La mansión Riera 6
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Unos meses después de la muerte de Antoni, los brigadistas se presentaron en la fábrica para controlar la fabricación de espoletas, como solían hacer a menudo.

—¿Dónde está Antoni Riera? —le preguntaron a Teresina, extrañados por no verlo merodear por allí.

—Antoni se ha marchado como voluntario. Se ha dado cuenta de que faltan efectivos y no se ha podido estar de ir a luchar contra los nacionales.

—Siempre había pensado que este Riera era un cobarde, y ahora todavía resultará que es un héroe —dijo uno de los republicanos—. ¿A qué regimiento ha ido a luchar?

—Lo han mandado al Ebro, a Tortosa —seguía mintiendo Teresina—. Dicen que ahora mismo allí es donde hace más falta.

—¡Sí, es cierto! Lo tenemos muy difícil, pero tenemos que resistir como sea. Si los nacionales cruzan el Ebro, ya estamos perdidos.

En aquellos momentos, en el Ebro era donde se estaba disputando la batalla más trascendental y, por tanto, también la más dura y sanguinaria, pero los brigadistas no se lo quisieron comentar a Teresina, para no angustiarla aún más. Pensaron que, seguramente, ella ya era consciente de ello.

En noviembre de ese año, los nacionales ganaron la Batalla del Ebro.

En enero del año siguiente cayó Barcelona y en febrero, Madrid.

Francia y el Reino Unido reconocen el régimen de Franco.

En marzo se rinde la república y en abril se da por terminada la guerra, dando inicio a los cincuenta años de dictadura franquista.

Teresina volvió a contratar a todos los trabajadores y puso de nuevo la fábrica en marcha con la ayuda de Miquel, que, por un momento, parecía que había sentado un poco la cabeza.

A pesar de la fuerte demanda de tapones de corcho en España y en Europa, la industria corchera iba remontando más lentamente de lo esperado.

El inicio de la Segunda Guerra Mundial lo dificultó aún más.

Tuvieron que echar mano de los ahorros familiares para ir tirando.

Mientras tanto, Teresina se hacía la viuda desconsolada y no cesaba de mandar cartas y solicitudes para averiguar qué había pasado con su marido.

Explicaba que se había marchado a la guerra y ya no supo nunca más de él.

Nadie le sabía dar una respuesta, pues Antoni descansaba bajo el sótano de la mansión, mientras se lo comían los gusanos.

Algunos excombatientes creían haberlo visto en Amposta, otros en Gandesa y algunos otros en Corbera d’Ebre.

Incluso había quien juraba que había visto su cuerpo sin vida en una trinchera.

También se especulaba que lo habían hecho prisionero y se lo habían llevado a Madrid.

Teresina sabía que todo ello no eran más que especulaciones sin fundamento, porque los únicos que conocían la trágica verdad, eran ella y su hermano Miquel.