La mansión Riera 3
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La vida les sonreía y eran felices viajando por el mundo y asistiendo a todas las fiestas y celebraciones, pero, un día que Ramón se había marchado a Barcelona por negocios, se presentó en la mansión un misterioso personaje.

—¿Está Ramón? —preguntó aquel desconocido, tan pronto como Teresina le abrió la puerta.

Su aspecto le produjo cierta desconfianza.

Llevaba el cabello cortado como un militar y una barba corta, pero descuidada.

La ropa que llevaba era más adecuada para ir a un safari que para pasearse por un pueblo.

La vieja chaqueta de piel se veía limpia, aunque muy desgastada.

Se fijó que llevaba botas militares, como las que ella había visto tantas veces durante la Guerra Civil, cuando los milicianos iban a la fábrica para controlar la fabricación de las espoletas. Le trajeron malos recuerdos.

—Tú debes ser Teresina —le dijo el desconocido, con tono rudo y educado al mismo tiempo—. ¡Mucho gusto!

—Y usted, ¿quién es? —preguntó ella, con desconfianza. Le extrañó que aquel personaje misterioso conociera su nombre.

—¡Sí, perdona! No me he presentado. Me llamo Rufino, aunque todo el mundo me llama Rufus. Soy un viejo amigo de tu marido, Ramón.

—¿Y qué se le ofrece? —preguntó Teresina, un poco más tranquila al saber que aquel individuo era un amigo de Ramón.

—¿Ramón no te ha hablado de mí? Él y yo tenemos un negocio a medias. Me extraña mucho que no te haya hablado de mí, porque este negocio también te incumbe a ti. ¿Puedo pasar?

—Preferiría que no —le negó—. Es mejor que vuelva mañana, cuando esté Ramón. ¿Por qué dice que este negocio me incumbe a mí? ¿De qué va, todo esto?

Teresina volvía a desconfiar de aquel desconocido. Le daba mala espina y no le había entrado por el ojo derecho. Su instinto le decía que aquel misterioso individuo podría traerles problemas, por más amigo de Ramón que dijera que era.

—Dile a tu marido que volveré mañana al mediodía —le hizo saber, mientras daba unos pasos atrás con la intención de marcharse—. Y de paso, pregúntale cuál es este negocio que tenemos entre los tres. Él ya sabrá de qué le hablas.

Rufino dio media vuelta y comenzó a marcharse por donde había venido, sin despedirse.

Teresina se quedó intrigada y preocupada por la visita de aquel extraño individuo, y no dejó de observarlo hasta asegurarse de perderlo de vista.

¿Cómo es que la conocía? ¿Y por qué Ramón no le había hablado nunca de él, si es que tenían un negocio a medias?

¿Y por qué decía que este negocio también la implicaba a ella?

¿Qué tipo de negocio podía tener ella con un personaje como aquel?

Ramón llegó tarde por la noche, cansado por el viaje a Barcelona.

Había conseguido cerrar un trato importante con un cliente, pero le había costado bastante.

Tenía ganas de cenar y sentarse en el sofá para leer un poco, antes de acostarse.

A la hora de la cena, cuando estaban sentados los tres a la mesa, Teresina le explicó la visita del misterioso desconocido.

—¿Me puedes decir de qué va, todo esto? —le preguntó, un poco molesta.

Ramón se quedó muy sorprendido cuando Teresina le explicó que Rufino había ido personalmente a la mansión para encontrarse con él. Decidió que tenía que contarles la verdad.

—No os conté nada a ti ni a Miquel para no implicaros más. Fue él quien organizó la desaparición de Arnau en Sudáfrica.

—¿Y por qué ha venido, ahora? —preguntó Miquel.

—No lo sé —negó Ramón—. Hacía mucho que no sabía nada de él.

Se encargaba de organizar los viajes de la sociedad arqueológica y de solucionar todos los problemas que pudieran surgir, pero hace unos años que desapareció.

Había ido a Tailandia para organizarnos una expedición para visitar unas ruinas que acababan de descubrir, y ya no supimos nada más de él.

—¡Ha venido para hacernos chantaje! —dijo Teresina—. Sabe que lo matamos nosotros y ahora nos quiere extorsionar para que le demos más dinero. Nada más verlo, ya he desconfiado de él.

—¡No creo! —negó Ramón—. En la sociedad arqueológica, y también en el club excursionista, siempre hemos confiado en él. Además, él también está implicado en la muerte de Arnau. Recordad que fue quien se encargó de organizar su desaparición

—¡Pero mira que llegas a ser ingenuo! —le recriminó su mujer— Ya verás como lo que quiere es sacarnos dinero para cerrar la boca.

Al día siguiente al mediodía, como había prometido, Rufino se presentó en la mansión Riera para hablar con ellos. Ya lo estaban esperando. Fue Ramón quien le abrió la puerta.

—¡Hola, viejo truhan! —lo saludó efusivamente Rufino— ¿Cómo estás?

