La mansión Riera 2
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Esta vez, Teresina y Ramón quisieron realizar una celebración discreta, tan solo con los amigos más íntimos y algún personaje importante del pueblo que no podían dejar pasar por alto.

No querían llamar la atención, aunque todo el pueblo ya estaba enterado.

Celebraron la fiesta en la mansión, a puertas cerradas.

Unos cuantos reporteros locales se apiñaron en el portal de la entrada para conseguir unas fotografías, pero dos agentes uniformados de la Guardia Civil se lo prohibieron.

¡El teniente García Morrón era uno de los invitados de honor!

El restaurante de siempre se encargó de llevar el menú. Ya hacía treinta años que llevaban catering a la mansión Riera. Instalaron una nueva carpa en el jardín, donde celebraron toda la fiesta y una orquesta amenizó la celebración, como ya era habitual en las bodas de Teresina.

¡A la cuarta va la vencida!, y, por primera vez, Teresina pudo hacer un viaje de bodas con todo tipo de lujos y sin estarse de nada.

Recorrieron todas las ciudades de Europa, alojándose en los mejores y más lujosos hoteles.

Visitaron Paris, Londres, Viena, Roma, Venecia, y todos los lugares imprescindibles y destinos románticos del continente.

En Paris, subieron a la torre Eiffel, comieron croissants e hicieron un crucero por el Sena.

En Venecia, se pasearon en góndola y desayunaron en la plaza de San Marcos.

En Viena, fueron a la ópera y tomaron café en el Sacher...

El viaje duró dos meses y volvieron aún más enamorados de lo que estaban cuando se habían marchado.

Ramón era un marido atento y afectuoso. Dejó de realizar viajes de aventura y le juró que no haría ninguno más si ella no quería acompañarlo.

Ella le insistió para que no dejara de viajar, pues sabía que aquello era su pasión, y durante los próximos dos años, lo acompañó a unas excavaciones arqueológicas en Egipto, donde habían descubierto unas tumbas nuevas, y en Guatemala, donde se estaba excavando una ciudad perdida.

También estuvieron en Vietnam, donde se había encontrado un templo perdido en medio de la selva, justamente unos meses antes de que estallara la Guerra de Vietnam, y de donde tuvieron que marcharse a toda prisa antes de que les enganchara de lleno el conflicto armado.

Les fue de un pelo y, cuando se lo contaban a los miembros de la sociedad arqueológica o a las amigas del Club de Señoras Distinguidas, se hacían un hartón de reír, a pesar del susto que se llevaron en su momento

Teresina le había pillado el gusto a la aventura y Ramón se desvivía para que se lo pasara bien.

Ella también se apuntó a la sociedad de arqueología de Barcelona y, cada vez que regresaban de alguna expedición, daban conferencias en la sede social de la sociedad arqueológica, donde les pasaban las diapositivas del viaje.

Después, también iban a pasar las mismas diapositivas al local del Club de las Señoras Distinguidas de Palafrugell, las cuales se morían de envidia.

Miquel se avenía muy bien con su nuevo cuñado.

Al menos, él no lo amenazaba con echarlo de casa.

Incluso le ofreció trabajo en su empresa como recepcionista.

Era un trabajo pensado expresamente para él: no pegaba ni brote en todo el día y cobraba un sueldo a final de mes que le permitía salir de fiesta y emborracharse con sus amigos.

Decidieron que era hora de tener un hijo y lo intentaron insistentemente, pero el embarazo se resistía a llegar.

Teresina ya tenía cuarenta y cuatro años y el médico le desaconsejó que lo siguiera intentando.

A su edad ya no había nada que hacer y podía resultar peligroso.

Se tuvieron que conformar, pero Teresina no se quitaba de la cabeza la idea de poder adoptar a un niño.

¡Le haría tanta ilusión ver crios corriendo y jugando por la mansión!

Se lo propuso a Ramón, pero él le hizo entender que quizá ya eran demasiado mayores para adoptar un hijo y que, probablemente, no se lo concederían.

Valía más que se dedicaran a disfrutar de la vida y así lo hicieron.

Siguieron viajando, organizando fiestas en la mansión y asistiendo a todas las celebraciones a las que los invitaban.

Finalmente, optaron por cambiar la vieja caldera de carbón por una moderna de gasóleo de la marca Roca, que acababan de salir al mercado.

Los instaladores tardaron dos semanas en desmantelar la caldera vieja, instalar la nueva, colocar un depósito de gasóleo donde estaba la montaña de carbón, y pasar todas las tuberías y cables.

A Teresina y a Miquel les daba miedo hacer tantas obras en el sótano, porque temían que pudieran salir al descubierto los cadáveres que tenían enterrados allí.

¿Cómo lo podrían explicar? ¡Acabarían encerrados en la cárcel!

¿Qué pensaría Ramón cuando se enterara de que Arnau estaba enterrado en el sótano de la casa donde él vivía, junto con los cadáveres de los dos primeros maridos de Teresina?

Por suerte para ellos, los operarios pudieron realizar el cambio de caldera sin demasiado ajetreo.

Los hermanos Serra se quedaron muy aligerados cuando los instaladores se marcharon de la mansión sin sospechar que, bajo sus pies, había tres cuerpos enterrados y pudriéndose.