La mansión Riera 6
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Habían pasado dos meses desde el primer intento de envenenamiento de Prudenci.

Ya se le había pasado la paranoia de que querían envenenarlo.

Aquel sábado, Teresina había cocinado arroz a la cazuela muy fuerte de sofrito, como le gustaba a él.

Un arroz negro típico de Palafrugell, negro por el sofrito y no por la tinta.

Tradicionalmente, el dia del arroz era el jueves, pero este era un arroz de dia festivo.

Su aspecto era apetitoso: llevaba mejillones de roca, gambas de Palamós, rape fresco, sepia negra...

La ración de Prudenci llevaba un ingrediente extra: ¡doscientos gramos de arsénico!

Más que suficiente para matar a una persona.

El intenso sabor y aroma del arroz a la cazuela enmascaraba la presencia del arsénico.

—He decidido cerrar la fábrica y vender el edificio. Con el nuevo plan urbanístico, se podrán construir muchos pisos —dijo Prudenci—. Sacaremos mucho dinero, que luego lo podremos invertir.

Teresina fingía que se enfadaba, pero sabía muy bien que su marido no llegaría a tiempo de venderse nada. Pronto ocuparía un lugar en el sótano, junto a su primer marido, Antoni.

Prudenci devoró el arroz a la cazuela con verdadera devoción.

Era un auténtico glotón. Su tacañería no le impedía apreciar una buena comida.

Mientras deglutía el arroz y chupaba las cabezas de las gambas, iba exponiendo sus planes para vender la fábrica e invertir el dinero que sacara por ella.

Teresina y Miquel lo observaban expectantes.

Tan pronto como terminó de comerse la última cucharada de arroz, se empezó a encontrar mal.

En seguida comprendió lo que estaba sucediendo.

—¡Mala pécora, has intentado volver a envenenarme! Pero esta vez tampoco te saldrás con la tuya —dijo, antes de caer redondo al suelo, con una mueca de dolor y los ojos en blanco.

Teresina y Miquel se lo quedaron mirando, sin saber cómo reaccionar. Estaba estirado en el suelo, inmóvil, con una expresión de incredulidad en la cara que incluso les parecía cómica.

—¿Está muerto? —preguntó Miquel.

—No lo sé. Compruébalo.

—No pienso tocarlo —negó, con aprensión.

—¡Eres un cagado! —le reprochó su hermana— Ya lo haré yo.

Se acercó al cuerpo de Prudenci y le pegó una coz en la cabeza, para asegurarse de que no se movía. No se movió. Lo pinchó con el tenedor en la mejilla. Tampoco reaccionó.

—Creo que está bien muerto —dijo, aún sin demasiado convencimiento.

Miquel también se acercó. Entre los dos le tomaron el pulso, con un poco de recelo. Pudieron comprobar que ya no tenía pulso ni respiraba. ¡Sí que estaba bien muerto!

Envolvieron su cuerpo en unos cuantos sacos y lo tiraron por las escaleras del sótano, como habían hecho once años antes con el cadáver de Antoni Riera. Cavaron otra tumba junto a la que ya había, y lo enterraron.

—¿Esta vez dirás unas palabras? —le preguntó Miquel.

—¡No merece la pena! No sabría qué decir. ¿Y tú?

—Madre siempre decía que, si tienes que decir algo malo de alguien, más vale no decir nada.

—He pensado en poner tarimas de madera en el suelo. Así no nos dará tanta grima bajar al sótano. Cada vez que bajo para echarle carbón a la caldera, doy un rodeo para no pasar por encima de la tumba de Antoni. Ahora todavía tendré que dar más vuelta.

—A mí también me pasa lo mismo —confirmó Miquel.

Ahora había que encontrar una buena excusa que explicara la desaparición de Prudenci Amat, pero Teresina ya lo tenía todo planeado.

El día siguiente seria domingo, el día en que Prudenci solía ir a pescar.

