La mansión Riera 9
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Teresina y Ramón estaban encamados en la habitación de ella en la mansión.

—¿Seguro que Arnau no volverá hasta finales de semana? —le preguntaba Ramón, un poco preocupado.

—¡Sí, tranquilo! —lo alivió Teresina— Ha reservado la pensión en Benasque para tres días. Nos lo podemos tomar con calma.

Arnau llegó a la mansión que ya era negra noche.

Estaba cansado, tenía hambre y se encontraba de muy mal humor.

Aparcó el coche delante mismo de la puerta de la mansión, sin que Teresina y Ramón lo oyeran llegar, enfrascados como estaban en sus tareas amorosas.

Sacó la escopeta y la bolsa del maletero y entró en la casa, enfadado y dispuesto a pelearse con Miquel.

Le extrañó no encontrarlo estirado en el sofá y con una botella de vino en la mano.

Seguramente había salido a emborracharse con sus amigos. ¡Ya lo pillaría cuando volviera!

Al acercarse a la escalera, escuchó unos gemidos que provenían del primer piso, donde estaban las habitaciones. Arnau no tenía un pelo de tonto: ¡su mujer le estaba haciendo el salto! Dejó caer la bolsa y subió la escalera, furioso y con la escopeta colgada al hombro.

Entró de golpe en la habitación de Teresina y se quedó boquiabierto al descubrir que, con quien le estaba poniendo los cuernos su mujer era con su mejor amigo, Ramón.

—¡Hijo de puta! ¡Te estás tirando mi mujer cuando yo no estoy! —gritó— Y tú, ¡eres una mala pécora! ¡Os mataré a los dos!

Se descolgó la escopeta del hombro, la sacó de la funda y la cargó.

Toda esta maniobra dio tiempo a Ramón para saltar de la cama y lanzársele encima, en pelota picada y aún empalmado.

Teresina soltó un grito. Los dos contendientes comenzaron a pelearse a puñetazos.

La escopeta cayó al suelo, cargada. Ninguno de los dos llegaba para cogerla.

Miquel estaba en su habitación durmiendo la mona y se despertó de golpe al oír todo aquel alboroto.

Tardó unos segundos en espabilarse. No sabía de dónde provenía todo aquel griterío y pensaba que todavía estaba soñando.

Al darse cuenta de que el revuelo provenía de la habitación de Teresina, en un primer momento no hizo ningún caso.

¡Sí que se lo estaban pasando bien su hermana y su amante!

Mañana, cuando se despertara, les tomaría el pelo.

Dió media vuelta dispuesto a seguir durmiendo la mona.

Se tapó la cabeza con la almohada, para no escucharlos, pero no logró amortiguar el volumen de aquel griterío.

No tardó en advertir que los gritos que no lo dejaban dormir no eran gemidos de placer, sino que provenían de dos hombres que se estaban peleando. Saltó de la cama y fue corriendo a la habitación de su hermana para comprobar qué estaba pasando.

Arnau y Ramón se estaban peleando intentando llegar a la escopeta, que había ido a parar a la otra punta de la habitación.

Los dos rodaban por el suelo, se levantaban y volvían a darse de puñetazos, hasta que volvían a caer por tierra bien agarrados.

Cada uno intentaba que el otro no pudiera llegar primero a la escopeta cargada.

Teresina estaba de pie sobre la cama, con el camisón de dormir puesto, intentando bajar del catre para ir a recoger la escopeta, pero aquellos dos contendientes que rodaban de un lado a otro de la habitación peleándose, le impedían el paso.

—¡Te mataré, hijo de puta! —gritaba Arnau, mientras soltaba puñetazos y golpes— ¡Y a la puta de Teresina, también! ¡Os mataré a los dos, cabrones!

—¡Cálmate, Arnau! Lo podemos hablar como personas civilizadas —intentaba apaciguarlo inútilmente Ramón, mientras se defendía de los golpes—. Todo se puede arreglar.

—¿Queréis dejar de pelearos? —gritaba Teresina— ¡Dejad de hacer el burro!

Arnau no atendía a razones. Había perdido la chaveta. De un fuerte puñetazo, tiró a su amigo al suelo y se lanzó a coger el arma.

—¡Miquel! —gritó Teresina— ¡Coge la escopeta!

Miquel estaba más cerca del arma y la cogió, más por instinto que por otra cosa.

Se la quedó mirando unos instantes con cara de bobo y se la lanzó a Teresina.

Ella la cogió al vuelo, mientras Arnau se abalanzaba sobre ella para quitarle el arma.

Teresina apuntó y disparó contra su marido, sin pensárselo dos veces.

Un fuerte trueno retumbó por toda la habitación, ensordeciéndolos a los cuatro.

El retroceso del arma lanzó a Teresina contra el cabezal de la cama.

Arnau se llevó las dos manos al estómago y se lo quedó mirando estupefacto.

