La mansión Riera 4
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Arnau comenzó a organizar otra vez cacerías en Africa.

Parecía que intentaba evitar a Teresina para no tener que abordar el tema de los hijos.

Cada trimestre, marchaba un par semanas a algún país remoto para ir a cazar animales y volvía cargado de trofeos que añadía a su macabra colección.

A Teresina no le hacía nada de gracia que se marchara tanto tiempo lejos de ella, y menos para ir a matar animales salvajes.

—¿Qué necesidad tienes de ir a asesinar animales indefensos? —le reprochaba— ¿Qué gracia le encuentras, a matar animales? ¿No te dan pena? Además, algún día te ocurrirá alguna desgracia y lo tendremos que lamentar.

—La caza mayor es un deporte —intentaba justificarse—, y no está exenta de riesgo. ¡No lo puede hacer todo el mundo!

—No, claro que no lo puede hacer todo el mundo, tan solo lo pueden hacer los que tienen dinero para pagarse estos viajes. Te gastas un montón de dinero cada vez que vas a cazar.

—Tú no lo puedes entender, porque eres una mujer —le dejó ir Arnau.

—¡Míralo, él! ¡Ahora se nos ha vuelto machista!

Cuando Arnau se marchaba de cacería, Ramón seguía yendo a casa de Teresina para tomar el café, comer pastelitos y pasar un rato con ella.

Él también viajaba a menudo al extranjero para visitar excavaciones arqueológicas o para explorar tierras recónditas.

Estaba afiliado a una sociedad arqueológica donde los socios visitaban o colaboraban en excavaciones y yacimientos, y luego exponían sus experiencias en conferencias y boletines.

Gracias a su fortuna, había podido viajar por todo el mundo.

Había visitado excavaciones en Centroamérica, en Egipto, en Oriente Próximo, en Asia...

También pertenecía a un club excursionista muy elitista, que organizaba expediciones a lugares inexplorados de África, Australia, Asia o América del Sur.

Incluso un año intentaron llegar al Polo Norte, pero el mal tiempo se lo impidió y tuvieron que abandonar a medio camino.

Curiosamente, sus viajes no coincidían nunca con los de Arnau.

Daba la sensación que lo hacía expresamente para poder ir a visitar a Teresina cuando él no estaba.

A Teresina le gustaba escuchar las historias que explicaba sobre sus viajes y aventuras.

A veces, lo invitaba a acompañarla cuando iba con su grupo de amigas, el Club de Señoras Distinguidas, para que compartiera sus relatos con todas ellas.

Ramón era un hombre muy afable y entretenido, y le encantaba explicar sus aventuras a aquel grupo de señoras que lo escuchaban absortas.

Como no podía ser de otra manera, el desafecto que empezaba a sentir Teresina por Arnau, se convertía en afecto hacia Ramón. Las visitas de su amigo a la mansión cuando su marido estaba fuera de viaje, cada vez eran más frecuentes.

—No sé cómo este necio de Arnau puede marcharse tan a menudo de viaje y dejarte sola —le decía—. Si fuera yo quien estuviera casado contigo, ya no saldría más a correr mundo, o si no, te llevaría también conmigo.

—Pues a mí ya me gustaría de vez en cuando hacer algún viaje de estos que haces tú. Seguro que debe ser más entretenido que ir a cazar pobres animales, como hace mi marido.

A Arnau se le había puesto entre ceja y ceja que tenía que ir a cazar un elefante.

Era quizás el único animal que le faltaba a su colección.

Hacía tiempo que no se podía quitar la idea de la cabeza.

No podía llegar a imaginarse lo que sería disparar contra un elefante enfadado que se dirigía amenazador contra él, con la trompa levantada y bramando, con sus enormes colmillos y las orejas desplegadas.

No paraba de exponer su pretensión a todos sus amigos.

También a Teresina, a quien no le hacía nada de gracia esta idea.

—Estoy organizando un safari a Sudáfrica para ir a cazar un elefante. ¿Te imaginas su cabeza colgada en el salón de mi casa? —le explicaba, muy entusiasmado con aquella idea— Incluso lo podríamos colgar en el salón de aquí la mansión. ¡Sería la admiración de todas las visitas!

—Si te vas a cazar un elefante, ¡no es necesario que vuelvas! —le dijo Teresina, a quien le daban mucha pena los animales. ¿Qué mal le había hecho el pobre elefante, para querer matarlo?

Las amenazas de Teresina no lo hacían desdecir de su intención de ir a cazar un paquidermo.

Seguro que ella no lo decía seriamente. Cuando viera la espectacular cabeza de elefante disecado, con su trompa, los imponentes colmillos y las enormes orejas desplegadas, seguro que le pediría que lo llevase a la mansión para lucirlo ante las amistades.