La mansión Riera 10
75%

10

Ramón se pasó el resto de la noche cavilando como podría hacerlo para justificar la desaparición de su amigo.

Si no encontraba una manera convincente de hacerlo, la gente se preguntaría qué había pasado con él, levantarían sospechas y la Guardia Civil empezaría a investigar.

Y todas las sospechas recaerían sobre Teresina y, si se descubría que él era su amante, también recaerían sobre él mismo.

Todo el mundo sabía que Arnau estaba organizando un safari para ir a Sudáfrica a cazar un elefante.

Sería una buena ocasión para simular su desaparición.

Sudáfrica era un lugar remoto y peligroso, donde empezaban a haber problemas políticos y militares otra vez...

un buen lugar para desaparecer sin dejar rastro.

Pero, ¿cómo demostrar que Arnau había ido al safari?

¿Y cómo hacer ver que había desaparecido allí? La solución podía ser Rufino.

Rufino, o Rufus, como era más conocido por todos, era la oveja negra del club excursionista y de la sociedad arqueológica, pero también era el que siempre les solucionaba todos los problemas.

Podía organizar viajes a países prohibidos encontrando siempre la manera de hacerles cruzar las fronteras, sabía falsificar documentos y pasaportes, y los podía sacar de las situaciones más comprometidas y peligrosas.

Tenía contactos en todas partes del mundo.

Nadie sabía cómo se lo manejaba, pero siempre salía bien parado de todo.

Normalmente era él quien les preparaba los viajes a los países más remotos.

En este aspecto, se podía confiar ciegamente en él, siempre que se aceptaran sus honorarios.

Ramón fue a encontrarlo para exponerle su problema.

—¿No podíamos haber quedado en el club, como siempre? —se extrañó Rufino— ¿Cómo es que me has hecho venir a este bar del puerto?

Rufino ya sospechaba que, si lo había citado en uno de los peores tugurios de Barcelona, era porque lo que le quería proponer no debía ser legal del todo.

Las mesas estaban sucias, los vasos estaban sucios y los marineros llenos de tatuajes estaban sucios.

Del retrete, ¡mejor no hablar! Ramón se sintió cohibido e indefenso dentro de aquel local sórdido y peligroso, hasta que vio llegar a Rufino.

Él podía ser más peligroso que todos aquellos individuos de los bajos fondos juntos.

Ramón le expuso su problema: necesitaba simular que una persona había desaparecido, pero no le quiso explicar que esta persona estaba muerta. Su amante le había disparado con una escopeta de caza mayor y le había reventado los intestinos.

—¿Quieres que parezca que una persona ha desaparecido en Sudáfrica?

—le preguntó— Eso ahora es muy fácil. Hace poco empezó allí una especie de revuelta racial.

Los del Partido Nacional intentan segregar a toda la población negra y hay muchos disturbios.

Lo llaman un apartheid . Si desaparece alguien allí, no creo que tengan muchas ganas ni tiempo para investigarlo a fondo.

—Pero tenemos que poder demostrar que ciertamente ha ido allí, si no, no se lo creerá nadie.

—¡Esto es cosa mía! —aseguró Rufino— Pero no te saldrá barato. Sospecho que hay un muerto de por medio. Si es así, yo no quiero saberlo. Es cosa tuya.

—¿Cuándo me costará? —preguntó Ramón.

—Doscientas mil pesetas.

—¡Cojones!

—Piensa que tengo que viajar a Sudáfrica, que ahora mismo es un lugar muy peligroso, y regresar. También tendré que falsificar algunos documentos y organizar una falsa cacería. Y, si realmente hay un muerto de por medio, cosa que yo no quiero saber, podría tener problemas si se descubre.

—¡Vale! ¡De acuerdo!

—Necesito el pasaporte de este tal Arnau. ¿Lo puedes conseguir?

—No creo que haya ningún problema.

Aquella misma tarde, tan pronto como regresó de Barcelona, Ramón fue directamente a la mansión Riera con la intención de pedirle a Teresina el pasaporte de Arnau.

A ella no le hizo ninguna gracia verlo llegar a su casa.

El dia anterior habían matado a su marido y todavía no era prudente que se les viera juntos.

—Más vale que no vengas por aquí durante una temporada —le recomendó—. Tenemos que ser discretos. ¿Has pensado cómo justificar la desaparición de Arnau?

—Es por eso que he venido. Necesito que me des su pasaporte, para hacer ver que ha ido al safari de Sudáfrica a cazar elefantes y que ha desaparecido en la selva.

—¿Cómo lo harás? Parece complicado.

—Tengo un amigo que se encargará de todo, pero no saldrá barato. ¿Qué has hecho con su cuerpo?

—Por eso no te preocupes. No lo encontrarán nunca.

Ramón se quedó muy intrigado por cómo se lo habían montado los hermanos Serra para deshacerse del cuerpo de Arnau.

Parecía que lo tenían muy claro, como si ya lo hubieran estado planeando con antelación.

¿Lo habían ido a enterrar a algún escondite recóndito y secreto?

¿O quizás lo habían quemado en la caldera de carbón?

Esta última alternativa parecía más plausible.

A pesar de todo, no pensaba preguntarles.

Ya se veía a la legua que no estaban dispuestos a soltar prenda.