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Durante los primeros años de casados, fueron felices y comieron perdices.
Arnau era un marido atento que se desvivía por su joven esposa.
Iban juntos a las fiestas y a comer a casa de los amigos.
Ellos también organizaban celebraciones en la mansión, donde asistían todas las personas importantes del pueblo.
La mansión Riera se había convertido en un punto importante de encuentro para la alta sociedad local.
En sus fiestas, se consolidaron parejas, se forjaron amistades, se pactaron negocios y se originaron infidelidades.
Ramón era su mejor amigo y no se perdía ninguna de sus fiestas.
A menudo iba a su casa a cenar o salían los tres juntos para ir a comer a los restaurantes de moda.
A veces, Ramón llevaba a alguna amiga o pareja, pero le duraban poco.
El amor de su vida se resistía a llegar.
Después que Teresina y Arnau se hubieran casado, él había quedado como el único soltero de oro del pueblo, y a todo el mundo le extrañaba que todavía no lo hubiera pescado ninguna cazafortunas.
—Ramón, a ver si pones empeño y encuentras a una buena chica para casarte —le decían, pero Ramón no estaba por la labor.
Él todavía estaba secretamente enamorado de Teresina, aunque se negaba a reconocerlo. Ella se había casado con su mejor amigo y no tenía ningún derecho a interferir en su matrimonio.
Teresina tenía muchas ganas de tener un hijo, pero ya sabía que Arnau era estéril y no podía tenerlo.
—Podríamos adoptar un niño o una niña —le proponía—. En el orfanato hay muchos que se han quedado sin padres por culpa de la guerra. Podríamos ayudarles a ellos y nosotros seríamos una familia completa.
—No hay prisa —le daba largas su marido—. Todavía somos demasiado jóvenes. Los niños reclaman mucho tiempo y no podríamos asistir a las fiestas. Ya adoptaremos alguno cuando seamos mayores.
—¡Esto no es excusa! —se enfadaba Teresina—. Nos podemos pagar perfectamente una niñera para que cuide a los niños cuando vayamos a alguna fiesta o salgamos con los amigos.
La negativa sistemática de Arnau a adoptar un niño comenzó a abrir otra vez una brecha en su matrimonio.
Cada vez que Teresina pasaba por delante del orfanato, se detenía ante el gran portalón de madera y se quedaba un rato contemplándolo, sin decidirse a entrar.
Seguramente, ver a todos aquellos pobres niños y niñas huérfanos, esperando que algunos padres caritativos se decidieran a adoptarlos, la haría morirse de pena.
Ella estaba deseando poder adoptar uno, pero el egoísta de su marido no se lo permitiría.
Si fuera por ella, adoptaría a tres o cuatro.
Tenía una mansión muy grande, llena de habitaciones vacías y con un jardín enorme, donde podrían jugar felizmente todos los niños y niñas.
Cuando, antes de casarse, Arnau le confesó que era estéril y no podía tener hijos, ella le insinuó que, más adelante, podrían adoptar uno y, por un momento, parecía que él estaba de acuerdo.
Ahora se estaba echando atrás y, si ella lo hubiera sabido en aquel instante, quizá se habría replanteado el casarse con él.
Uno de esos días en que se detuvo pensativa frente a la puerta del orfanato, la vio una de las monjas.
—¡Buenos días, señora Teresina! —la saludó— He observado que, cada vez que pasa por aquí delante, se detiene ante la puerta y no se atreve a entrar. ¿Quiere venir a ver a los niños? Les hace mucha ilusión que la gente los venga a visitar y a hacerles un rato de compañía. Les va muy bien.
Teresina se decidió a entrar.
—En realidad, este antiguo edificio funciona como un hospital —le explicó la monja—.
No es un orfanato propiamente dicho. Ni siquiera tenemos permiso para acoger niños, pero lo hacemos por nuestra cuenta y el Ayuntamiento hasta ahora no nos ha puesto ningún problema.
Si no fuera por nosotras, todos estos niños y niñas estarían perdidos por la calle.
La monja le mostró un aula donde había media docena de niños y niñas dando clase. Le pareció que todos ellos tenían entre diez y catorce años.
—Estos son los mayores—le explicó—. Ahora están dando clase de matemáticas.
Los mayores son los que lo tienen más difícil para ser adoptados.
Las parejas siempre quieren adoptar niñas pequeñas con el cabello rizado.
Vamos al patio y podrá ver a los pequeños y, si lo quiere, podrá jugar un rato con ellos. Ya verá que se pondrán muy contentos.
Salieron al patio. Media docena de niños y niñas de entre tres y nueve años estaban jugando animadamente entre ellos.
—Como solo tenemos un aula, cuando unos dan clase los otros tienen que salir al patio. ¿Es que quizás está interesada en adoptar un niño o una niña?
—Si fuera por mí, los adoptaría a todos, pero mi marido no quiere saber nada de niños.
—No todo el mundo está preparado para tener hijos —dijo la monja—, pero quizá, si lo trae aquí y ve a los niños, se anima.
—Usted no conoce a mi marido...
A partir de aquel día, Teresina iba a menudo al orfanato para visitar a los niños y siempre les llevaba regalos y golosinas.
Ellos la esperaban con candilejas y agradecían mucho cuando iba a jugar con ellos.
Cuando la veían llegar, se le echaban encima para abrazarla y cogerle los juguetes y caramelos que les traía.
A menudo les llevaba también pastelitos de los que ella misma preparaba y que a los niños les enloquecían.
Luego se quedaba un rato para jugar con ellos, hacerles compañía y ayudar a las monjas a cuidarlos.
Ella solía decir que eran sus niños, y los quería como si realmente lo fueran.
El orfanato no era realmente un orfanato.
Formaba parte del convento de monjas que también hacía las tareas de hospital.
Las monjas acogían voluntariamente a los niños huérfanos o abandonados y los cuidaban con la ayuda de las donaciones que les daba la gente caritativa, pues el Ayuntamiento no colaboraba mucho.
Teresina propuso a su grupo de señoras distinguidas que, a partir de aquel momento, se dedicarían a recaudar dinero para ayudar a las monjas y a sus niños huérfanos.
A todas les pareció una buena idea. Hasta entonces, la mayoría de ellas ni siquiera sabían que había un orfanato en el pueblo.