La mansión Riera EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Saliendo del funeral, Carles, el médico, el teniente y yo fuimos al casino para recordar a Teresina tomando unos wiskis.

—Ahora que ya está muerta, nos puedes explicar todo lo que te contó —me preguntaban todos—. Estamos muy intrigados por saber quiénes eran los muertos que había enterrados en el sótano. Seguro que a ti te lo confesó.

Quien estaba más intrigado era el teniente Romerales.

—Estoy seguro de que eran los cuatro maridos desaparecidos y su hermano Miquel —especulaba—. Pero, lo que más me intriga, lo que realmente quería saber, es por qué los mató y cómo lo hizo. ¿Los mató por su dinero, o había algo más siniestro?

—Pues a mí, lo que más me sorprende, si es que realmente fue ella quien mató a sus maridos, es como se lo hizo para hacernos creer que habían desaparecido —se preguntaba el médico—.

Todos aquellos montajes no son fáciles de llevar a cabo.

Alguien la tenía que haber ayudado, porque ella y el tarambana de su hermano no creo que lo hubieran podido preparar solos. Tenían que tener un cómplice.

—¡Tienes razón! —coincidió Carles— Hacer creer que Antoni desapareció en la guerra y Prudenci en el mar, quizás no fue tan complicado.

Era una época convulsa y tampoco era fácil de investigar, pero las desapariciones de Arnau y Ramón en África y en la India parece cosa de profesionales.

Ellos dos solos no lo hubieran podido hacer. Alguien los tuvo que ayudar.

—Yo también he estado pensando en ello —dijo el teniente—. Teresina disponía de mucho dinero y tenía muchos contactos en todas las esferas. Podría haber contratado a algún delincuente experto para planearlo todo y llevarlo a cabo.

—¿Y no crees posible que este mismo cómplice después les hubiera hecho chantaje y ellos se lo habrían cargado para silenciarlo? —especuló el médico— Quizás este cómplice es el quinto cadáver.

—Es posible, pero entonces, de su hermano, ¿qué se hizo? —preguntó Carles—. Él también desapareció misteriosamente.

—Dicen que antes de desaparecer, se le veía que iba a menudo con una especie de bruja brasileña —explicaba el médico—. Se ve que hacía magia negra y vudú. Yo no creo en estas cosas, pero da que pensar. Todo esto es demasiado misterioso.

Yo me daba un hartón de reír con sus especulaciones. Tan sólo yo sabía la verdad, pero no pensaba explicársela.

—¿Y no pudiera ser que sencillamente hubiera marchado al extranjero, como explicaba Teresina?

—les decía yo—. Siempre estáis buscándole tres pies al gato.

¿No decís los policías que la solución más sencilla suele ser la correcta?

Aún más: ¿y si ninguno de aquellos cadáveres fuera de sus maridos?

¿Y si realmente habían desaparecido, como intentaron hacernos creer?

¿De quién podrian ser aquellos cadáveres?

Todas vuestras teorías se desvanecerían.

Los cuatro se me quedaron mirando intrigados. Tal vez tenía razón. Les estaba llenando la cabeza de dudas y ya no sabían qué pensar ¡Cómo me odiaban!

Teresina, en su testamento, había dejado toda su fortuna a los diferentes orfanatos que había por toda Cataluña.

Había muerto sin haber podido cumplir su sueño de tener un montón de hijos para llenar aquella enorme mansión, pero no había dejado de pensar nunca en todos los niños y niñas de los orfanatos que esperaban ser adoptados algún día. Ahora, su dinero les mejoraría la vida.

Unos años más tarde, creí que ya era hora de que la gente supiese la verdad sobre Teresina y conociera finalmente los secretos que había escondido la mansión Riera. Por eso, decidí escribir esta historia y hacerla pública.

El teniente Romerales ya se había jubilado hacía tiempo y no sabía si algún día llegaría a leer este libro y, de esta manera, pudiera llegar a saber qué era lo que realmente había sucedido dentro de aquella misteriosa mansión.

Recuerdo que, cuando se marchó del pueblo, le organizamos una pequeña celebración de despedida.

Estaba muy molesto porque no había podido resolver los misterios de los cadáveres que encontramos en el sótano de la mansión.

Pero, sobre todo, estaba molesto conmigo, porque pensaba que Teresina me había confiado todos sus secretos antes de morir y yo no los quería compartir con él.

Una semana después de la publicación del libro, me llamó desde un pueblo de A Coruña, donde disfrutaba de su jubilación.

—¡Eres un malnacido! —me dijo— ¡Lo sabías todo y no me dijiste nada!

—Pues ahora ya sabes todo lo que pasó. Como me dijiste un día, la verdad siempre acaba saliendo a la luz.