La mansión Riera 2
48%

2

Como Prudenci no acababa de lograr conquistar a Teresina, lo intentó a través de su hermano.

Hizo amistad con Miquel para poder llegar hasta ella.

Como toda la gente del pueblo, conocía bien su fama de juerguista y bebedor.

Sabía que todas las tardes iba a los bares de la plaza con sus amigos para jugar, arramblar a las chicas y emborracharse.

No le costó acercarse a él y metérselo en el bolsillo, aprovechando que ya iba muy ebrio.

Miquel estaba contento de poder tener un amigo importante, y se fue descolgando de los crápulas con los que se había juntado hasta aquel momento.

Prudenci era una persona con mucha clase, un auténtico señor, y lo llevaba a lugares exclusivos, restaurantes caros y burdeles donde las prostitutas no tenían enfermedades venéreas.

A pesar de todo, muy pronto se dio cuenta de que Prudenci era muy tacaño, como todos los banqueros, y siempre le tocaba pagar a él las facturas.

Prudenci Amat tenía dos pasiones: la buena comida y la navegación a vela.

Se había iniciado de joven con el patín catalán, un patín de vela exclusivo de Cataluña, muy popular en su época.

Participaba en regatas y consiguió hacerse un nombre dentro del mundo de la competición.

Después de la guerra, adquirió un fabuloso velero Alfred Mylne de ocasión, y se dedicó a la navegación en solitario.

Compaginaba su pasión por la vela con el trabajo en el banco.

A veces, se tomaba unas semanas de fiesta y salía a navegar en solitario por el Mediterráneo.

El año anterior, justo antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial, se cogió dos meses de vacaciones y se fue a realizar un crucero por todo el Mediterráneo.

Visitó Marruecos, Egipto, Turquía, las Islas Griegas, Malta, Creta, Italia y la Costa Azul.

Todo el mundo pensaba que había desaparecido o que le había ocurrido algo, hasta que un buen día volvió al trabajo bien bronceado por el sol del Mediterráneo.

Solía llevar a Miquel a pescar en su velero y le enseñó unas nociones básicas de navegación.

A Miquel le importaba un rábano la vela y la pesca, pero se lo pasaba bien saliendo con él.

Llevaban un porrón lleno de moscatel, una bolsa de embutidos y una bandeja llena de pastelitos de Teresina, y lo devoraban todo mientras pescaban y charlaban.

Volvían a puerto bien entrompados. Si conseguían pescar algunos peces, se los repartían entre los dos.

—¿No te aburres, yendo a navegar en solitario? —le preguntaba Miquel, que no le veía la gracia a eso de pasarse todo el día sobre un barco y contemplando siempre el mismo paisaje.

—No, me relaja mucho, y es un desafío para mí —explicaba Prudenci—. Tendrías que probarlo.

—¡No, gracias! —negó rotundamente— Para mí ya es demasiado cuando salimos a pescar.

De hecho, Miquel tenía que hacer esfuerzos para no marearse. Si vomitaba por la borda, la pota servía como cebo y los peces se acercaban para alimentarse y les era más fácil pescarlos.

—¿Le has hablado de mí a tu hermana? —le preguntaba siempre Prudenci— Un día podríamos ir a pescar los tres.

—Sí, ya se lo he propuesto, pero dice que no le gusta el mar y que no puede perder el tiempo con estas cosas, que bastante trabajo tiene ya con la casa y la fábrica.

¿Sabes qué podemos hacer? La próxima vez que salgamos a pescar nos iremos a comer el pescado a mi casa, los tres.

Le pediremos a Teresina que nos lo cocine, ya sabes que es muy buena cocinera.

Miquel era el primer interesado en que Prudenci y su hermana empezaran a festejar.

Habían hecho buena amistad y le gustaba salir de fiesta con él.

Además, tenía mucho dinero y era un buen partido para su hermana.

Siempre que a su hermana no le faltara el dinero, él podría seguir con sus fiestas sin tener que preocuparse por nada.