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El domingo, Prudenci y Miquel salieron de buena mañana a pescar a Savarda.
Capturaron un par de gallinetas penegales y unos cuantos sardos.
Los llevaron a la mansión, donde Teresina cocinó los penegales con suquet.
Mientras Teresina cocinaba, Miquel le mostró la fábrica y la mansión a Prudenci, que alucinaba con todos los artículos valiosos que había dentro de la casa.
Teresina había contratado los servicios de Conchita, una señora que iba unas horas cada día para hacer trabajos en la mansión, para que la ayudara a cocinar y a servir la comida.
Habían preparado la mesa en el comedor de los invitados con sus mejores manteles, la cubertería de plata y la cristalería de Murano.
No sabía muy bien porque lo hacía, pero Teresina se había esforzado mucho por impresionar al señor Amat.
Quizá, en el fondo, sí le gustaba aquel hombre.
Después de comer, fueron a tomar los postres al salón.
Se sentaron en las butacas Chester y Conchita les sirvió una bandeja con los famosos pastelitos que había preparado Teresina.
Les sacó una botella de vino de misa y otra de anís.
Miquel, que se había bebido dos botellas de vino blanco durante la comida, se quedó dormido en el sofá.
Prudenci, vestido con sus mejores galas para la ocasión, devoraba los pastelitos de Teresina con verdadera devoción.
Se había convertido en un adicto a aquellos pastelitos de coco, de chocolate y de fresa que preparaba Teresina con la receta de la abuela.
Se había dado cuenta de que, con tantos dulces, le estaba creciendo el estómago.
Intentaba meter tripa para que Teresina no se diera cuenta, aunque era consciente de que cada dia que pasaba, era más difícil de disimular.
Entre pastelito y pastelito, y entre copa y copa de anís, Prudenci encontró el momento oportuno para declararse. Teresina aceptó, quizá sin pensarlo lo suficiente. Miquel, que seguía medio frito en el sofá por todo el vino que había ingerido, gritó, con voz etílica: ¡viva los novios!
La boda se celebró otra vez en la mansión Riera y esta vez sí que su nuevo marido accedió a invitar a todos los trabajadores de la fábrica, a condición, sin embargo, de que la fiesta la pagarían a medias.
Teresina comenzó a intuir que Prudenci Amat era un poco agarrado.
El mismo restaurante que se había encargado de preparar el catering para la boda de ella con Antoni, fue el encargado de prepararlo también en esta ocasión.
Volvieron a instalar la carpa en el jardín y contrataron a una pequeña orquesta para amenizar la fiesta.
Acordaron que irían a vivir a la lujosa mansión Riera.
Prudenci, como buen banquero y economista tacaño, obligó a Teresina a firmar un contrato matrimonial de separación de bienes.
También la supo enredar para que lo declarara administrador único de todos sus bienes, con la excusa de que él tenía mucha experiencia en temas económicos e inversiones y podría hacerle crecer los ahorros.
Teresina, a pesar de todas las experiencias que se había visto obligada a vivir, todavía era una jovencita inocente y accedió fácilmente a sus exigencias.
Prudenci invirtió parte del dinero de Teresina en Bonos del Govierno y del Tesoro, que en aquellos momentos eran los únicos que daban beneficios, y compró lingotes de oro, puesto que era la inversión más segura.
Las inversiones empezaron a dar beneficios enseguida y Teresina no se arrepintió de haber confiado en el buen olfato para los negocios de su marido.
—Ya hace un mes que estamos casados y todavía no hemos ido de viaje de bodas, como me prometiste —le reclamaba Teresina.
—Ahora es un mal momento para ir de viaje. Justamente ha terminado la Segunda Guerra Mundial y aquí todavía no nos hemos recuperado de la nuestra. Si lo deseas, podríamos ir a pasar unos días a Mallorca en mi velero.
—¡Ya sabes que a mí no me gusta navegar! Lo que pasa es que eres un tacaño y no quieres gastar dinero. Estoy segura que si te dijera que el viaje lo pago yo, en seguida aceptarías.
Efectivamente, Teresina y Miquel pudieron comprobar muy pronto que Prudenci era un tacaño, un roñoso y un avaro. Lo primero que hizo, fue cerrarle el grifo a Miquel, para que no pudiera seguir derrochando el dinero de Teresina.
