La mansión Riera 6
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Cada día que pasaba, daba la sensación que Arnau intentaba alejarse más de Teresina.

Cuando no estaba en el trabajo o en alguna de sus cacerías, se iba a su antigua casa, que ya parecía un museo de animales disecados, y se pasaba horas admirando los trofeos de caza que tenía esparcidos por toda la casa y colgados en las paredes.

Teresina le insistía a menudo en que quería adoptar a un niño o una niña del orfanato, pero, cuando surgía el tema, él se hacía el sueco, cambiando rápidamente de conversación o huyendo hacia su mausoleo de animales, encerrándose allí dentro durante horas.

Teresina no podía entender aquella aversión de su marido hacia los niños.

¿Quizás era debido a su esterilidad? ¿O quizás no podía tolerar tener un niño adoptado, un niño de otro padre, porque eso le hacía cuestionarse su masculinidad y le dañaba el amor propio?

¿Era por esta cuestión que le gustaba la caza mayor, para demostrar su masculinidad?

¿Tenía algún tipo de complejo de inferioridad por ser estéril, e intentaba superarlo matando animales salvajes, cuanto más grandes mejor?

Teresina fue al orfanato cargada de golosinas para sus niños y niñas, que así era como le gustaba llamarlos. Se había hecho muy amiga de todos ellos y los niños también la amaban mucho. Era como una especie de madre adoptiva para todos aquellos chicos y chicas.

En cuanto la vio llegar, la monja la hizo entrar a su despacho para hablar con ella.

—Señora Teresina, tenemos un problema —le explicó, muy angustiada—.

El ayuntamiento no quiere que sigamos haciendo las tareas de orfanato, porque no tenemos licencia para ejercer este trabajo, y también dicen que necesitan más espacio y recursos para el hospital.

Nos quieren quitar a los niños para trasladarlos a otros orfanatos.

Tengo miedo de que no los lleven a Collserola, a la Ciudad de los Muchachos.

Aquello es como una cárcel y nuestros niños no se adaptarán. Se morirán de pena.

Teresina se escandalizó al recibir la noticia.

—¿No se puede hacer nada? ¡Eso es indignante! —exclamó— ¡No nos pueden quitar a los niños de aquí, ahora que están tan bien!

—Usted nos ha ayudado mucho, tanto económica como personalmente. Es una persona importante y con muchas influencias. ¿No puede usar sus contactos para impedir que nos los quiten?

—Desgraciadamente, mis contactos no llegan tan lejos, pero estoy dispuesta a remover cielo y tierra para evitar que cierren el orfanato —se comprometió Teresina, aún sin saber qué era lo que podía hacer para ayudar.

Teresina reunió a su grupo de señoras distinguidas y les expuso el problema.

Todas ellas se volcaron en el proyecto para salvar el orfanato.

Se entrevistaron con el alcalde, el capellán del pueblo e incluso el teniente les consiguió una entrevista con el gobernador civil.

No sirvió de nada: el local de las monjas no tenía permiso para ejercer de orfanato y, según ellos, tampoco estaba preparado para esta tarea.

También decían que necesitaban más espacio para la zona reservada al hospital.

En la provincia ya había otros orfanatos que podrían acoger a los niños y niñas.

El grupo de señoras distinguidas organizaron una serie de manifestaciones ante el orfanato y por todo el pueblo, principalmente en la Plaça Nova, que había cambiado su nombre de plaza de la República por el de Plaza de España por exigencias de la dictadura franquista.

Como las manifestaciones estaban prohibidas por el régimen dictatorial, el pobre teniente de la Guardia Civil se las veía de todos los colores para intentar contener a aquellas mujeres desenfrenadas.

—¡Señoras, por favor! —les pedía— Vuelvan a sus casas y abandonen esta actitud revolucionaria, o no tendré más remedio que detenerlas a todas.

Ellas no le hacían caso y seguían con sus cánticos y pancartas.

Se hacían acompañar por los niños, que se lo pasaban la mar de bien con aquellas manifestaciones y eran los que provocaban más alboroto.

La gente que pasaba por la calle y los veía, se juntaba con ellos y al final todo acababa en una gran fiesta, con juegos, bebidas y bocadillos.

El teniente no las quería detener, pues las conocía a todas, pero sufría por si aquellos alborotos llegaban a conocimiento de sus superiores. Lo destituirían y lo degradarían por no haber sido capaz de poner orden en el pueblo.

Teresina y su club de señoras distinguidas no lograron evitar el cierre del orfanato, pero sí provocaron que se dispararan las solicitudes de adopción en el pueblo.

La mayoría de niños y niñas fueron adoptados por parejas locales y, los pocos que no lo consiguieron, fueron trasladados a orfanatos de la provincia.

Ninguno fue destinado a la Ciudad de los Muchachos.

A pesar del éxito relativo de la operación, Teresina se hizo un hartón de llorar y tardó en recuperarse de la pérdida de sus niños.