La mansión Riera 5
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Teresina estaba en la fábrica controlando la fabricación de tapones de corcho.

Cada vez tenían más pedidos y parecía que la fábrica podría ir remontando, pero Prudenci había despedido a la mitad de la plantilla y tenían que hacer horas extras para poder atender todos los pedidos.

De repente, fue a buscarla la mujer del médico, un poco alterada.

—¡Teresina, menos mal que te encuentro aquí! —le dijo, jadeando.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Teresina, angustiada al verla llegar de aquella manera.

—Se trata de Prudenci. Lo hemos llevado al hospital. Parece ser que ha sufrido una intoxicación muy grave.

—¿Tan grave es, que lo han tenido que llevar al hospital? —preguntó— ¿Cómo ha sido?

—Han llamado a mi marido desde el banco, diciendo que Prudenci se había desmayado.

Mi marido y yo hemos ido corriendo y en seguida nos hemos dado cuenta de que había sufrido algún tipo de intoxicación.

Lo hemos llevado al hospital en nuestro propio coche para que lo examinaran. Se lo han quedado ingresado.

Teresina y Miquel fueron corriendo al hospital para ver cómo se encontraba Prudenci.

Miquel no aparentaba estar muy preocupado.

Pensaba que, con un poco de suerte, no saldría de esta.

Cuando llegaron, los recibió el médico del hospital para informarles que, efectivamente, Prudenci había sufrido una intoxicación alimentaria.

Le habían realizado una limpieza de estómago y, si evolucionaba correctamente, al día siguiente ya podría volver a casa.

—¿Qué es lo que ha comido? —preguntó el médico.

—Seguramente debió ser el pescado que pescó él mismo. No debería haber quedado lo suficientemente cocido.

—Hay que tener mucho cuidado con el pescado —le recomendó el médico—. Hay que cocerlo bien, porque puede contener bacterias. No se puede comer nunca pescado crudo. Eso dicen que tan solo lo hacen los japoneses, pero parece ser que ellos ya están acostumbrados.

—Sí, claro —asintió Teresina, un poco avergonzada. Tal vez sí que había sido culpa suya, por no haberlo cocido lo suficientemente bien.

Teresina y su hermano fueron a la habitación donde se encontraba ingresado Prudenci. Estaba pálido como la nieve y tenía muy mala cara. Él todavía no sabía que la intoxicación podía haber sido producida por haber comido pescado contaminado con bacterias.

—¿Cómo estás? —le preguntó Teresina— Dice el médico que has sufrido algún tipo de intoxicación.

—Sí, casi me muero —dijo, con un hilo de voz—. He tenido un buen susto. Yo creo que he sufrido un empacho por comer tantos pastelitos. Tendré que estar una temporada sin comerlos.

Al día siguiente, Prudenci pudo regresar a casa, casi completamente restablecido.

Estaba débil y de muy mal humor. El médico ya le había dicho que lo que había sufrido era una intoxicación, seguramente provocada por haber comido pescado contaminado con bacterias y que no se coció lo suficientemente bien.

Entró en la cocina hecho una fiera, buscando a su esposa.

Allí estaba, preparando la comida del mediodía.

—¡Seguro que fue culpa tuya, que me quisiste envenenar expresamente! —gritaba a Teresina— Dejaste el pescado crudo para que me hiciera daño.

—¡Estoy segura de que no dejé el pescado crudo! —se revolvió ella—. Lo cociné como siempre. Si te hubiera querido envenenar de verdad, lo habría hecho de otra forma, y ya te aseguro yo que no te habrías salido.

—¡Eres una bruja!

Prudenci subió a su habitación, para terminar de recuperarse.

Se tendió en la cama y se quedó mirando al techo, pensativo.

Seguramente Teresina no lo había querido envenenar expresamente, pero sí que fue culpa suya.

Fue negligente a la hora de cocinar el pescado y lo dejó crudo.

A partir de ahora, tendría que ir más en cuenta con lo que comía.

—¡Ojalá no hubiera salido de esta! —dijo Teresina, tan punto como Prudenci había subido a su habitación— Habría sido mejor para todos.

—¿Lo dices de verdad? —preguntó Miquel, sorprendido por lo que había dicho su hermana— ¿De verdad deseas su muerte?

—Más de una vez he pensado en ponerle veneno en los pastelitos. ¡No perderíamos gran cosa!

—Tengo que confesarte una cosa —dijo Miquel, flojito—. He sido yo quien ha intentado envenenarlo. Le puse matarratas en los pasteles.

Teresina se quedó unos segundos pensativa. Cuando reaccionó, estaba muy enfadada

—¿Es que te has bebido el entendimiento? —lo riñó— Alguien más podía haber comido de aquellos pastelitos y envenenarse también. ¿Y si en el hospital hubieran detectado el veneno? ¡Nos has puesto a todos en peligro!

—Sí, ya lo sé, ha sido una chapuza —se disculpó Miquel—. No lo había pensado, todo eso.

—¡Claro que no! Tú no piensas nunca nada.

Teresina se quedó un rato rumiando. Quizá no era del todo mala idea lo que había hecho su hermano.

¿Por qué no deshacerse del miserable de su marido y así todo volvería a ser como antes?

Podrian recuperar el control sobre el dinero y la fábrica, y acabar con las penurias a que los sometía el tacaño de su marido.

—Si lo hacemos, ¡tenemos que hacerlo bien! —dijo, de repente.

Miquel se la quedó mirando, sorprendido. ¿Qué era lo que pretendía, afirmando aquello?

—Esperaremos unos cuantos días, hasta que Prudenci se haya calmado y ya no sospeche nada —continuó explicando—.

Le tenemos que poner suficiente veneno como para que se muera en seguida.

No nos podemos arriesgar a que se muera fuera de casa y le hagan la autopsia, pues podría descubrirse que lo hemos envenenado.

Después tendremos que encontrar la manera de deshacernos del cadáver sin levantar sospechas.

—¿Le pondremos matarratas en los pasteles? —preguntó Miquel, todavía sorprendido por el plan de su hermana.

—No, eso no ha funcionado. En el sótano hay arsénico. Es más efectivo.

—¿Qué hace arsénico en el sótano? ¿De dónde ha salido?

—Ya estaba cuando me casé con Antoni. El señor Riera lo usaba para matar las termitas de la madera. Ahora está prohibido, pero todavía sigue allí. Lo encontré por casualidad dentro de uno de esos botes que hay esparcidos por todo el sótano. Un día tendremos que hacer limpieza.

Los hermanos Serra se quedaron sentados junto a la mesa de la cocina preparando un plan para deshacerse de Prudenci y acabar con su tiranía. Era la única forma de poder recuperar el control sobre sus bienes y posesiones. Él seguía tendido en su cama sin sospechar nada.