La mansión Riera 4
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Durante un año, no supieron nada más de Rufino. Con el tiempo se fueron olvidando un poco de él, aunque no estaban tranquilos del todo. Intuían que en cualquier momento podría volver para pedirles más dinero. Finalmente, dejaron de pensar en ello, hasta que un día...

—¡Me ha llamado Rufino! —explicó Ramón, entrando en la cocina muy alterado.

—¿Qué quiere éste ahora? —preguntó Teresina, enojada.

—Ya te lo puedes imaginar. Quiere más dinero. Ahora me ha pedido cincuenta mil pesetas.

—¡Ya os lo dije, que volvería! —dijo Miquel—. Y no será la última vez.

—¿Cómo habéis quedado? —preguntó Teresina— ¿Qué le has dicho?

—Volverá a llamarme esta tarde para ver qué hemos decidido. Si no le pagamos, irá con el cuento a la policía.

—Dile que venga a casa, que le daremos el dinero —ordenó Teresina, en tono firme.

Los dos cuñados se la quedaron mirando, intrigados. No esperaban que ella aceptara tan rápidamente. ¡Seguro que ya estaba tramando algo!

—¡No me miréis con esta cara! —los recriminó— Si no acabamos con esto de una vez, no nos lo quitaremos nunca de encima. Todavía tenemos la escopeta de Arnau en el sótano y mucho espacio para cavar otra tumba.

—Todos asintieron, pero sin demasiado convencimiento.

—¿Y quién le disparará? —preguntó Ramón, con voz temerosa.

—Tú, le dispararás —aseguró Teresina—. Has sido tú quien nos has metido en este embrollo. Fue idea tuya contratar a este malnacido. Además, yo ya le disparé a Arnau. Ahora te toca a ti.

Entre los tres trazaron un plan para tenderle una trampa. Rufino se las sabía todas y no sería fácil enredarlo para poder matarlo. Además, seguro que él también vendría armado. Por la tarde, volvió a llamar a Ramón.

—¿Qué, viejo truhan? —le preguntó— ¿Qué has decidido?

—Te daré el dinero, pero me tienes que asegurar que ésta sí que será la última vez.

—¡Esto ya lo veremos! De momento, me conformo con estos cincuenta mil.

—Pero no quiero que mi mujer lo sepa. Ella no querría pagar y todavía tendríamos problemas. Esto quedará entre tú y yo. Ven por la noche a la antigua fábrica y allí te daré el dinero.

—¡No me la juegues! Vendré armado —lo amenazó.

Las campanas de la iglesia de Sant Marti tocaron las doce de la noche.

Era la hora acordada. Rufino entró en la finca Riera.

Todas las luces estaban apagadas. El resplandor de la luna apenas iluminaba el jardín de la casa y el patio de la antigua fábrica.

Se dirigió con precaución al viejo edificio.

La puerta estaba abierta y se entreveía una luz tenue en el interior, procedente de una bombilla que colgaba del techo.

Rufino se quedó en la puerta, sin acabar de entrar, y oteó el interior.

La luz que ofrecía la solitaria bombilla no llegaba a iluminar todos los rincones.

Se desconfió. Sabía que le habían tendido una trampa.

Si no habían tenido inconveniente en matar a Arnau, que era de su propia familia, ¿por qué habrían de tenerlo para querer matarlo a él, que sabían que les haría chantaje toda la vida?

—¿Ramón, estás aquí dentro? —llamó, desde fuera la puerta.

No hubo respuesta. Desenfundó el revólver Smith & Wesson cargado con balas Magnum que siempre llevaba escondido bajo la chaqueta, y sacó la cabeza por la puerta. No se veía a nadie dentro.

—¡Ramón! —volvió a llamar. Otra vez sin respuesta.

Entró dentro de la fábrica con mucha precaución, refugiándose en la sombra, y se escondió detrás de unas cajas.

Pudo ver una bolsa de mano colocada bajo la bombilla que colgaba del techo.

Era una trampa demasiado ingenua como para caer en ella.

¿Es que acaso se pensaban que iría a buscar la bolsa para que le pudieran disparar?

—¡Ramón, venga! ¡Sal de donde estás! Ponte al lado de la bolsa con las manos en alto. Sabes que yo no te dispararé. Tan solo quiero el dinero.

Ramón salió de la sombra con las manos en alto y se acercó lentamente hasta la bolsa, bajo la luz directa de la bombilla.

—Ya ves que no voy armado —dijo—. Ven a buscar la bolsa con el dinero.

—¿Hay alguien más por ahí escondido? —preguntó Rufino.

—¡No! ya te he dicho que no quería que Teresina supiera nada de esto.

—¿Y qué pasa con tu cuñado?

—Tampoco sabe nada —mintió—. No he querido arriesgarme a que se lo contara a ella.

Rufino salió de su escondite y se dirigió hacia él, apuntándolo con el revólver.

Todavía no se había acercado unos metros, cuando se escuchó una fuerte detonación y una bala impactó contra el hombro izquierdo de Rufino.

Teresina se maldijo por haber fallado el disparo.

Ella le apuntaba al pecho. Rufino dio un paso atrás y disparó contra Ramón, que cayó fulminado al suelo, con la cabeza reventada por la bala del calibre 357 Magnum.

Piel, cabello, huesos, cerebro y sangre volaron por los aires y se esparcieron por todas partes.

Teresina vio como su marido caía muerto y lanzó un grito, pero ahora no era momento de lamentarse.

Ya tendría tiempo de hacerlo cuando hubiera matado a aquel malnacido de Rufino.

Volvió a levantar la escopeta de caza y apuntó.

¡Rufino ya no estaba! Se había vuelto a esconder en la oscuridad.

Se quedó agachada en su escondite tras unas cajas, con la escopeta a punto, esperando a que Rufino hiciera algún movimiento.

Todo estaba en silencio y no se veía nada, fuera de la poca luz que ofrecía la bombilla que colgaba en el centro de la nave.

Esperó unos cuantos minutos, que se le hicieron eternos, sin moverse y sin apenas respirar.

De repente, notó una presión sobre su nuca. Era el revólver de Rufino, que la estaba encañonando. ¿Cómo lo había hecho aquel indeseable para llegar hasta detrás de ella sin que se diera cuenta?

—¡Venga, deja la escopeta y levántate! —le ordenó—. Ya has visto lo que pasa por querer engañarme.

Teresina soltó la escopeta y se levantó, con las manos en alto.

—Ahora no serán cincuenta mil —le dijo Rufino, sin dejar de apuntarla—. Ahora serán cien mil. Y da gracias a que no te dispare aquí mismo. Va, tira hacia la mansión.

Se oyó un golpe seco y Rufino cayó al suelo como un saco.

—¡Ya era hora! —dijo Teresina— ¿Dónde te habías metido?

—No era fácil acercarme sin hacer ruido —dijo Miquel, con el martillo en la mano.

—¿Lo has matado?

—Creo que no he pegado tan fuerte.

—¡Pues venga! Átalo bien, que no se nos escape.

Teresina fue corriendo hasta donde descansaba el cuerpo de su marido. Había quedado irreconocible, con la cabeza destrozada. Se abalanzó sobre él y unas lágrimas le brotaron mejillas abajo.