—¡Muy bien!, ¿y tú? —le correspondió al saludo Ramón— Hacía mucho que no sabíamos nada de ti. ¿Dónde te habías metido?

—Es largo de explicar —dijo, intentando no darle demasiada importancia—. ¿No me invitas a entrar y a tomar un whisky?

—¡Sí, claro!, pasa En cuanto supe que venias, le he pedido a mi mujer que preparara unos cuantos de sus famosos pastelitos.

Teresina los hizo sentarse alrededor de la mesa de la cocina.

No se fiaba nada de aquel tal Rufino y no lo quería ver en la sala, sentado en sus butacas Chester.

Había preparado los pastelitos de mala gana, y lo había hecho tan solo porque Ramón le había insistido. Miquel también se sentó con ellos.

—¿Quién es éste? —preguntó Rufino, señalándolo con un movimiento de la cabeza.

—Es mi hermano Miquel, y también está implicado en nuestro negocio —respondió Teresina, ásperamente.

—Ya veo que tu marido te ha contado de qué iba nuestro negocio —dijo, en tono burlón.

—¿Para qué has venido? —preguntó Ramón— No me digas que se trata de una visita de cortesía.

—¡Eres muy desconfiado! Hacía mucho que no nos veíamos y tenía ganas de pasar a hacerte una visita. Veo que la vida te va muy bien.

—¡Y yo que me lo creo! —dijo Teresina— ¿Qué es lo que quieres?

—Directa al grano, tu mujer. ¡Así me gusta! Necesito dinero y he pensado que tú me lo podrías dar.

—¡Lo sabía! —exclamó Teresina, mirándose a su marido— ¡Sabía que venía para hacernos chantaje! ¡Ya te lo había dicho, bobo!

—¡Eh!, que no quiero haceros chantaje —protestó Rufino—. Tan solo quiero cobrar lo que me debéis.

—¡Ya te pagué! —se enojó Ramón— A ti no te debemos nada. Ya cobraste por tu trabajo, ¡y mucho!

—Ya te he dicho que necesito dinero. Cuando fui a Tailandia a organizar vuestro viaje para la sociedad arqueológica, nada más llegar me detuvieron por llevar droga y me encerraron en una de sus infectas cárceles.

Me gasté todo el dinero en pagar abogados y sobornos para salir de aquel estercolero.

Ahora estoy sin blanca. Ninguno de vosotros se preocupó por lo que me podía haber sucedido.

Ni una llamada, ni una investigación, ni un abogado...

¡nada! Me dejasteis tirado para que me pudriera allí dentro.

—Nadie sabía qué te había sucedido ni dónde estabas —le rebatió Ramón—. También podías haber llamado tú a la sociedad arqueológica para hacernos saber todo eso que te estaba pasando.

—¿Qué te piensas, que en aquellas cárceles tienen teléfono? ¡Aquello no es Europa! Ahora sólo quiero una compensación por los daños morales y el tiempo perdido.

—Y si no te damos el dinero, ¿qué harás? —lo desafió Teresina— ¿Nos denunciarás porque tú hiciste creer que mi marido desapareció en Sudáfrica? Tienes tanto que perder tú como nosotros.

—¡No soy tan necio! Si teníais tanto interés por hacer ver que desapareció en África, es porque lo asesinasteis vosotros, ¿me equivoco? Seguramente a la policía le gustaría saberlo.

Ramón pensó que Rufino tenía razón. Ellos habían matado a Arnau y tenían todas las de perder. Sería más fácil demostrar que ellos eran los asesinos, que implicarle a él en su desaparición. Lo más prudente era ceder a sus exigencias.

—¿Cuánto necesitas? —preguntó.

—Digamos que mi silencio vale cien mil pesetas.

—Y cuando te los hayas pulido, volverás a por más, ¿no? —preguntó Teresina, desconfiada.

—Os doy mi palabra de que no me volveréis a ver nunca más —dijo, ofreciéndoles el dedo meñique para sellar la promesa. Ellos no le devolvieron el gesto.

Ramón fue a la caja fuerte que tenía escondida en su habitación y sacó unos fajos de billetes de dinero negro que tenía guardados para preservarlos de la codicia de Hacienda.

Los puso dentro de una bolsa y los bajó hasta la cocina, donde lo estaba esperando Rufino.

Él los contó con desconfianza y se los guardó dentro de la chaqueta.

—¡No quiero volver a verte nunca más! —le dijo Ramón —¡Ahora, lárgate de aquí!

—Ya te he dado mi palabra de que os dejaré tranquilos —le reiteró—. Por mí, ahora estamos en paz. No nos veremos más.

Se quedaron aligerados cuando Rufino se marchó.

—¿Lo sabéis, no, que esto no se ha acabado? —les advirtió Miquel.

—¡Esperemos que no vuelva! —deseó Ramón.

Los hermanos Serra se lo miraron, con poco convencimiento. Estaban seguros de que aquello no había terminado.