La mansión Riera 7
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No pasó mucho tiempo antes de que Miquel se convirtiera en el objeto de las fijaciones de Arnau.

—Quizás ya empezaría a ser hora de que este inútil de tu hermano sentara la cabeza, se buscara un trabajo y una mujer, y se marchase de nuestra casa. ¿O es que debemos mantenerlo toda la vida?

—El pobre ya busca trabajos para realizar —intentaba justificarlo Teresina—. Pero es que le duran poco.

—¡Claro, que le duran poco! Como que no sirve para nada.

Siempre ha vivido con la espalda recta. Sólo piensa en salir a emborracharse con sus amigos, a costa de tu dinero.

Le doy tres meses para que se busque otro lugar para ir a vivir, pero no lo quiero ver más ganduleando por aquí, en nuestra mansión.

—En primer lugar, es mi mansión —le replicó Teresina—. Y, en segundo lugar, es mi hermano y no le pienso pedir que se marche de casa.

Teresina no podía explicarle a su marido el macabro secreto que compartía con su hermano: que tenían dos cadáveres pudriéndose en el sótano de la casa, los cadáveres de sus dos primeros maridos.

Esta era la cuestión por la que no podía echarlo de casa, no fuera caso que se le ocurriera ir contándolo a todo el mundo.

Ya bastante que sufría para que no se le escapara de contarlo a sus amigos durante una de sus entrompadas.

—La semana próxima iré a Extremadura para cazar un ciervo —le dijo Arnau—. Me quedaré allí toda una semana. Cuando vuelva, hablaremos seriamente de lo que hacemos con el inútil de tu hermano. Empieza a mentalizarlo de que tiene que marcharse de casa.

A la semana siguiente, Arnau cogió el tren hasta Madrid con una bolsa llena de pastelitos de Teresina para comerlos por el camino.

Allí lo fueron a recoger los responsables de la finca donde se encontraba el coto de caza, para llevarlo hasta la hacienda.

Ya era un cliente habitual y había pagado mucho dinero para cazar un ciervo con una buena cornamenta y pasar una semana en la finca, comiendo y bebiendo en compañía de personajes importantes, como políticos, jueces o militares del régimen, con quienes compartía su afición por cazar animales. A él le llamaban el señorito catalán .

Tan pronto se había marchado Arnau, Miquel fue a hablar con su hermana, muy angustiado.

Ella estaba en la cocina preparando unos pastelitos para llevarlos a su grupo de amigas, el Club de las Señoras Distinguidas.

Hoy iba a ir Ramón para pasarles unas diapositivas de unas excavaciones que había visitado en Egipto, donde había aprovechado también para realizar un crucero por el Nilo.

Sabiendo que Ramón estaba en Egipto, decidieron que el libro de esta semana sería Muerte En El Nilo , de Agatha Christie.

Estaban expectantes para ver las diapositivas que les había prometido.

Serían una buena ambientación gráfica para el libro de Agatha.

—¿Sabes qué me ha dicho, tu marido? —le preguntó Miquel a Teresina, mientras daba unos tragos de vino del porrón que tenían sobre la mesa de la cocina— Pues el muy capullo me ha dicho que cuando vuelva de Extremadura me quiere echar de casa. ¡Como si fuera su casa!

—Sí, ya lo sé. También me lo ha dicho a mí, pero no te preocupes. Es mi casa y no te pienso echar de la mansión.

—El secreto que compartimos me convierte a mí también en propietario de la mansión. Compartimos el secreto y compartimos la mansión.

—¡No te pases! —lo advirtió su hermana— Este secreto te da derecho a vivir aquí, pero la mansión todavía es mía.

—¡Tienes razón, perdona! —se disculpó— Pero, ¿y Arnau? Él también se cree que la mansión es suya.

—¡Que no se lo piense! —dijo Teresina, muy decidida— Si me toca mucho las narices, a quien echare fuera de casa será a él. ¡Que se vuelva a vivir con sus animales disecados!

—Creo que te precipitaste casándote con él. Habrías ido mejor con Ramón. Se le ve más serio y se nota de lejos que está muy enamorado de ti.

—¡No digas tonterías! —lo riñó, mientras amasaba la harina para hacer los pastelitos— Eso es mi vida privada y tú no tienes por qué meterte en ella.

—¿Es que te piensas que no lo sé, que hace tiempo que te ves con Ramón a escondidas? ¡Las paredes de esta mansión no son tan gruesas!

—¡Pobre de ti que digas nada! O si no, todavía irás a hacer compañía a ese par que descansan en el sótano.

Miquel no sabía si lo decía en serio o no, pero, por si acaso, no pensaba decir nada a nadie.