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Habían pasado cinco años desde el final de la Guerra Civil Española y la situación en el país todavía era difícil.
La escasez, las penurias y la represión marcaban la vida de los Palafrugellenses.
Teresina consiguió finalmente que la reconocieran como viuda de guerra, aunque nunca se localizó el cuerpo de su marido y tampoco había testigos que pudieran certificar su presencia en la batalla ni confirmar su muerte.
Se dio por supuesto que murió en la Batalla del Ebro y que reposaba dentro de una de las muchas fosas comunes que no se habían encontrado.
Pudo reclamar legalmente la herencia de su marido, que incluía la mansión con todas sus pertenencias, la fábrica de tapones de corcho, todos los terrenos anexos y una buena suma de dinero en el banco.
El señor Prudenci Amat era el nuevo director de La Caixa.
Durante la guerra, la entidad ayudó económicamente a los resistentes de Madrid y a los refugiados republicanos.
Como venganza, el régimen fascista ejecutó a algunos de sus dirigentes y muchos otros sufrieron represalias.
Para conseguir este cargo de director, había tenido que jurar lealtad al régimen, pero a sus clientes del pueblo siempre les hablaba en catalán, a pesar de la prohibición decretada por la dictadura franquista.
El idioma catalán había pasado a ser una lengua proscrita y el régimen franquista prohibió terminantemente que se utilizara, pero la población lo seguía hablando en la intimidad, preservándolo y permitiendo de esta manera que no se extinguiera.
Teresina se había convertido en una buena clienta de La Caixa, pues iba a menudo para mantener al día sus cuentas y administrar los ahorros.
Cuando el señor Amat la veía llegar a la oficina, la invitaba a entrar en su despacho para poder atenderla personalmente y la asesoraba en cómo invertir la pequeña fortuna que había heredado.
Con el tiempo, el señor Amat y Teresina fueron cogiendo confianza.
Prudenci no podía disimular la atracción que sentía por su clienta preferida, y a ella también le caía bien aquel señor tan amable que siempre iba bien vestido y bien arreglado, con un traje y americana hechos a medida por el sastre del pueblo.
Incluso, ¡llevaba siempre los zapatos bien lustrados y las uñas limpias y cortadas!
Teresina era una viuda joven, de muy buen ver, y una empresaria de éxito propietaria de una fábrica corchera que remontaba rápidamente.
Y aún más, tenía una gran fortuna y propiedades valiosas.
No era de extrañar, pues, que tuviera un montón de pretendientes, entre ellos el director de La Caixa, el señor Prudenci Amat.
Cuando Teresina iba al banco, siempre le llevaba una bandeja de pastelitos de los que preparaba ella misma.
El señor Amat era una persona de buen vivir y agradecía el detalle.
Era muy goloso y le gustaba beber y comer bien.
Devoraba con pasión aquellos pastelitos que le llevaba Teresina y llegó a pensar que ella trataba de seducirlo. Al menos, eso era lo que él deseaba.
—Teresina —le decía—, ¿no has pensado en volver a casarte? El trabajo en la casa y en la fábrica debe ser duro para una señorita sola.
—No estoy sola —le respondía ella—. Tengo la ayuda de mi hermano, Miquel.
La verdad sea dicha, su hermano Miquel no le servía para nada.
Se había vuelto a juntar con los antiguos amigos de Antoni y ahora era él quien les pagaba las fiestas, con el dinero de ella.
A la fábrica, ya ni siquiera se acercaba.
Se había convertido en el vivo retrato de Antoni: crápula, tarambana, libertino, tronera y, además, bebedor.
Teresina a veces sentía la necesidad de echarlo de casa, antes de que dilapidara la fortuna familiar con sus fiestas y excesos, pero sabía que no podía: estaban eternamente unidos por el macabro secreto que ocultaban en el sótano.
A partir de aquel momento en que acabaron con la vida de Antoni y lo enterraron en el sótano de la mansión, sus destinos se habían convertido en inseparables.
—Teresina —le decía Prudenci—, ya han empezado otra vez los bailes en el Centro Fraternal. ¿Tú no vas a ir?
—¡Uy, no! no estaría bien visto que una viuda joven fuera sola al baile —negó ella.
—No te preocupes. Si quieres ir, yo te puedo hacer de pareja —se ofreció gentilmente.
—No sé si quedaría bien que fuera acompañado de un hombre soltero —seguía negando ella— ¿Qué diría, la gente?
Prudenci tenía muchas ganas de declararse a Teresina, pero no encontraba el momento adecuado para hacerlo. A Teresina tan solo la veía cuando iba al banco, y allí no podía hacerlo. No parecería demasiado correcto. El baile, sin embargo, sería un buen lugar para declararle su amor.
Teresina, que no tenía un pelo de tonta, ya había advertido las pretensiones del señor Amat, pero tenía sus dudas sobre él. A la hora de cenar, sentados a la mesa de la cocina, decidió explicárselo a su hermano:
—El director de La Caixa no para de tirarme los tejos, pero yo no sé si me gusta. Es un hombre galante y bien plantado, aunque hay algo en él que no me acaba de hacer el peso.
—Pues nos iría bien que te casaras —le dijo él—. En esta casa hace falta la mano de un hombre.
Miquel se dio cuenta de que había metido la pata. Él debería haber sido el hombre de la casa, pero era consciente de que no daba la talla.
—Quiero decir que la fábrica todavía no da muchos beneficios y vamos estirando de los ahorros —intentó arreglarlo—.
Si seguimos así, agotaremos el dinero de la herencia.
Este Prudenci Amat tiene mucho dinero y sabe cómo administrarlo.
Nos iría muy bien su ayuda. Tendrías que tomarte seriamente sus proposiciones.
—¡Pero mira que eres cabrito! —se enfadó Teresina— Si malgastamos el dinero de la herencia es por tu culpa, que eres un disoluto. Te estás comportando como lo hacía Antoni. No ayudas para nada en la fábrica y tan solo piensas en salir a divertirte y a beber con tus amiguetes.
—Sí, ya lo sé, tienes razón —se disculpó—, pero es que no lo puedo evitar. Soy débil y no sirvo para nada bueno. Cuando salgo con mis amigos me siento mejor, soy otra persona, me hacen sentir que a alguien le importo. Cuando bebo con ellos, no pienso en nada más y me olvido de todo.
—¡Claro que les importas! Porque les pagas sus fiestas y bacanales. Es por eso que te buscan. ¡Pero mira que llegas a ser burro!