—Si quieres dinero, ve a trabajar a la fábrica o búscate un trabajo como es debido —le dijo—, pero se ha acabado de vivir con la espalda recta.
Miquel dejó de salir con su cuñado, porque no le quería pagar las fiestas y él tampoco tenía dinero para pagarlas.
Empezó a salir otra vez con sus antiguos compañeros, pero, como todos ellos tenían los bolsillos vacíos, se tenían que conformar con beber vino barato y las chicas ya no querían saber nada de ellos.
Como ya no se podían divertir tanto como antes, Miquel decidió ir a trabajar a la fábrica de tapones de su hermana para ganar algo de dinero y poder seguir pagándose las fiestas.
La siguiente en recibir las consecuencias de la tacañería de Prudenci fue Teresina.
Todos los gastos necesitaban su autorización, pues él era el administrador único de las cuentas bancarias.
No le dejaba comprarse ropa, ni zapatos nuevos, ni comida cara.
Cada tarde, Teresina se encontraba con sus amigas, el Club de las Señoras Distinguidas del pueblo, para tomar el café, comentar el libro de la semana, jugar a las cartas y recaudar comida para las familias más necesitadas.
Ella siempre llevaba sus famosos pastelitos para acompañarlos con una copa de anís mientras charlaban, pero le daba mucha vergüenza que la vieran vestir siempre con la misma ropa y los mismos zapatos.
—Prudenci, hace mucho que no me compro un traje nuevo —le pedía—. Las amigas siempre me ven con la misma ropa. Pensarán que estamos arruinados.
—¡No digas tonterías! Tienes el armario lleno de ropa —le recriminaba Prudenci.
—Sí, pero ya está pasada de moda. No me la puedo poner. ¿Que no lo ves, que se reirían de mí?
En la única cosa que Prudenci no ahorraba, era en los ingredientes para preparar los pastelitos.
Cada día le pedía a Teresina que le preparara una bandeja para llevarlos al trabajo y comérselos en su despacho a escondidas, para no tener que compartirlos con los compañeros.
Ya todo el mundo en el banco conocía su tacañería y le pedían que les dejara probar los pastelitos, solo para hacerlo rabiar.
—Señor director —le decían—, estos pastelitos desprenden muy buen olor. A ver si le pide a su señora que un día nos traiga para todos.
Él se hacía el sordo, como si oyera llover, se encerraba en su despacho y devoraba los pastelitos con verdadera devoción.
Teresina siempre hacía más cantidad de pastelitos para poder llevarlos a sus amigas, pero los tenía que preparar a escondidas, pues su marido no quería que los compartiera con ellas.
Le daba mucha rabia tener que pagar él los dulces que se comían los demás, aunque en realidad el dinero fuera de Teresina.
—Cada vez me pides más dinero para preparar los pastelitos —se quejaba Prudenci, que siempre le exigía que llevara la cuenta de la compra para poder repasarla.
—Es que el mercado cada dia está más caro —se excusaba ella—. ¡No sé dónde iremos a parar!
—Pues tendremos que ahorrar por otro lado. A partir de ahora, tan solo comeremos carne una vez a la semana. Quizás tendríamos que volver a hacer un huerto en el jardín.
—¡Ya lo cuidarás tú, el huerto! Cada día que pasa te vuelves más tacaño. Al final nos harás pasar hambre y todo. Recuerda que el dinero es mío.
—Sí, y suerte que yo lo administro, que, si no, ya no te quedaría.
A Teresina se le había despertado el instinto maternal y ya empezaba a desear tener un hijo, pero Prudenci siempre se ponía de espaldas.
—Todavía somos muy jóvenes para tener un hijo —se excusaba—. Y un hijo representa un gasto muy grande.
—Yo sí, que soy joven, pero tú ya empiezas a ser un poco mayor. Incluso para tener hijos eres un tacaño —se enfadaba Teresina—. ¡No sé de dónde has salido!
Él siempre buscaba excusas para no tener hijos: que si ella todavía era demasiado joven, o que si la situación no era la adecuada, fuera por tema económico, social o político...
Cualquier excusa era buena para no hablar del tema.
Cada negativa de él, era una nueva brecha que se abría en su matrimonio.
Teresina se enfadaba, discutían y ella acababa encerrándose en su habitación para llorar un rato tendida en la cama.