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Aquella mañana, Teresina fue a la fábrica, como hacía cada día, para controlar el trabajo. Se extrañó cuando vio que faltaban la mitad de los trabajadores.
—¡Joan! —llamó al encargado— ¿Dónde están los demás? ¿Qué ha pasado aquí?
—¿Es que no lo sabe, señora Teresina? —le dijo Joan, extrañado— El jefe los ha despedido. Ayer por la tarde vino y nos dijo que la fábrica no era rentable y que había que reducir gastos.
Teresina se quedó de piedra. ¿A quién se refería cuando dijo el jefe? ¿A Miquel, o a su marido?
—¿A quién te refieres cuando dices el jefe? —preguntó, molesta— La dueña de la fábrica soy yo y es solamente a mí a quien corresponde tomar estas decisiones.
—Fue su marido, el señor Amat. Nos dijo que era eso o cerrar la fábrica. Pensábamos que usted ya lo sabía.
Teresina se presentó en la oficina del banco, entró hecha una furia ante la atónita mirada de los clientes y empleados, y se metió dentro del despacho del director, su marido.
Cerró la puerta de un portazo. Prudenci no se extrañó al verla entrar de aquella manera, pues ya se había imaginado que iría en cuanto descubriera que había despedido a la mitad de la plantilla, y ya la estaba esperando.
—¡Prudenci! —gritó— ¿Qué significa eso de que has despedido a los trabajadores?
—Siéntate, que te lo explico —intentó calmarla—. Y no grites, que todo se oye.
—¡Tanto me da, si nos oyen! —seguía gritando— ¡La dueña de la fábrica soy yo, y no tienes derecho a despedir a nadie!
—Te equivocas. Cuando me nombraste administrador de todos tus bienes, incluía también la dirección de la fábrica, y esta fábrica ya no da suficientes beneficios. Si continúa de esta manera, pronto quizás tengamos pérdidas y todo.
—La fábrica apenas está remontando después de la guerra. No es fácil, pero cada vez tenemos más pedidos, tanto del país como del extranjero. Ahora es el momento de aguantar para poder tener más beneficios en un futuro.
—Yo no creo en tu fábrica. La mejor forma de ganar dinero es saber invertir bien los ahorros, y para eso estoy yo aquí, para hacerte ganar dinero. Lo mejor que podrías hacer, sería venderte la fábrica e invertir el dinero que te den por ella. Conseguirías más beneficios.
—¿Y de qué nos sirve tener mucho dinero, si eres un tacaño y no nos dejas gastarlo?
Teresina salió muy enojada del despacho de Prudenci, dando otro portazo. Los empleados del banco se la quedaron mirando con cara de compasión. Ya se imaginaban el infierno que debía ser estar casada con aquel hombre tan ruin y mezquino.
Cuando llegó a la mansión, no se atrevió a ir a la fábrica.
¿Qué explicación les tenía que dar a los trabajadores para justificar los despidos?
Los conocía a todos desde hacía tiempo. Su madre había trabajado lado a lado con todos ellos, y su padre había sido el encargado del taller hasta el dia de su muerte.
Por las fiestas de Navidad, todos ellos hacían una celebración en la fábrica y ella iba todos los años, desde que era pequeña.
Los invitó por sus dos bodas y superaron la guerra todos juntos fabricando espoletas para las brigadas antifascistas.
A ella le sabía muy mal que su marido los hubiera despedido y no podía hacer nada para remediarlo.
¡Maldito el día en que lo nombró administrador único de todos sus bienes, inclusive la fábrica!
Todavía estaba en la cocina llorando, sentada en una silla y con la cabeza apoyada entre los brazos sobre la mesa, cuando entró Miquel muy exaltado.
—Vengo de la fábrica —dijo, muy nervioso— ¿Sabes lo qué ha hecho, tu marido? ¡Ha despedido a la mitad de la plantilla!
Miquel se dio cuenta de que su hermana tenía los ojos humedecidos. En seguida intuyó que Teresina ya sabía lo de los despidos. Se sentó a su lado, junto a la mesa.
—¡Este hombre tuyo nos ha salido rana! —se lamentó— Nos está haciendo la vida imposible a todos. Si hubieras sabido que era así, ¿te habrías casado con él?
—Fuiste tú quien insistió en que me casara con él. Ahora el mal ya está hecho y no sirve de nada lamentarse. Pero si hubiera sabido que era tan mezquino, ¡claro que no me habría casado!
Prudenci se iba volviendo más tacaño y mezquino cada día que pasaba.
De vez en cuando, salía a navegar en solitario unos cuantos días y les dejaba el dinero justo para las compras durante tiempo que preveía que estaría fuera.
Teresina intentaba ahorrar y hacer un rinconcito por si surgía algún imprevisto, puesto que él le había bloqueado las cuentas bancarias para que no pudiera gastar más de lo que era imprescindible.
Cuando salía a navegar, se llevaba bolsas llenas de los pastelitos que preparaba Teresina y los devoraba con verdadera pasión.
Se había convertido en un adicto a los pasteles y le estaba saliendo una barriga prominente por culpa de su glotonería.
Era en la única cosa que no le sabia mal gastar dinero y estaba engordando alarmantemente.
—¡Ojalá un dia le pillara una buena tormenta y no pudiera volver a puerto! —deseó Teresina, aún sin saber si lo deseaba de verdad.
—¡O que reventara con tus malditos pastelitos! —deseó Miquel. Él sí lo deseaba de verdad.