La mansión Riera 5
65%

5

Ramón había ido al local social donde se reunían las señoras distinguidas.

Hoy les tocaba debatir sobre el último libro que habían leído.

Sin embargo, cuando Teresina les explicó que Ramón había vuelto de una expedición en el Amazonas, ellas le pidieron, muy ilusionadas, que lo llevara al local para que les hiciera una exposición de su última aventura, como solía hacer siempre que regresaba de uno de sus emocionantes viajes.

Había llevado un aparato muy innovador que permitía ver las fotografías proyectadas en la pared.

Las llamaba diapositivas. Las señoras se sorprendían con aquellas imágenes del río Amazonas, las canoas precarias con las que navegaba, las tribus indígenas, los animales exóticos y a veces peligrosos, y con las explicaciones que les ofrecía Ramón.

Aquellas señoras distinguidas, cargadas de dinero y enjoyadas de los pies a la cabeza, no habían salido nunca de la comarca.

Para ellas, viajar al Amazonas era casi como ir a la luna.

Consideraban a Ramón como una especie de conquistador o explorador aventurero, un nuevo Marco Polo o un discípulo avanzado de Cristobal Colón.

Tras la presentación, Ramón abordó discretamente a Teresina.

—Te veo muy angustiada —le preguntó— ¿Qué es lo que te pasa?

—Es por culpa de Arnau. Se ha empeñado en ir a Sudáfrica para cazar un elefante. Ya está organizando un safari para el próximo año. A mí no me gusta nada que se dedique a ir matando animales. ¡Pobre elefante!

—Sí, ya lo sé. Se lo está contando a todo el mundo. Está muy ilusionado con esta idea y no habla de otra cosa. No creo que se lo puedas sacar de la cabeza.

—Me ha dicho que, si lo mataba, lo llevaría a mi mansión para exponerlo allí y que todos sus amigos lo pudieran admirar. Yo le he dicho que, si mataba a un elefante, que no volviera nunca más a mi casa.

—A mí tampoco me gusta matar animales. A mí me apetece más fotografiarlos y luego mostrar las diapositivas en el local del club. Me daría escalofríos tener un animal disecado en casa, observándome fijamente con sus ojos de cristal y reprendiéndome por haberlo matado.

—El otro día fuimos a su casa para recoger unos papeles, y me horroricé de cómo lo tiene —explicó Teresina—.

Hay animales disecados esparcidos por todas las habitaciones.

Creo que ya no le caben más. ¡Parece un cementerio de animales!

Incluso, toda la casa hacía peste a formol.

Aún no sé cómo los vecinos no se quejan.

¡Suerte que no le dejé que se los trajera a la mansión!

¿Te imaginas toda esa manada de animales y bestias disecadas esparcidas por la casa? Tan solo de pensarlo, me pongo enferma.

—A mí también me llevó a su casa hace poco para mostrarme sus últimos trofeos.

Me estuvo explicando la historia de cada uno de ellos, dónde lo cazó, cómo le disparó y todo tipo de detalles.

Tuve que marcharme corriendo, porque me estaba mareando.

¡Y mira que a lo largo de mis viajes he llegado a ver un montón de cosas horribles!

Pero ver a todos aquellos pobres animales que parecía que podrian cobrar vida en cualquier momento y convertirse en zombis deambulando sin sentido por la casa, me daban escalofríos.