Se levantaron muy temprano, antes del alba, para ir al puerto y salir a navegar con el velero antes de que nadie los pudiera ver.

Miquel aún recordaba las nociones básicas de navegación que le había enseñado su cuñado.

Miquel y Teresina soltaron las amarras y salieron del puerto con la ayuda del motor, intentando no hacer mucho ruido.

La mar estaba un poco rizada y los dos vomitaron por la borda.

Una vez mar adentro, cerca de las islas Formigues, izaron la vela y abandonaron el barco en el bote auxiliar.

Tuvieron la suerte de que soplara un poco de tramontana, de manera que, cuando algún pescador encontrara el velero abandonado, ya estaría muy lejos de la costa.

No les costó mucho llegar a tierra firme con el bote auxiliar a pesar de remar con el viento en contra, hasta una caleta solitaria cerca del Cap Roig.

Cargaron el bote auxiliar en el camión Pegaso de la fábrica que previamente habían aparcado en un lugar discreto cerca de la caleta.

Al llegar a la mansión, escondieron el bote en un lugar oculto detrás del edificio.

Cuando tuvieran tiempo, lo harían astillas y lo quemarían en la caldera.

Por la noche, Teresina se presentó con actitud preocupada en el cuartel de la Guardia Civil para denunciar que su marido había salido a pescar y aún no había regresado.

—Cálmese, señora —le dijo el agente que estaba de guardia—. Ahora ya ha oscurecido y no podemos hacer nada, pero ya verá cómo regresará. Seguramente se ha quedado a pescar el calamar con potera.

—Espero que tenga razón, pero como me ha dicho que volvería para comer y todavía no ha venido… Y ya ha oscurecido, por esto estoy preocupada. Ojalá no le haya sucedido nada malo.

Dos días más tarde, se presentaron en la mansión Riera el teniente García Morrón, de la Guardia Civil, acompañado de un agente. Una angustiada Teresina les abrió la puerta.

—¿Me traen noticias de mi marido? —les preguntó, fingiendo que estaba intranquila— ¿Lo han encontrado? ¿Está bien?

—Me temo que llevamos malas noticias, Teresina —le dijo el teniente García Morrón, que tenía bastante confianza con la familia Amat—.

Unos pescadores de Palamós encontraron su barco a la deriva, pero él no estaba dentro.

Pensamos que puede haber caído al mar. Quizá se encontró mal y le dio un mareo...

Teresina hizo como que se ponía a llorar ante la noticia de la desaparición de su marido.

—¿Cree que aún hay alguna posibilidad de encontrarlo con vida? —preguntó— Tal vez algún barco ha podido rescatarlo…

—Es una posibilidad —dijo el teniente, sin demasiado convencimiento—. Pero ten en cuenta que ya han pasado dos días. Si lo hubieran encontrado, ya lo sabríamos.

Teresina pudo recuperar el control sobre sus cuentas bancarias y la fábrica, pero ella y Miquel aún estaban preocupados, temiendo que la Guardia Civil quisiera hacer una investigación policial a fondo.

Hasta que el caso no se hubiera cerrado oficialmente, no podrían estar tranquilos del todo.

Como aún no se había establecido la Guardia Civil Marítima, fue el propio teniente García Morrón el encargado de la investigación.

El teniente conocía bien a Teresina y a Prudenci Amat y quiso zanjar el asunto de forma rápida, para no amedrentar aún más a la desconsolada Teresina.

Hizo constar en el informe policial que Prudenci había desaparecido en un incidente náutico, y que lo más probable era que se hubiera ahogado.

A pesar de todo, todavía tuvieron que pasar unos meses para que declararan a Prudenci Amat como oficialmente muerto y a ella heredera única de sus bienes.

Se llevó una gran sorpresa al comprobar que el tacaño de su difunto marido tenía una importante fortuna en dinero, inversiones y lingotes de oro.