La mansión Riera 3
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Habían pasado dos meses desde la muerte de Ramón.

El plan de Rufino para simular su desaparición había dado buen resultado.

La investigación policial en la India resolvió que, efectivamente, Ramón fue devorado por un tigre que lo arrastró al interior de la selva y no se pudo hallar su cadáver.

Unos aldeanos del poblado donde se alojaba, así lo testificaron.

Explicaron que había penetrado solo en la selva y lo oyeron gritar.

Cuando llegaron al lugar de donde provenían los gritos, pudieron ver que un tigre lo estaba atacando.

No pudieron hacer nada, porque el tigre, al verlos llegar, se lo llevó selva adentro.

Lo persiguieron, pero no pudieron encontrar el rastro, por mucho que se esforzaron.

La policía india era consciente del terror que tenían aquellos aldeanos a los tigres, e intuyeron que no se esforzaron demasiado por seguirle el rastro, y lo comprendían: en el transcurso de los últimos dos años, tres miembros del poblado habían sido devorados por un tigre.

Seguramente se trataba del mismo animal.

Pocos días después, los habitantes de aquella aldea se compraron una furgoneta Bajaj Tempo Matador que les permitiría mejor el comercio rural con las aldeas vecinas.

Tan pronto como se hizo oficial la muerte de Ramón, Rufino llamó a Teresina.

—Mañana por la tarde pasaré a cobrar. Ten el dinero preparado y no intentes jugármela como la otra vez. En esta ocasión vendré preparado, y ya sabes lo que pasa si me quieres engañar.

Al día siguiente por la tarde, Rufino se presentó en la mansión. Llamó a la campanilla con el revólver en la mano y dio un paso atrás, apuntando hacia la puerta. Teresina abrió, mostrándole las manos para que pudiera comprobar que no iba armada.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó, sin dejar de apuntarla— Dile que venga hacia aquí con las manos en alto.

—Estoy aquí —dijo Miquel, saliendo de detrás de su hermana con las manos en alto.

—¡Pues venga, vamos hacia dentro! —les ordenó, apuntándoles con el revólver.

Entraron hasta la cocina. Teresina le ofreció sentarse todos alrededor de la mesa. Sobre ella había una bolsa con el dinero y una bandeja de pastelitos.

—Puedes contar el dinero —le dijo, señalando la bolsa—. Comprobarás que está todo.

Rufino se fijó en los pastelitos que descansaban sobre la mesa, junto a una botella de moscatel de L’Empordà.

—¿Estos son tus famosos pastelitos, de los que todo el mundo habla en la sociedad arqueológica? —preguntó —Los que me ofreciste la otra vez estaban muy buenos.

—Sí, los he preparado para la ocasión, para celebrar que ya se ha acabado nuestro trato y que a partir de hoy no nos veremos nunca más. Finalmente, parece que todo ha acabado bien para todos, menos para el pobre Ramón.

—¡Todo está bien si acaba bien! —dijo Rufino.

Miquel sirvió tres vasos de moscatel, levantaron los vasos para brindar y se los bebieron de un sorbo. Miquel los volvió a rellenar, mientras Rufino empezaba a devorar pastelitos al tiempo que contaba el dinero y los seguía apuntando con el revólver. No se fiaba de aquellos dos hermanos.

—¿Qué habéis hecho con cadáver de Ramón? —quiso saber.

—Está enterrado en el sótano de la mansión, junto con los cadáveres de mis tres primeros maridos —dijo Teresina fríamente, como si tener cuatro cadáveres guardados en el sótano fuera lo más natural del mundo.

En aquel momento, Rufino se vio muerto. Si habían hecho aquella confesión de que había cuatro cadáveres enterrados en la mansión, era porque sabían que no saldría vivo para contarlo y volver a chantajearlos.

—¿Qué estáis tramando? —preguntó, nervioso, mientras se llevaba una mano a la panza. Sentía una extraña molestia en el estómago.

No contestaron, solo se lo quedaron observando con una sonrisa maquiavélica en la cara.

Rufino se empezó a encontrar mal. Los dos hermanos lo seguían contemplando fijamente, con una siniestra sonrisa pérfida.

Dejó caer el revólver y los ojos se le quedaron en blanco.

¡Sabía que lo habían envenenado! Cayó de la silla, y se quedó tendido en el suelo, inmóvil.

—¡Suerte que volvimos a guardar aquel bote de arsénico! —dijo Teresina.

—Tenemos que pensar en tirar los pastelitos que han sobrado —hizo notar Miquel—. No sea que todavía envenenemos a alguien más sin querer.

Le dieron unos golpes con el pie en la cabeza, para asegurarse de que estaba bien muerto.

No se movió. Arrastraron el cuerpo de Rufino y, con una patada, lo tiraron escaleras abajo hasta el sótano.

Ya tenían la tumba cavada y a punto. Lo echaron dentro de cualquier manera, y lo enterraron.

Volvieron a colocar las tarimas en su lugar.

Esta vez, Teresina también quiso decir unas palabras.

—¡Que tu cuerpo se pudra aquí debajo y se lo coman los gusanos, y que tu alma se queme en el infierno!

—Últimamente te has vuelto muy locuaz —bromeó Miquel.