La mansión Riera 2
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Rufino se despertó atado de pies y manos en una silla, en medio de la antigua fábrica.

La cabeza le dolía terriblemente, pero él ya estaba acostumbrado al dolor y podía soportarlo.

A lo largo de sus viajes por todo el mundo, había sufrido todo tipo de heridas, algunas de ellas seguramente habrían matado a una persona normal, pero él estaba hecho de otra pasta.

¡Había nacido para el peligro! Vio ante sí a Teresina y a Miquel que lo estaban apuntando con la escopeta de caza y con su propio revólver.

La herida del hombro no revestía gravedad y ya había dejado de sangrar.

La bala que le había disparado Teresina tan solo le había rozado.

El cuerpo de Ramón todavía estaba tendido en medio de la nave, tapado con una manta.

—¿Ya te has despertado, hijo de puta? —le dijo Teresina— Ahora te mataremos a ti, pero no será rápido. ¡Pagarás por haber matado a mi marido! Te haré sufrir de lo lindo.

—¡No matarás a nadie! —contestó Rufino, muy seguro de sí mismo— Todavía me necesitáis, tú y el memo de tu hermano.

Miquel le propinó un golpe con la culata de la escopeta en la pierna. Rufino hizo una mueca de dolor, pero no gritó.

—¿Cómo justificaréis la muerte de Ramón y la mía?

Podéis hacer desaparecer nuestros cadáveres, como hicisteis con el del Arnau, pero, ¿qué explicación darás para nuestra desaparición?

La policía investigará y acabará descubriendo que matasteis a Arnau, a Ramón y a mí.

Deja que me encargue de montar una versión creíble por la desaparición de Ramón, como hice con Arnau.

Ahora somos socios: vosotros matasteis a Arnau y yo a Ramón. Compartimos los mismos secretos.

Los dos hermanos se apartaron para poder discutir su propuesta sin que él los pudiera escuchar.

—Quizás tiene razón —dijo Miquel—. Podemos enterrar a Ramón en el sótano con los demás, y este malnacido puede hacer ver que ha desaparecido en Africa o en algún otro lugar, como hizo con Arnau. O como también hicimos nosotros mismos con Antoni y Prudenci.

Teresina se lo pensó un rato. Si venía aquí la policía para investigar la muerte de Ramón y revolvían mucho, acabarían descubriéndolo todo.

Y seguro que investigarían, porque Ramón había muerto de un disparo.

Además, el teniente García Morrón ya no estaba en el cuartel de Palafrugell.

Lo habían trasladado lejos y ahora otro teniente de la Guardia Civil, mucho más joven, ocupaba su puesto.

Era el teniente Romerales. A éste se le veía con más ganas de trabajar y resolver los problemas, porque pretendía ganar puntos para conseguir un destino más importante: quería ir a Madrid.

Al teniente García Morrón todo le importaba un rábano y era buen amigo de la familia.

Seguramente no se habría esforzado demasiado en investigar la desaparición de Ramón, pero este nuevo teniente aún les traería problemas.

Tendrían que hacer las cosas bien hechas y no les quedaba más remedio que confiar en Rufino.

—¡Vale! —dijo finalmente— Lo haremos como él dice, pero después, cuando todo esto esté solucionado, lo mataré. Y tú me ayudarás.

Miquel asintió con un gesto de la cabeza.

Volvieron con Rufino, que seguía atado en la silla, pero muy tranquilo. Estaba seguro de que aceptarían su propuesta. Era la única cosa que podían hacer si querían ahorrarse una investigación policial que podría comprometerlos a todos.

—¡De acuerdo! —aceptó Teresina— Nosotros nos encargaremos de hacer desaparecer su cadáver y tú busca una excusa creíble para justificar su desaparición.

—Has tomado la decisión correcta —le dijo Rufino—. De hecho, ya he estado pensando cómo hacerlo. Ahora, desátame.

—Todavía no. Primero explícame cómo lo harás. No me fío de ti.

—No te preocupes por ello. Es cosa mía.

—¡No! ¡Es cosa de todos! Quiero saber qué tienes pensado.

—Está bien. La semana pasada fui a hacer una visita a mis amigos de la sociedad arqueológica —empezó a explicar Rufino—.

Me comentaron que han descubierto un templo abandonado en la India, en medio de la selva.

Querían enviar a alguien para hacer un reportaje y me pidieron que lo organizara.

Les diré que irá Ramón y lo prepararé todo, como hice con el safari de Arnau.

Viajaré hasta la India, haciéndome pasar por él, y pagaré a unos aldeanos para que testifiquen que un tigre lo devoró.

Tengo buenos contactos por todo el mundo, incluso en la selva.

Pero necesitaré dinero para todo esto, digamos que trescientas mil pesetas.

—Te daré ciento cincuenta mil ahora y el resto cuando vuelvas —le dijo Teresina—. No me fío de ti.

—Puedes fiarte de mí. Tengo tanto que perder como vosotros.

—La mitad ahora y el resto cuando hayas hecho el trabajo. O si no, te pego un tiro ahora mismo con tu propia pistola.

—¡De acuerdo! Eres una buena negociadora. Me gustas. Ahora desátame y devuélveme el revólver. ¡Y no me la juegues!

—¡Tú tampoco! Después de esto, no volveremos a vernos nunca más. No intentes hacernos más chantaje.

Teresina subió hasta la caja fuerte de su habitación y sacó unos fajos de billetes por valor de ciento cincuenta mil pesetas.

Los envolvió en papel de periódico y los llevó a la vieja fábrica, donde todavía permanecía atado un paciente Rufino.

Lo desataron, sin dejar de apuntarle con la escopeta, y le entregaron el paquete con el dinero y su revolver, al que previamente le habían quitado las balas.

No se fiaban de él. Rufino guardó el dinero y el revolver bajo su chaqueta de cuero y se marchó.

—¡Volveremos a vernos pronto! —se despidió con socarronería—. Tened el dinero preparado.

Los dos hermanos trasladaron el cuerpo de Ramón al sótano.

Esta vez no lo hicieron rodar escaleras abajo: lo bajaron con mucho cuidado entre los dos, agarrándolo uno por los pies y el otro por los brazos.

Levantaron unas tarimas del suelo y cavaron una tumba para enterrarlo.

En esta ocasión, Teresina sí quiso decir unas palabras de despedida:

—¡Descansa en paz! —dijo.

—¡Amén! —repitió Miquel.