1
Teresina, después de heredar la fortuna de Ramón, se había convertido en la viuda más rica y también en la más deseada del pueblo.
A pesar de la mala suerte que decían que llevaba, su dinero era muy tentador para los pretendientes.
Había enterrado a cuatro maridos en treinta y un años.
¡Salía casi a un marido cada siete años!
Ella decidió que no quería volver a casarse.
Con cuatro ya había más que suficiente. Tenía cincuenta años y todavía estaba de muy buen ver.
Con su fortuna, no le costaría nada volver a encontrar a otro pretendiente con quien contraer matrimonio, pero, tras las malas experiencias que había vivido, tomó la decisión de quedarse soltera por el resto de su vida.
Miquel siguió quedándose a vivir en la mansión con ella.
Al cabo de poco tiempo, ambos comenzaron a sufrir pesadillas provocadas por los cadáveres que yacían enterrados en el sótano.
Por la noche, creían que se les aparecían sus espectros para atormentarlos.
Miquel incluso tenía la obsesión de que se producían fenómenos paranormales en la mansión.
Le daba la sensación de que los objetos se movían solos de lugar y escuchaba ruidos extraños por toda la casa.
Empezó a coger miedo y a volverse un poco paranoico.
Veía espíritus y fantasmas por todas partes que se le aparecían para atormentarlo y hacerle pagar sus pecados.
—Nos podríamos vender la propiedad e ir a vivir a otro lugar más agradable —le proponía a su hermana—.
Con el dinero que tienes, podríamos ir donde quisiéramos y darnos la gran vida.
Yo no me quiero quedar más tiempo aquí, en esta mansión maldita, sabiendo que hay cinco cadáveres enterrados en el sótano y que sus espíritus rondan por toda la casa para martirizarnos.
—¡No seas bobo! —le decía su hermana— Lo que nos atormenta son los remordimientos, no los espíritus. ¡Aquí no hay fantasmas! Además, no podemos vendernos la mansión. Cuando hagan obras y encuentren los muertos que hay en el sótano, nos descubrirán y acabaremos en la cárcel.
Miquel aguantó un año más en la mansión, pero cada vez lo atormentaban más lo que él decía que eran los malos espíritus.
Creía ver fantasmas por todas partes y estaba convencido de que la mansión estaba encantada, poseída o maldita.
Por la noche no podía dormir, porque se le aparecían todos aquellos espectros fantasmales y, durante el día, no podía dejar de pensar que estaba viviendo sobre un auténtico cementerio.
Bajo sus pies descansaban cinco cuerpos asesinados.
Intentaba pasar el menor tiempo posible dentro de aquella mansión encantada y volvió a salir de fiesta con sus amigos bohemios, pero ya no se lo pasaba bien como antes.
Las bromas que gastaban a los desprevenidos, ya no le hacían gracia; las chicas que lo buscaban para divertirse con su dinero, ya no le parecían divertidas; el alcohol que bebía en grandes cantidades para no recordar, ya no le servía para olvidar.
No podía dejar de pensar en todos aquellos muertos que descansaban en el sótano de la mansión maldita y que, cuando volviera por la noche, sus fantasmas lo estarían esperando para atormentarlo.
Se había vuelto una persona triste y aburrida.
Sus amigos ya tan solo lo soportaban porque era él quien les pagaba las fiestas, con el dinero de su hermana.
En una de aquellas fiestas, conoció a una chica brasileña con quien hizo buena amistad.
Empezaron a salir juntos los dos solos. Se encontraban muy a gusto el uno con el otro y, poco a poco, dejaron de ir con sus amigos troneras para dedicarse exclusivamente a ellos dos.
Se lo pasaban bien yendo a pasear por la playa o saliendo a cenar a los mejores restaurantes.
Pronto se dieron cuenta de que se habían enamorado.
Miquel volvía a ser una persona feliz y alegre.
Era la primera vez en su vida que Miquel sentía que estaba enamorado de alguien.
Ya había dejado de salir del todo con sus amigos disolutos para dedicarse plenamente a María, que era como se llamaba aquella chica.
Ahora tan solo iban a las fiestas de la gente importante, donde los Serra siempre eran bienvenidos, gracias a su posición y su fortuna.
Teresina no sabía avenirse de que su hermano se hubiera enamorado.
Se le veía muy contento y feliz junto a María, que era quince años más joven que él.
Miquel ya tenía cincuenta y seis, pero se conservaba bastante bien, teniendo en cuenta la vida de excesos que había llevado.
Al lado de María, había recuperado la ilusión y las ganas de vivir.
—Me alegro mucho por ti que hayas encontrado el amor de tu vida —le decía Teresina—, pero ve con cuidado, que no te rompa el corazón.
Teresina sufría por él. Todavía no conocía a esta tal María y tenía miedo de que tan solo saliera con su hermano por el dinero de la familia.
Temía que no fuera una caza fortunas que lo quisiera engatusar, para luego abandonarlo y hacerle daño.
Miquel era muy ingenuo y seguro que caería de cuatro patas.