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Las ausencias continuadas de Arnau se convertían en presencias habituales de Ramón.
Y ya no sólo para tomar el café y comer pastelitos, sino también para perpetrar traiciones amorosas y carnales.
Teresina y Ramón ya eran amantes a espaldas de Arnau.
Hasta entonces, Ramón había visitado la mansión de Teresina de manera abierta y sin necesidad de discreción, pero, ahora que eran amantes, lo tenía que hacer a escondidas, para no levantar sospechas.
La gente del pueblo era muy chismosa y no perdonaba infidelidades, aunque medio pueblo llevaba unos cuernos que no pasaban por las puertas.
Teresina ya empezaba a estar un poco harta de Arnau.
Al principio de su matrimonio había sido un marido muy atento y la satisfacía de cumplimientos, pero, poco a poco, se había ido volviendo desagradable y arisco con ella.
Le daba la sensación de que la evitaba, sobre todo cuando sacaba el tema de la adopción de un niño o una niña.
Pasaba horas encerrado en la casa donde guardaba sus trofeos de caza y ya no se relacionaba demasiado con sus amigos, ni siquiera con Ramón, su mejor amigo.
Estaba obsesionado con su colección de animales disecados y trofeos de caza, y pasaba largos ratos observándola y pensando en cómo aumentarla.
Dedicaba más tiempo que nunca al trabajo y a los negocios y, durante el día, casi no se le veía el pelo por casa.
No era extraño, pues, que Ramón fuera entrando cada vez más en la vida de Teresina.
Ella llegó a pensar que la mansión estaba maldita desde la muerte del señor Riera y que influía sobre el carácter de sus habitantes, obligándolos a volverse malévolos y a cometer atrocidades.
Su primer marido, Antoni Riera, perdió la chaveta, seguramente por la presión de la Guerra Civil, y acabó intentando matar a Miquel.
Su segundo marido, Prudenci Amat, se fue volviendo cada vez más mezquino e intratable, hasta que ella ya no pudo más.
Daba la sensación de que se había vuelto loco.
Y algo similar le estaba pasando a su actual marido, Arnau Puigverd.
Los cadáveres que escondían bajo el sótano, seguramente no ayudaban a crear un ambiente muy benigno.
¿Era posible que este tipo de presencia maligna e invisible les estuviera afectando también a ella y a Miquel?
Le habían destrozado la cabeza a Antoni con un mazo, habían envenenado a Prudenci con arsénico, y ahora ya se estaba planteando acabar con Arnau, porque no podía soportarlo más.
Llegó a Benasque y se alojó en la pensión que le habían recomendado los responsables del coto y organizadores de la cacería.
Al día siguiente, a primera hora de la mañana, lo pasarían a recoger para llevarlo a la montaña donde esperaban encontrar los rebecos.
Él había pagado para cazar un macho grande con una buena cornamenta.
Durante la noche cayó una gran nevada no pronosticada por el hombre del tiempo que dejó los accesos a la montaña completamente impracticables.
Por la mañana, cuando se despertó y vio todas las calles y montañas cubiertas de nieve, no podía creerse la mala suerte que había tenido.
En seguida lo llamaron a la pensión los organizadores de la cacería.
—Nos sabe mal, señor Puigvert, pero tendremos que anular la cacería al menos hasta la próxima semana — una voz pesarosa le anunció la mala noticia que ya se había estado temiendo—. Aquí arriba estamos incomunicados por la nieve y el pronóstico es que siga nevando toda la semana.
Arnau no estaba dispuesto a pasarse toda una semana encerrado en la pensión.
Sería una solemne tontería. Más le valía volverse a su casa.
Esperó a que la máquina quitanieves limpiara la carretera hasta Huesca y regresó muy enfadado a Palafrugell.
Este año se quedaría sin rebeco, pero pronto podría ir a cazar su elefante a Sudáfrica y se haría pasar las ganas.
El camino de vuelta hasta Palafrugell era largo y, mientras conducía, se iba maldiciendo los huesos por la mala suerte que había tenido.
Renegaba del hombre del tiempo por no haber sabido predecir la gran nevada.
Empezó a llover y eso le obligaba a conducir más lentamente y con mucha precaución por aquellas carreteras estrechas y llenas de curvas.
Tal vez algún día construirían aquí autopistas como las que había visto en América.
Los faros del SEAT 1400 apenas podían iluminar la carretera y los limpiaparabrisas no daban abasto.
Él solo se iba enfadando más y más por momentos. Si llegaba a la mansión y se encontraba al inútil de Miquel ganduleando en el sofá y borracho, como solía hacer siempre, lo amenazaría con la escopeta para echarlo de casa. Si lo hacía cabrear mucho, aún le dispararía un tiro en el culo.