ver a mi familia. Hace casi un año que no los veo.
—Yo no quiero perderte —le dijo Miquel—.
Creo que no podría vivir sin ti. Estoy demasiado enamorado.
Podemos intentar encontrar alguna manera para que puedas quedarte aquí más tiempo e incluso podríamos casarnos.
No sé si de esta manera podrías conseguir la nacionalidad española. Nos tendríamos que informar.
—Yo tampoco te querría perder, pero no me puedo quedar aquí.
¿Por qué no vienes a Brasil conmigo? De esta manera, podrías alejarte de esa vieja mansión que dices que está llena de fantasmas y que te da tanto miedo.
A mí, todo este tema de los espíritus me da mucho respeto.
Nosotros, los brasileños, somos muy creyentes con estas cosas.
A Miquel le pareció una idea excelente y se lo expuso a su hermana.
—Ven conmigo —le pidió—. Aléjate tú también de esta maldita mansión llena de cadáveres y de secretos. Da igual, que encuentren a los muertos del sótano. Con Brasil no hay tratado de extradición y allí no nos podrán detener ni juzgar.
—¡No! —negó Teresina— Márchate tú con María y sé feliz a su lado. Yo me quedaré en esta vieja mansión y seré la guardiana de sus secretos hasta mi muerte. Tengo una deuda con esta casa, con su pasado y con todo lo que esconde. Mi destino está indisolublemente unido a ella.
Miquel se marchó a Brasil con María. Teresina se ocupó de que no le faltara nunca dinero.
Cada mes le mandaba un giro postal con lo suficiente para que pudiera vivir bien.
Se estuvieron comunicando por carta, que se escribían todos los meses sin falta.
Él le recomendaba a su hermana que se buscara una pareja, que no se quedara sola en aquella mansión enorme y vieja, o acabaría loca, pero ella insistía en que no quería a nadie más en su vida.
¡Ya había tenido bastante con cuatro maridos!
Veinte años más tarde, Teresina le explicaba en una carta que había un hombre muy gentil que le quería comprar la finca y con quien había hecho mucha amistad.
Incluso se atrevería a decir que se había enamorado de él.
Se llamaba Pere y también era viudo, como ella.
Miquel la animaba a hacerle proposiciones, pero ella ya se había decidido a no tener más relaciones con ningún hombre.
Todos los que habían estado con ella habían acabado muy mal.
La prueba estaba en el sótano de la mansión, donde descansaban los huesos de todos ellos.
La última carta le llegó escrita por María.
Le explicaba que Miquel había muerto. Le aseguró que había vivido muy feliz hasta su último suspiro.
Era la primavera del año 1995. Tenía ochenta años.
Teresina viajó hasta Brasil para asistir al entierro de su hermano y regresó enseguida a su refugio en la vieja mansión.
Teresina no reveló nunca a nadie el paradero de su hermano.
Tan solo se limitaba a explicar que se había marchado al extranjero, aumentando de esta manera aún más el misterio de la mansión Riera.
Todos los hombres que habían vivido en aquel caserón con ella, simplemente habían desaparecido y no se volvería a saber nunca más de ellos.
La mansión se fue deteriorando al mismo ritmo que Teresina iba envejeciendo.
Ya no se la veía mucho por el pueblo y empezaron a correr los rumores de que era una bruja.
Los niños evitaban acercarse a la mansión por miedo a que se les apareciera la bruja o los fantasmas que decían que habitaban en aquella casa misteriosa.
La gente que la conocía, sin embargo, sabía que simplemente era una viejecita encantadora y simpática, que preparaba unos pastelitos maravillosos. Yo puedo dar fe de ello.