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Cuando murió su segundo marido, Prudenci Amat, Teresina tan solo tenía treinta años.
Volvió a convertirse de nuevo en la viuda más solicitada del pueblo, a pesar de las reticencias de algunos vecinos por haber enviudado dos veces en tan solo once años.
Su enorme fortuna, sin embargo, conseguía anular las reticencias de sus pretendientes, que no cesaban de rondarla.
Después de los siete años de austeridad a que la había condenado el miserable de Prudenci, ahora Teresina no se estaba de nada.
Se compraba ropa lujosa, zapatos caros y se daba todo tipo de caprichos.
Incluso quiso sacarse el carné de conducir para comprarse un coche.
Fue a la autoescuela y le dieron un libro con las señales de tráfico para que se lo estudiara.
Le dijeron que, cuando estuviera a punto para el examen, vendría el examinador para evaluarla.
Después de un mes de estudiarse todas las señales y normas de tráfico, vino al pueblo el examinador.
Ella era la única aspirante que había aquel día.
Resultó que el examinador era un antiguo compañero de Prudenci Amat.
—¿Así que usted es la viuda de Prudenci Amat? —le dijo el examinador—. Es una pena lo que le ha sucedido. Era una buena persona, muy amable y atento. Lo conocía desde hace tiempo, porque fuimos compañeros de escuela en Girona. Le acompaño en el sentimiento.
—Muchas gracias. Es muy considerado por su parte.
Sí, es cierto que era muy buena persona.
Ha sido una gran pérdida para todos —asintió Teresina, haciéndose la viuda afligida.
Tan solo ella sabía que su marido no había sido tan buena persona como aparentaba.
Había tenido que soportar su avaricia y tacañería durante muchos años y le hizo pasar un auténtico calvario.
—¿Ha estudiado las señales de tráfico? —le preguntó el examinador— ¿Se las sabe todas?
—Sí, claro —respondió, muy segura.
—¿Y ya sabe conducir?
—Sí, por supuesto.
—Pues ponga el coche en marcha y dé la vuelta a la plaza.
Teresina subió al coche del examinador, lo puso en marcha y dio la vuelta a la plaza.
—¡Muy bien! —dijo el examinador — Ya ha aprobado. ¡Enhorabuena!
Teresina no salía de su asombro de lo fácil que había sido la prueba. Seguramente había influido en ello el hecho de que fuera la viuda de un amigo del examinador.
Todavía faltaba un año para que se empezaran a fabricar los coches españoles de la marca SEAT, de manera que se compró un Peugeot 202 nuevo de fábrica.
Se paseaba orgullosa por todo el pueblo con su lujoso automóvil y era la envidia de todo el mundo que la veía pasar.
Tan solo ella, el médico y unos pocos empresarios de éxito podían permitirse tener uno.
Teresina se movía con soltura dentro de la alta sociedad y la gente importante la invitaba a sus fiestas, donde siempre brillaba y era el centro de atención.
Asistía con vestidos lujosos y caros, luciendo sus mejores joyas traídas de Paris y de Londres.
Una fiesta sin Teresina Serra, ¡no era una fiesta!
Ella misma solía organizar recepciones en su lujosa mansión, a las que asistían todas las personalidades del pueblo.
Como la fábrica de tapones de corcho no acababa de remontar y tan solo le traía problemas, decidió cerrarla.
Tenía suficiente dinero como para poder prescindir de ella.
Se vendió toda la maquinaria a buen precio a otro empresario del corcho, a cambio de que empleara a todos sus trabajadores, pues no quería que se quedaran sin trabajo.
Miquel también aprendió a relacionarse con la alta sociedad.
Siempre iba bien arreglado y no se perdía ningún festejo.
A pesar de todo, seguía siendo un crápula, un díscolo y un libertino.
No había perdido el contacto con sus antiguos amigos y se movía con la misma facilidad en los ambientes más selectos como en los más inmorales y sórdidos.
Teresina se veía obligada a controlarle el dinero que le asignaba, porque sería capaz de dejarla sin fondos en poco tiempo.
Dos personajes que siempre asistían a las mismas fiestas que ella, eran Arnau Puigverd y Ramón Parera, dos millonarios de cuarenta años, amigos y solteros, amantes ambos de la aventura y la buena vida.
Arnau era constructor y aficionado a la caza mayor.
Ramón era agente inmobiliario y aficionado a la exploración y a la arqueología.
Habían heredado la fortuna de su familia y la habían hecho crecer con sus empresas.
Puesto que uno era constructor y el otro agente inmobiliario, a menudo hacían negocios juntos.
Como no podía ser de otra forma, hicieron conocimiento con Teresina.
Los dos se interesaron por el edificio y la parcela que ocupaba su fábrica, ahora ya en desuso, para construir bloques de pisos.
Ambos se interesaron también por Teresina.
El interés mutuo que mostraban por la finca y la fábrica no significaba ningún problema para ellos, ya que habían planeado que Arnau construiría los pisos con su empresa y Ramón los vendería mediante su agencia inmobiliaria.
Otra cosa era el interés que sentían por Teresina, porque a ella sí que no la podían compartir.
A pesar de todo, decidieron proponerle la compra de la propiedad los dos juntos.
—No tengo ningún interés en venderme la fábrica ni los terrenos —les dijo Teresina, muy decidida—. Y mucho menos para construir bloques de pisos. No quiero ver gallineros delante de la mansión.
Ellos lo comprendieron, pero no se conformaron fácilmente con su negativa. Cada vez que coincidían en alguna fiesta o celebración, le insistían para que les vendiera la finca y ella se negaba. Al final, ya era como un juego recurrente.
Teresina era consciente de que no se podía vender la mansión, porque cuando la derribaran para construir los pisos, encontrarían los cadáveres de sus dos maridos enterrados en el sótano.
Estaba condenada a vivir para siempre jamás en aquella casa, para salvaguardar los macabros secretos que contenía.