La mansión Riera 2
60%

2

—Me he dado cuenta de que Teresina te gusta —le comentó Arnau a Ramón.

—Sí, —confirmó—, incluso he pensado en declararme a ella. Es una mujer muy interesante: es inteligente, es guapa, sabe relacionarse con la alta sociedad y tiene una gran fortuna, aunque a mí eso es lo que menos me importa de ella. ¡Yo ya tengo mi propio dinero!

Arnau puso cara de disgusto. A él también le gustaba Teresina por los mismos motivos, y también tenía pensado declarársele.

Estaba convencido de que lo que él sentía por Teresina era amor verdadero, no como Ramón, que tan solo la quería porque sabía que a él le gustaba.

A pesar de ser buenos amigos y hacer negocios juntos, siempre había existido una sana rivalidad entre ellos dos, desde que eran niños e iban juntos a la escuela.

Pensaba que Ramón tan solo quería a Teresina para hacerle la puñeta.

Si quería conseguirla él primero, tenía que declarársele antes de que lo hiciera su amigo.

Arnau comenzó a quedar con Teresina a espaldas de Ramón.

Cuando salía con ella hacía lo posible para evitarlo, para que no los pudiera ver juntos.

Al mismo tiempo, intentaba apartarlo de su estimada tanto como podía, no fuera que se le adelantase.

No había demasiado peligro, porque Ramón era socio de una importante sociedad arqueológica de Barcelona y pasaba mucho tiempo fuera del pueblo, explorando antiguas construcciones y civilizaciones desaparecidas.

Cuando Ramón quiso darse cuenta, Arnau y Teresina ya festejaban formalmente.

Asistían juntos a todas las fiestas y celebraciones cogidos de la mano y se les veía muy enamorados.

Todo el mundo opinaba que hacían buena pareja, pues eran dos solteros de oro, hechos el uno para el otro.

En un principio, Ramón se lo tomó como una traición por parte de su amigo, pero pronto supo aceptar su derrota y lo superó.

En la primavera del año 1954, Arnau le pidió la mano y, seis meses más tarde, se casaron.

Hicieron la celebración en la mansión y asistió toda la alta sociedad del pueblo.

Fue una fiesta espectacular donde no se escatimó nada.

El mejor restaurante de la comarca volvió a encargarse del catering.

Era el mismo que había servido el menú para las bodas de Antoni y de Prudenci.

Un grupo de camareros bien uniformados se encargaban de servir a los comensales en las mesas que habían instalado bajo una gran carpa en el jardín.

Una orquesta amenizaba toda la velada con su música.

Era un día soleado de septiembre y el buen tiempo se había sumado a la celebración.

Miquel había insistido en invitar a sus amigos calaveras, pero Arnau y Teresina se opusieron rotundamente: no querían que nada les pudiera estropear un día tan importante.

Cuando aquella cuadrilla de crápulas se emborrachaba, que era casi siempre, la armaban bien gorda.

Ramón, como buen caballero y perdedor, felicitó a los novios.

Ya hacía tiempo que había aceptado su derrota y no había perdido la buena amistad que le unía con Arnau y Teresina.

Frecuentemente asistían juntos a las fiestas o iban a comer a algún restaurante de moda.

Una vez casados, Ramón los visitaba a menudo en su mansión, para tomar el café con ellos y comer los pastelitos que preparaba Teresina.

—¿No pensáis tener hijos? —les preguntaba a menudo.

—Todavía no nos lo hemos planteado —respondían ellos.

Arnau había mantenido el secreto de su esterilidad incluso a su mejor amigo.

Naturalmente, a Teresina sí que se lo había hecho saber antes del matrimonio.

Tenía todo el derecho a saberlo, antes de tomar una decisión tan importante.

Ella sí tenía ganas de tener hijos y estuvo a punto de echarse atrás, pero finalmente aceptó casarse con él.

Quizás encontrarían una solución a este problema.

Teresina le insinuó que, más adelante, podrían adoptar a un niño o a una niña.

Arnau no hizo ningún comentario, pero tampoco se opuso.

Ella pensó que, quien calla, otorga, y se hizo ilusiones con esa posibilidad.

Le gustaría ver aquella enorme mansión llena de niños y niñas jugando, riendo, gritando y corriendo de un lado a otro.

Había espacio y habitaciones de sobra, y un gran jardín con mucho terreno para instalar un columpio y un tobogán.

Arnau tenía una casa nueva y espectacular en el centro del pueblo, pero Teresina le puso como condición para casarse con él que tenían que ir a vivir a su mansión, la mansión Riera.

Ella no había querido cambiarle el nombre a la casa, por respeto a su primer suegro, el señor Riera.

Siempre le había tenido mucha estima, pues se había portado muy bien con su familia cuando todos ellos eran trabajadores de su fábrica.

Un día que Teresina había ido a visitar la casa de Arnau, antes de casarse, se estremeció al contemplar todos los trofeos de cacería que tenía expuestos en una habitación y también esparcidos por toda la casa.

Había una cabeza de león colgada en la pared, que la miraba amenazadora con sus ojos de cristal.

Otra cabeza de cebra la contemplaba, asombrada.

Pudo admirar, con un poco de aprensión y lástima, una espectacular gacela de Thomson con su imponente cornamenta.

Las paredes estaban cubiertas de cabezas de ciervos, cornamentas y otros animales con ojos de vidrio y expresión incrédula.

—¡No quiero que traigas todos estos animales disecados a la mansión! —le advirtió Teresina.

—No te preocupes por eso —la calmó su prometido—. Conservaré esta casa y los dejaré aquí. Tampoco sabría dónde colocarlos en tu casa. Ya la tienes bastante llena de objetos de decoración y muebles, y no quedarían demasiado bien. Éste será mi refugio particular.