La bala del calibre 300 Win Mag disparada a bocajarro le había abierto un buen boquete en el abdomen y los intestinos se le empezaban a escapar por entre medio de los dedos.

Levantó la cabeza para echar una última mirada incrédula a su mujer, antes de desplomarse al suelo.

Ramón se lo quedó mirando, sin poder creer lo que había sucedido. ¡Teresina acababa de destripar a su marido con un disparo de su propia escopeta! Arnau descansaba en el suelo de la habitación, en medio de un charco de sangre y de intestinos esparcidos que se le escabullían de entre las manos.

—Pero, ¿qué has hecho? —preguntó, alarmado— ¡Lo has matado! ¡Iremos todos a la cárcel!

—¡No irá nadie a la cárcel! —aseveró Teresina, muy segura— Ya encontraremos la manera de solucionarlo. Si no le hubiera disparado, nos habría matado él a nosotros. Ha sido en defensa propia.

—Todo esto de la defensa propia, explícaselo a la Guardia Civil —decía Arnau, muy alterado— No se lo va a creer nadie.

—¡No tenemos que explicar nada a nadie! Miquel y yo nos encargaremos de deshacernos del cadáver. Tú piensa cómo justificar su desaparición. ¡Y tápate las vergüenzas!

Ramón todavía iba desnudo, pero con la tensión y los nervios, no se había dado cuenta . No podía apartar la vista del cuerpo sin vida de su amigo, que yacía en el suelo de la habitación en medio de un charco de sangre y con los intestinos desparramados sobre la alfombra.

—¿Que os desharéis del cadáver, dices? ¿Y cómo lo pensáis hacer? —preguntó incrédulo, mientras intentaba cubrirse las partes con la almohada.

Ramón todavía no podía hacerse cargo de lo que había sucedido y de todo lo que le estaba diciendo Teresina. Daba la sensación de que se encontraba en shock.

—Esto es cosa nuestra —le dijo Teresina—.

Tú no tienes porqué saber nada de ello. Tan solo tienes que preocuparte de encontrar la forma de justificar su desaparición para cuando lo empiecen a echar en falta.

Tú eres hombre de mundo y seguro que encontrarás la manera de hacerlo.

Ahora vístete y márchate. Déjanos a Miquel y a mí que hagamos nuestro trabajo.

Ramón se vistió y abandonó la mansión, angustiado y con la cara pálida como la nieve.

Ya era pasada la medianoche y no había nadie por las calles que pudiera verlo deambular estupefacto.

Al llegar a su casa, se sentó en el sofá intentando asimilar lo que acababa de suceder aquella noche.

Se sirvió un vaso de whisky escocés. ¡Todo aquello había sido una auténtica mierda!

¿Por qué Arnau había tenido que regresar antes de tiempo?

¿Por qué Teresina le había disparado? Sí, sin duda, si no lo hubiera matado antes ella, ahora los muertos serían Teresina y él mismo.

¿Cómo se lo harían aquellos dos para hacer desaparecer su cuerpo?

Parecían muy seguros de poder hacerlo. ¿Y cómo lo haría él para encontrar una excusa que justificara la desaparición de su amigo?

Teresina y Miquel envolvieron el cuerpo de Arnau con sacos de plástico y lo hicieron rodar escaleras abajo hasta el recibidor.

Abrieron la puerta del sótano y lo tiraron por las escaleras.

¡Ahora ya tenían mucha práctica! Cavaron una tumba junto a las de Antoni Riera y Prudenci Amat, y lo enterraron.

—Imagino que esta vez tampoco querrás decir unas palabras —le dijo Miquel.

—¡Descansen en paz! —se limitó a decir Teresina

—¡Amén! —confirmó Miquel.

—Mañana mismo iremos a comprar unas tarimas para ponerlas en el suelo del sótano y las colocaremos nosotros mismos. No quiero que venga ningún operario a remover por aquí abajo, no fuera que todavía descubrieran las tumbas.

—Podríamos cementarlo —propuso Miquel, mirándose las tumbas bien disimuladas—. Sería más seguro.

—¡No! —negó su hermana, mientras daba los últimos retoques a la sepultura de Arnau— No sabemos si algún día tendremos que volver a enterrar a alguien más. Si lo cementamos, luego nos costará mucho cavar una tumba.

—¡Estás como una cabra! ¿Cómo quieres que tengamos que enterrar más gente en el sótano? Esto no es un cementerio.

—¡Nunca se sabe! Ahora esperemos que este tarambana de Ramón sepa encontrar la manera de justificar la desaparición de Arnau.

A nosotros todavía nos queda el trabajo más desagradable: limpiar toda la sangre y los intestinos que hay esparcidos en mi habitación. Empieza a llenar cubos de agua y lejía.

Los dos hermanos, provistos con guantes de plástico y cubos, comenzaron a recoger los trozos de intestino ensangrentados que habían quedado esparcidos por el suelo, conteniendo las arcadas como podían. Luego limpiaron con trapos toda la sangre derramada y después lo quemaron todo en la caldera.